Hoy, por el contrario, faltos de fe los jesuítas y engañados por el pesimismo, imaginan sin duda que la civilización ha descarrilado, que se ha extraviado, saliendo de la senda que debía seguir, y en vez de ponerse delante y servir de guía, se han puesto á la zaga y hacen todos los posibles esfuerzos porque ceje y retroceda hacia un punto absurdo y fantástico que jamás existió y con el que ellos sueñan. De aquí que todo progreso, toda elevada cultura, todo pensamiento sano de libertad y de mejoras, sea tildado por ellos de liberalismo y aborrecido de muerte. Esto es peor que carecer de un ideal, es tener un ideal falso é inasequible por ser contrario á las ideas y á las esperanzas de la porción más activa, inteligente y hábil de la novísima sociedad humana.
En esta situación, sin verdadero entusiasmo, porque reacción tan disparatada no puede inspirarle, no es extraño que los jesuítas modernos tengan todas las flaquezas y pequeñeces é incurran en cuantos vicios y pecados el autor anónimo les imputa en su iracunda y despiadada sátira.
Todo lo que el autor anónimo nos declara que hay ahora de malo en la Compañía, pudo existir y existió probablemente en ella, hasta cierto punto, desde su origen. No era posible que entre millares de hombres, formando una asociación poderosísima, no se albergasen la ambición, la codicia, el apetito de deleites y regalos y otras mundanas pasiones; pero entonces era tan elevado el propósito, era tan generoso y fecundo el pensamiento capital que informaba á la Compañía, y era tan numerosa y refulgente la falange de sus héroes, de sus santos, de sus exploradores, de sus sabios y de sus mártires, que deslumbraba con su resplandor y no dejaba ver lo vicioso y lo malo que había en la Compañía y que es tan inherente y propio y tan difícil de extirpar por completo de nuestra decaída naturaleza.
Es asimismo de recelar que el jesuitismo moderno, si bien fustiga con sobrada acritud los vicios del día, se haya dejado, sin sentirlo, inficionar por algunos de ellos, y en particular por los que afean más ahora á las clases medias y elevadas de la sociedad, con las que los jesuítas tratan y alternan frecuentemente. La afición, pues, al regalo, á la pompa, á ciertos refinamientos y elegancias y al dinero que lo proporciona todo, no deja de ser natural que se haya infiltrado en las almas de los decaídos sucesores de Francisco Javier, de Francisco de Borja, y de tantos y tantos gloriosos misioneros, confesores y mártires de la fe de Cristo.
Cuantos hechos, anécdotas y casos refiere el autor incógnito para rebajar y humillar á los jesuítas del día, tienen traza de verdaderos y dejan harto mal parados á los Padres. Referidos con notable primor de estilo, desenfado y gracia, entretienen tanto ó más que una novela picaresca. Así los dos capítulos Cuestión de cuartos y Los dineros del sacristán, nos pintan á los Padres sedientos de oro y valiéndose para adquirirle de mil medios poco decorosos; de la usura, del agio y de la adulación para con los ricos, á fin de conseguir de ellos donaciones y herencias: y nos los pintan al mismo tiempo manirrotos, despilfarrados y faltos de juicio, de buen gusto y de previsión, para gastar, ó más bien para derrochar estas poco bien adquiridas riquezas. En el capítulo El Politiqueo aparecen los Padres como facciosos, excitadores á guerra civil y tan partidarios de D. Carlos, que cantaban el Te Deum cuando ocurría algún suceso funesto para las armas de España, v. gr.: la muerte del caballeroso y heróico marqués del Duero.
Para no fatigar á los que me lean no seguiré extractando aquí el inmenso cúmulo de acusaciones que lanza contra los jesuítas el autor anónimo. Recomendaré, sin embargo, la lectura del capítulo El Mujerío, porque tiene muchísimo chiste. Sobre todo en cuanto se refiere á las relaciones espirituales de los Padres con las duquesas, marquesas y condesitas, y en la descripción que hace de la devoción elegante, del misticismo cómodo y de la religiosidad high life y á la moda.
Todo esto, no obstante, por más que sea digno de reprobación y deba ser condenado en este, en aquel ó en el otro individuo, tal vez afecte menos á la Compañía en general de lo que el autor anónimo imagina y pretende. En una asociación tan numerosa y que alcanza extraordinario influjo y crédito, es difícil, es casi imposible evitar que algunos, que tal vez muchos de los que á la asociación pertenecen, no se prevalgan de ese influjo y de ese crédito para lograr provechos y ventajas materiales. Y por otra parte, el despilfarro de esos provechos, casi siempre en cosas deleitables para la colectividad ó que satisfacen y lisonjean su orgullo, prueba que no hay grande egoísmo en el individuo que los ha logrado, é inclina á creer que la codicia jesuítica más que viciosa es poco juiciosa.
En mi sentir, pues, los capítulos de mayores culpas del libro del autor anónimo contra los jesuítas, son los dos que se titulan: De ciencia y tantidad, la mitad de la mitad.
Ni en ciencia, ni en literatura ni en artes, llegan hoy los jesuítas de España á lo que fueron en lo pasado. Quedan además muy por bajo del nivel de los escritores seglares y de los escritores del clero y de los otros institutos religiosos. La fama al menos no hace resonar mucho sus nombres ni difunde su gloria.
En este punto, sin embargo, y si hemos de dar crédito al autor anónimo y no tildar de exageración sus alabanzas, él las prodiga de tal suerte al P. Juan José Urraburu, que le coloca muy por encima de todos los filósofos, pensadores y escritores aficionados á la filosofía que ha habido en nuestra nación en el siglo presente. No he de negar yo que sean muy estimables las obras filosóficas de Balmes, del P. Zeferino González, de D. Manuel Orti y Lara, de Sanz del Rio y de la turba de sus prosélitos; pero de ninguno de ellos se podría afirmar sin exagerada benevolencia lo que el autor anónimo afirma de la obra filosófica del P. Juan José Urraburu, declarando que es notabilísima, que hace honor á España, y que debe contarse entre las mejores, si ya no es la mejor publicada en Europa, después de la restauración filosófica pregonada por León XIII. Es cierto que el autor anónimo limita luego la alabanza, considerando la obra del P. Urraburu como mera exposición de la sana filosofía escolástica. Pero aun así, la alabanza es muy grande, si la tal exposición es completa y si es la mejor que se ha hecho en Europa, comparando bien la antigua filosofía que expone, con todos los ulteriores sistemas, y sacándola ilesa de los ataques, y victoriosa y colocada por cima de todos.