En suma, y aluda Jeremías á quien se le antoje, lo cierto es que estos escitas-sármatas, si bien devastaron otras muchas comarcas, se fijaron en Media principalmente; y así, tal vez sin concierto previo, fueron auxiliares poderosos de los asirios. Astibaras, en lucha constante y heroica contra ellos, tratando de arrojarlos de sus Estados, durante más de veinte años dejó reposar á Nínive y á sus reyes.

III.

Entre el estruendo y el horror de las armas, en medio del tumulto de esta larga guerra de independencia, se había criado y había crecido nuestro héroe Estrianges.

Á la edad de diez y siete años, cuando apenas le apuntaba el bozo, había ido á pelear al lado de su padre, á quien había visto morir, atravesado el corazón por una enherbolada flecha enemiga.

Estrianges, que era hijo único, heredó los bienes y Estados que su padre poseía, y entre ellos un castillo ó fortaleza, á pocas parasanjas de Raga, en lo más áspero de los montes al sur del Caspio, yendo de Raga hacia el Oriente. Desde allí, como el águila desde su nido, había estado en acecho cuando los escitas podían mucho aún, y había caído sobre ellos en frecuentes expediciones, vengando la muerte de su padre y auxiliando poderosamente á Astibaras en la empresa de libertar á su pueblo.

Cuando ya los escitas fueron pereciendo, ó sometiéndose, ó huyendo de Media, Estrianges entretenía sus ocios cazando tigres y otras fieras alimañas, de las muchas que se crían en aquellos montes, cuyas ramificaciones abarcan el Sur de la silvestre Hircania y la separan de la Partiena.

Ya de edad de veinticuatro años, acudió Estrianges á la corte de Ecbatana, á donde llegó precedido de la fama de sus altos hechos, como guerrero y como cazador. Y no era esta fama vaga é indefinida, sino que se fundaba en datos aritméticos de la más severa exactitud. Sabíase á punto fijo el número de batallas, encuentros y escaramuzas en que se había hallado; cuántos escitas había muerto con su propia diestra, y cuántos tigres, panteras, leones y jabalíes habían perecido entre sus manos.

Además de esto, y de ser Estrianges el más acaudalado y rico del reino, y muy discreto é instruído para lo que entonces se sabía, gozaba de ciertas cualidades de que no podemos dar idea clara sin gastar mucha prosa ó sin apelar á un concepto anacrónico. Puesto en su tanto el modo de ser de tiempo y de lugar, Estrianges era el dandy ó el gomoso más perfecto de Media; era el espejo en que se miraban todos los elegantes sus contemporáneos.

Resultó de aquí la cosa más natural del mundo. La hija mayor del rey, que era lindísima, recatada é inteligente, que bailaba y cantaba bien, y tenía otras mil habilidades, se enamoró de Estrianges del modo más resuelto. Esta princesa llevaba un nombre sonoro y significativo de sus prendas de carácter. Se llamaba Darvasastu, que en lengua pérsica es, como si dijéramos, que ella sea fuerte. Darvasastu lo fué en amor como en todo.

El rey Astibaras, lejos de hallar disparatado este amor, halló que se ajustaba bien con su política. Por medio de un enlace lograría que entrara en su casa y familia el más rico y brioso de sus grandes vasallos, corroborando su dinastía y ligando á sus intereses todo el poder y los medios de que gozaba aquel arizante ilustre.