Fácil fué darle á entender la inclinación que tenía por él la princesa, lo cual no pudo menos de lisonjearle en grado sumo. Si bien no compartió aquel amor fervoroso supo agradecerle. Darvasastu valía un tesoro, y Estrianges, lleno de amistad y de reconocimiento, quizás él mismo confundió tales afectos con los de amor vivo, y decidió casarse con la princesa, sin creer que hiciese con esto el menor sacrificio. Casóse, pues, según los ritos y ceremonias de la religión de Zoroastro, que si bien algo impurificada por la religión de los asirios, era en aquella edad la religión oficial del reino de Media. De esta suerte vino á ser Estrianges yerno del Rey Astibaras.
Con el trato y la convivencia, ambos consortes, que eran finos y prudentes, fueron amándose más cada día y viviendo en santa paz matrimonial, aunque por parte de ella con grande amor, y por parte de él con tibieza; tibieza, no obstante, oculta entre mil cuidadosos extremos y atenciones, pues no en balde era él la flor de la cortesía.
Tan rara concordia duró años; fué una desmesurada luna de miel. Contribuyó á esto que Estrianges, á pesar de que no amaba con fervor á su mujer, era tan descontentadizo y tan crítico, que tampoco hallaba á otra alguna, ni dentro de los dominios de su suegro ni fuera, en cuanto él había explorado en sus peregrinaciones, que fuese más digna de su amor.
De aquí que, allá en el fondo de su alma, él se dijese algo parecido á nuestro refrán castellano: á falta de pan, buenas son tortas; y como todo es relativo en este mundo, él, de un modo relativo, amó á su mujer por cima de todas las otras mujeres conocidas y reales.
La situación de su ánimo, no confesada á nadie sino á sí propio, atormentaba su corazón, á pesar de cuanto va dicho. No era él hombre que se contentase y aquietase con lo relativo: ansiaba lo absoluto y lo perfecto.
Con frecuencia tenía este ó semejante coloquio consigo mismo:
—Yo consagro á mi mujer todo el amor que pudiera dar á otras mujeres; yo soy un dechado de fidelidad; pero descubro en lo más hondo de mi pecho un manantial abundante de cariño, el cual ella no conoce y del cual ni ella ni nadie bebe. ¿De qué me vale este manantial? ¿Para qué esta riqueza de que nadie goza? Esta escondida virtud ¿no llegará jamás á manifestarse?
Así discurría Estrianges; pero como sus discursos en este particular eran recónditos, pasaba en la corte, con gran satisfacción de Astibaras, y pasaba también en la dilatada extensión del reino, por el fénix de los maridos. Por modelo le presentaban á los suyos todas las mujeres casadas, y todos los padres de hijas casaderas anhelaban un yerno que se le asemejase.
En su casa sólo parecía que faltaba un requisito para la completa felicidad; requisito que, no ya en apariencia, sino realmente, hubiera estrechado su lazo de amor legítimo. Su matrimonio había sido estéril. Cinco años hacía que se había casado, y no había tenido sucesión. Estrianges tenía entonces treinta años, y veinticuatro la princesa.
Los hombres, cuando no hallan pábulo bastante al fuego interior, á la actividad que los devora; cuando no tienen objeto real á quien consagrar sus facultades, suelen buscar algún objeto fantástico ó sofístico. Estrianges no era todo lo feliz que él ansiaba ser. Sentía sed, apetito de algo confuso, que no acertaba á explicarse ni sabía dónde encontrar. Su mujer, sus amigos, las demás mujeres, su gloria, su posición, la hermosura del universo, las estrellas que pueblan el éter, el esquivo y grato terror de las selvas, los matices y aromas de las plantas y de las flores, todo deleitaba su ánimo; pero su ánimo no se pagaba de nada por entero. Entonces llegó á imaginar Estrianges si todo sería como misterio, cifra ó emblema, cuyo significado podría descubrirse por medio de alguna clave que explicase el enigma. De aquí que, paso á paso, sin revelar nada á nadie, porque era muy reservado, se fué Estrianges dedicando á la magia.