Ya, desde muy antiguo, cuentan las citadas crónicas de Georgia no pocas invasiones en el Sur del Cáucaso, de las gentes que habitaban al Norte de dichas montañas y que formaban un reino llamado de los cuzares ó kazares, el cual se extendía hasta más allá del Boristenes y del Tiras. Parece además, probado que el rey de los dichos cuzares llegó, dos mil años antes de Cristo, á dominar toda la extensión de tierras que va hasta el Ister, y que al Sur del Cáucaso hizo también tributarios á todos los pueblos caucasianos, que se llamaban entonces togormíes, á causa del patriarca Togorma, de quien se jactaban de descender, ó kartlosíes, á causa del gigante Kartlós, hijo de Togorma, que había sido su primer rey.

Tributarios dicen que permanecieron largo tiempo los kartlosíes del rey de los kazares, á quienes los autores clásicos llaman sauromatas ó sármatas, y cuya capital era Guerrhus, cerca de donde está hoy la ciudad rusa de Kief, á orillas del Boristenes; pero una gran revolución que hubo en el Irán vino, si no á libertarlos, á hacer que cambiasen y mejorasen de dueño.

La gloriosa dinastía de Djenschid y su imperio más glorioso habían sido destruídos por un tirano, descendiente de Chus y de Nembrot, á quien llaman Zohac, ó sea Dragón, y á quien también llaman Peiverasp, porque poseía diez mil caballos árabes; pero pronto suscitó la Providencia á un héroe, por nombre Feridún, cuyas hazañas ha cantado en lindos versos el poeta Firdusi, el cual Feridún, á quien también apellidan Tetraono, libertó á los iranios del yugo de Zohac, y encadenó á este déspota diabólico en la cumbre del Cáucaso ó del Demavend, donde unas serpientes que le brotaron en las espaldas, y que mientras era tirano no le hacían mal porque las alimentaba con sesos de niños, privadas ya de tan costoso alimento, se le comían á él de contínuo.

Prescindiendo de esto, que sin duda debe de ser una fábula, la cual tendrá su sentido moral, es lo cierto que, restablecido por Feridún el imperio de los iranios, éste se extendió sobre los pueblos del Cáucaso, los cuales recibieron entonces la cultura, la religión y los libros de Zoroastro.

Más tarde, según he podido averiguar á fuerza de prolijos estudios, habiendo crecido mucho la población de la Iberia oriental, civilizada entonces con la civilización irania, enviaron los iberos nuevas colonias á España, donde ya habían enviado otras; y estas nuevas colonias llevaron allí los libros zoroástricos y todas sus teologías y filosofías. De aquí el gran saber de los turdetanos y tartesios, y más tarde la ciencia y la virtud de Argantonio, rey de Tarteso y de Cádiz, de cuyo feliz reinado tengo preparada una historia mil veces más interesante que ésta que ahora escribo. En ella se verá cuán atinada es la conjetura del Padre Fidel Fita, de que Argantonio era un athravan zoroástrico que reinó en España durante el eclipse de Tiro, aplastada por Nabucodonosor, y de que el código turdetano, que Estrabón menciona, era el mismísimo Avesta.

Contrayéndonos ahora á los tiempos y negocios del rey Astibaras, diré cuál fué el pavoroso acontecimiento que le detuvo en medio de sus triunfos sobre los hijos de Asur.

Los escitas, que se distinguen con el calificativo de sauromatas ó sármatas, estaban muy pujantes bajo el cetro del rey Madías. Hombres y mujeres iban siempre á caballo y peleaban con igual valor, armados de flechas con puntas de hueso envenenadas y con yelmos y escudos de piel de toro, de donde el primer fundamento de cuanto se refiere de las amazonas. Este pueblo belicoso de los sármatas, después de haber vencido á los cimerios y á los tauros, que habitaban entonces la Crimea, penetraron en Iberia por los desfiladeros del Cáucaso, lo arrollaron todo, y cayeron sobre Media como nube de langostas destructoras y terribles.

Astibaras acababa de derrotar á los asirios, y ya había puesto cerco á Nínive, pero tuvo que levantar el cerco y acudir á la defensa de su patria. Dió á los invasores una gran batalla, y fué vencido.

Los escitas vencedores se derramaron entonces cual torrente devastador, no sólo por el Imperio medo, sino también por la Frigia, la Lidia y la Cilicia, salvando la cordillera del Tauro, y llegando hasta las fronteras de los reinos de Jerusalem y Samaria.

El profeta Jeremías alude sin duda á estos bárbaros del Norte, y no á los persas cuando habla de aquellos guerreros que envía el Señor para destruir á Babilonia. «Viene, dice, contra ella una nación del Norte, que pondrá su tierra en soledad, y no habrá quien la habite». Claro está que Jeremías no había de estar tan poco versado en Geografía, que había de llamar á los persas nación del Norte, cuando con relación á los babilonios pueden llamarse nación del Sur, y mejor aún del Oriente. Y en otra parte añade Jeremías: «He aquí que viene un pueblo del Norte, y una nación grande, y muchos reyes se levantarán de los términos de la tierra». Con lo cual parece indicar que estos invasores vienen de muy remoto país, y no de la Persia y de la Susiana, cuyas tierras baña el Tigris, lo mismo que las de Babilonia. Jeremías alude, pues, en esta ocasión á los escitas. Todo lo que de ellos dice conviene á los bárbaros del Norte, y no á los persas. «Crueles son, exclama, crueles y sin misericordia; y la voz de ellos sonará como el mar»; como si se tratase de lengua peregrina é ignorada, que resonase á modo de bramido.