No he de dilatarme yo más, defendiéndola aquí. No ataca ni condena su pasado el autor incógnito del libro de que doy cuenta. Sólo añadiré, para terminar, que nadie puede pretender, ni los más fervorosos jesuítas, que la Compañía estuvo exenta de faltas y que todos sus individuos, que se contaban por miles, fueron unos santos, sin pecado y sin vicio, hasta la extinción de la Compañía en 1773.

Al caer entonces los jesuítas cayeron como los héroes de una noble tragedia, donde toda la simpatía y el aplauso fué para las víctimas, y la reprobación, en los más elevados espíritus, para los tiranos y opresores; para Pombal, para la Pompadour, para Tanucci y para el conde de Aranda. Las alabanzas de la Orden extinguida se renovaron ó surgieron entonces, derramándose sobre ella como sobre fúnebre monumento un diluvio de flores. Los más eminentes personajes de Europa, aun entre los no católicos, habían celebrado ó celebraron á los jesuítas: Enrique IV de Francia, Catalina II de Rusia, Rousseau, Diderot, Leibnitz, Lessing, Herder y mil otros.

Voltaire dice de ellos: «Tienen escritores de un mérito raro, sabios, hombres elocuentes y genios.» D'Alembert: «Los jesuítas se han empleado con éxito en todos los géneros: elocuencia, historia, antigüedades, geometría y literatura profunda y agradable. Apenas hay disciplina en que no cuenten ellos hombres de primer orden.»

Federico el Grande de Prusia, escribía á Voltaire: «Esta Orden ha dado á Francia hombres del genio más elevado.»

Después de suprimida la Compañía, los jesuítas, arrojados impíamente de todos los dominios españoles y refugiados en Italia, se esmeraron en dar clarísimo testimonio y brillantes muestras de su valer, redundando así cuanto hicieron en mayor vergüenza y descrédito de sus perseguidores y en alta honra de España, su patria.

Jamás, desde la toma de Constantinopla por los turcos y la venida á Italia de los sabios griegos, había penetrado en aquella península hueste más lucida y docta de extranjeros fugitivos. La historia científica y literaria de los ex jesuítas españoles, que por toda Italia se difundieron, carece todavía de un historiador digno. De esperar es que lo sea con el tiempo el erudito y elegante escritor D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Entre tanto, no faltan eruditos italianos que se ocupen con amor en este asunto. Recientemente la Real Academia de Ciencias de Turín ha publicado sobre él una hermosa memoria, debida al saber y talento del doctor Victorio Cian. Al dar cuenta de esta memoria el ya citado Menéndez y Pelayo, en el número de Enero último de la Revista critica de historia y literatura, amplifica y esclarece las noticias del Doctor Cian con no pocas más que demuestran la importancia y el valer de aquellos nuestros ilustres compatriotas. Los Padres Andrés, Arteaga, Eximeno y Masdeu son elogiados por el Dr. Cian según su mérito; pero en cambio, sólo hace rápida mención de Hervás y Panduro, creador de una nueva ciencia: la filología comparativa; del Padre Juan Bautista Gener, autor de los seis primeros tomos de una enciclopedia teológica, que implica la renovación de los estudios eclesiásticos; del Padre Tomás Serrano, elegante y sabio humanista; del gramático Garcés, cuyo libro del Vigor y elegancia de la lengua castellana se lee aún con fruto; del Padre Aponte, egregio helenista, maestro del cardenal Mezzofanti; del insigne historiador de Méjico Clavijero; del naturalista chileno Molina; de Landival, cuya Rusticatio Mexicana es uno de los más curiosos poemas de la latinidad moderna, hasta por lo original y exótico del asunto, y de Márquez, tan benemérito, por sus libros, de la arqueología romana y de la historia de la arquitectura.

Aunque el Dr. Cian diga poco ó nada sobre los mencionados escritores, todavía basta con los que celebra para hacer que se forme elevadísimo concepto de los jesuítas españoles emigrados en Italia y de cuanto trabajaron y escribieron desde 1767 hasta 1814. Acrecientan la elevación de este concepto, las nobles palabras con que el Dr. Cian termina y resume su memoria: «Aquellos hombres—dice—arrojados de su patria, obligados á vivir entre las desconfianzas, las envidias, los rencores antiguos y recientes, en país extranjero, guardan celosamente el culto de la patria en su corazón, y al mismo tiempo se enlazan en afectuosa amistad con algunos de los nuestros y de los mejores, estudian y adoptan é ilustran la lengua y la literatura del país que les ha dado hospitalidad; pero cuando ven que algún italiano quiere lanzar la más leve sombra sobre el honor literario de España, se levantan con fiereza caballeresca, propia de su raza, y no temen defenderse, y pasar muchas veces de la defensa á la ofensa vigorosa y audaz... No podemos menos de sentir una admiración profunda por estos emigrados que en tan breve período de años respondieron tranquilos y altivos, con la mejor de las venganzas, á las injurias de la fortuna, á las persecuciones, á los odios de los hombres que pretendían extinguirlos; y se levantaron y se purificaron á los ojos de la historia, á nuestros propios ojos, á los ojos de aquellos mismos que creían y aspiraban á verlos aniquilados para siempre. Su producción múltiple, varia y á veces profunda y original, es un fenómeno singularísimo. En vano se buscaría en la historia de las literaturas europeas otro fenómeno semejante de colonización literaria; violenta, forzada en sus causas y en los medios con que fué realizada; espontánea, duradera y digna en sus complejas manifestaciones; útil y gloriosa para aquellos colonos, dotados de extraordinaria flexibilidad y gran virtud asimiladora; no ingloriosa para la madre patria que los desterraba; ventajosa y honorífica para la nueva patria latina que los acogía en su seno hospitalario.»

Harto reconocerá el lector por lo expuesto hasta aquí que yo soy un admirador fervoroso y sincero de la antigua Compañía de Jesús; pero esto no se opone á que yo dé crédito é importancia á las tremendas acusaciones que lanza contra la Compañía el autor anónimo, cuyo libro me induce á escribir este articulo.

No recuerdo quien dijo, tal vez fué Cervantes, que las segundas partes nunca fueron buenas; y yo confieso que me siento inclinado á aplicar el dicho á la Compañía de Jesús restaurada, desde 1814 hasta ahora.

La primera revolución francesa, con tantos horrores y tanta sangre y dando por último resultado á un déspota que sin propósito fijo, civilizador y humano, mantiene durante años la confusión y la guerra en Europa; la propensión del pensamiento filosófico hacia el pesimismo y hacia el más grosero ateísmo y la aparición ó la mayor difusión y el más hondo arraigo de espantosas doctrinas que, no sólo tiran á subvertir el organismo social, sino á arrancar de cuajo los fundamentos en que el orden actual se sostiene, han apocado acaso, con la repugnancia y el terror que inspiran, el espíritu religioso de muchos individuos é instituciones, y entre éstas la de los jesuítas sin duda. Lo cierto es que ya no son como eran antes. A mi ver, ya no pueden decir: sint ut sunt, aut non sint. Ya son otros de lo que eran. Antes, al defender la fe católica, de que se hicieron y fueron maravillosos adalides, se pusieron en el camino del progreso, á la cabeza de la humanidad, levantando el lábaro y apareciendo casi, así por el amor de la religión como por el amor de la ciencia, semejantes á la columna de fuego que guió en el desierto á los israelitas durante la noche.