—¿Qué ha sido de tu ayo, entre tanto?
—Mi ayo era ya viejo, y durante mi larga ausencia de Nimrud, he sabido que pagó el tributo que debemos pagar todos á la Naturaleza, más tarde ó más temprano.
—Tu persona, tu vida, ese misterio de tu destino me interesan tanto, ¡oh Tidal!, que, á trueque de pasar por sobrado curioso y exigente, te ruego me digas si el anciano que te sirvió de ayo te descubrió alguna otra cosa.
Nada más me descubrió, sino un nombre que me dijo podría yo llevar cuando me le diesen muchos hombres reunidos. Entre tanto, á nadie debo declarar este nombre. Me dió asimismo un sobrenombre, apodo ó alcuña, que no debo divulgar tampoco, pero que puedo confiar con el mayor sigilo, si quiero dar á una persona la mayor prueba de amistad y de confianza. Esta alcuña voy á decírtela. Por ella, Rey Tihur, si no me desdeñas, quiero ligarme á tí con los lazos más amistosos. Según me dijo el anciano, con la persona á quien yo declarase esta alcuña, me unía voluntariamente como si fuese mi hermano. En la persona que me dijese al oído dicho nombre y dicho apodo, debía yo depositar por fuerza una confianza sin límites.
—Yo jamás podré desdeñarte—replicó el Rey,—y tu amistad será el mayor bien para mí. Reflexiona antes con todo, si crees que la merezco, y no procedas de ligero revelándome esa alcuña.
—No procedo de ligero. Cedo, al confiarme á tí, á una inclinación irresistible, á una viva simpatía; y aun á algo parecido á un mandato.
—¿Acaso tu anciano tutor te habló de mí alguna vez?
—Nunca. Ha sido otra persona quien me ha aconsejado que te dé esta prueba de confianza.
—¿Y cuándo te dieron el consejo?
—Hoy mismo.