Fuera de los méritos de este P. Urraburu, del que confieso ingenuamente que ni había oído hablar, poco ó nada hay que el autor anónimo celebre y estime en algo, en el movimiento intelectual de los jesuítas. Y la verdad es que ninguno de sus escritos ha alcanzado en España la popularidad y el aplauso que las obras de otros escritores pertenecientes al clero. No tienen poetas como Mosén Jacinto Verdaguer; ni ardientes y fervorosos polemistas como D. Miguel Sánchez; ni entusiastas y candorosos moralizadores, de fecunda inspiración popular, como el excelente P. Claret, harto injustamente ridiculizado por la pasión política y por la ligereza de liberales y librepensadores.
La revista El Mensajero del Corazón de Jesús, está, según el autor anónimo, muy por bajo de La Ciudad de Dios, de los Padres Agustinos. Y lo que más desgracia dicha revista ó Mensajero, siempre, según nuestro autor, son las novelas y cuentecitos que allí se insertan, «donde hierven tales osadías de ideas y tales arrojamientos de frases y de palabras, y donde se refieren lances y percances tan crudos y poco decentes y situaciones tan escandalosas, que muchos padres de familia, luego que recibían el tal Mensajero, le escondían con cuidado para que no le leyesen sus hijas».
Son más de extrañar estas libertades si se atiende, según afirma el autor anónimo, á que los Padres jesuítas de España han censurado al Cardenal Wiseman por su Fabiola y al inocentísimo Fernán Caballero por varias de sus novelas, y á que (¡apenas parece creíble!), en un gran colegio de la Compañía celebraron una muy devota procesión y quemaron muchos libros por impíos, liberales y poco decentes, entre ellos El Quijote.
El autor anónimo niega también historiadores á la moderna Compañía de Jesús en España.
En lo que toca á ciencias naturales, no tienen nada de que jactarse. No sólo, dice, «no pueden presentar una obra como la del Agustino P. Blanco sobre la flora de Filipinas, pero ni un observador de la naturaleza como el escolapio Padre Ainza».
En mi sentir, hay un punto sobre el cual no vierte bastante luz el autor anónimo, ni nos habilita, fiándonos de lo que dice, para dar una sentencia adversa ó favorable. Es este punto la virtud ó capacidad docente de los Padres de la Compañía. Sobre ello, por lo tanto, no daremos nuestra opinión, pero sí diremos que la del público en general es muy favorable á los Padres, y lo prueban la multitud de colegios que tienen, su prosperidad, y el empeño con que muchas personas, hasta opuestas al jesuitismo, liberales y librepensadoras, envían á sus hijos á los colegios de los jesuítas para que allí se eduquen. Y no puede negarse que el buen éxito de los jesuítas en este ministerio de la enseñanza de la juventud produce y puede producir los mejores efectos, aunque no sea más que despertando la emulación y excitando el celo de otros establecimientos pedagógicos, ya, por ejemplo de los Institutos oficiales y laicos, ya de otras Ordenes religiosas ó clericales congregaciones. Los Padres Augustinos, sin duda, se esmerarán más en sus enseñanzas para competir con los Padres de la Compañía y vencerlos, si pueden. Y es probable, que, contemplando la prosperidad y crédito de los jesuítas como cuerpo docente, los canónigos del Sacro Monte se hayan animado y resuelto á ampliar los estudios de su colegio, convirtiéndole en Universidad católica, donde ya se enseña la jurisprudencia y donde se aspira y se quiere enseñar (como complemento y corona de las asignaturas de teología), griego, hebreo y árabe y otras lenguas orientales, así como muchas ciencias profanas y muchas teorías y descubrimientos novísimos, á fin de ponerlos en armonía con la Religión revelada y de que valgan para su sostén y concurran á su triunfo en vez de parecer, como parecen, un ariete en manos de los incrédulos.
Concretándome ahora al examen del libro del autor anónimo, y expresando aquí sobre él mi parecer franco y sincero; diré, para concluir, aunque me acusen como han sido acusados con frecuencia los jesuítas de tener la manga muy ancha, que los pecados y vicios que saca á la vergüenza el autor anónimo, si bien sería de desear que no los hubiese, no me mueven tanto á condenar la Compañía, compuesta de seres humanos, entre los cuales no puede menos de haber bastantes pecadores, como la carencia del espíritu elevado, amplio, civilizador y progresivo que la inspiró en mejores días. Volver á informarse de este espíritu es, en mi sentir, lo que la Compañía necesita, y no las mejoras y modificaciones de sus institutos, que el autor anónimo propone, manifestando deseo de que la Iglesia las adopte y establezca.
No va por un lado el espíritu del siglo y no va por el lado opuesto el espíritu de la verdadera Religión. Ambos caminan y deben caminar unidos á fin de que la mente y el corazón de los hombres se eleven á superiores esferas. Cristo no enseñó cuanto hay que saber, sino que dejó mucho, aun en las cosas más esenciales, para que los hombres lo averiguasen y lo enseñasen con el transcurso del tiempo. El adelanto, el desenvolvimiento de la metafísica y de toda doctrina social, política y hasta ética, no está reñido con la revelación, que no fué ni pudo ser de una vez, sino que, en cierto modo y altamente aceptada, es progresiva. Las mismas palabras del Redentor lo declaran: Adhuc multa habeo vobis dicere, sed non potesti portare modo. Lo que entonces no dijo Cristo, porque no hubieran acertado á entenderle; lo que, aun después de descender sobre los apóstoles las lenguas de fuego, cuando estaban congregados en el Cenáculo, no quiere ó no puede revelar San Pablo, constituye la ulterior revelación, y presta, digámoslo así, una flexibilidad sublime á nuestro dogma religioso, que le hace capaz de contener dentro de sí, sin romperse ni quebrantarse, toda civilización futura, por grande y maravillosa que sea.
Yo entiendo, pues, que la mejor reforma que pudieran adoptar los jesuítas sería la de inspirarse en tan sublime y fundamental pensamiento que, sin salir fuera de las vías católicas y sin cobardes condescendencias y transacciones con incrédulos é infieles, hiciese posible la aspiración de Jaime Freeman Clarke al terminar su obra sobre las Diez grandes Religiones, y al proclamar la cristiana como la religión definitiva é imperecedera del humano linaje: que no se amengüe la libertad del espíritu; que no se acepte con ceguedad lo que contradiga al sentido común; que no se achique ó mutile la ciencia por miedo de que triunfe de la fe; que ningún placer inocente, que ninguna natural alegría de la vida y que nada de cuanto hay de hermoso en la literatura, en el arte, en la sociedad y en el hogar doméstico, sea sacrificado; sino que todos los hombres vengan á Jesús y hallen en Él el medio más poderoso de elevarse hasta su Eterno Padre y la revelación más cumplida de perdón, paz, esperanza y vida eterna, indispensable para el desarrollo perfecto y completísimo de nuestro ser humano.
En los jesuítas hay en nuestro tiempo una limitación y una estrechez de miras harto contrarias á las susodichas aspiraciones. Se olvidan de que la letra mata y el espíritu vivifica, y se olvidan de que el espíritu de verdad hará resplandecer toda verdad ante los ojos de los que le siguen.