En prueba de que no exagero y de que no pueden ser más atroces las injurias que nos dirigen algunos escritores, cuyas obras se traducen al castellano, teniendo acaso nuestro público el mal gusto de estimarlas y la candidez de creer lo que dicen, citaré al célebre catedrático de la Universidad de Nueva York, Juan Guillermo Draper, el cual, en su Historia del desenvolvimiento intelectual de Europa, asegura que España, en justo castigo de sus espantosos crímenes, está hoy convertida en un horrible esqueleto entre las naciones vivas, y añade Draper: «si este justo castigo no hubiera caído sobre España, los hombres hubieran ciertamente dicho: «no hay retribución: no hay Dios.» Por donde se ve que es un bien y no un mal el que este pobre país esté muy perdido, porque mientras peor estemos, mayores y más luminosas serán las pruebas de la existencia de Dios y de su justicia. Largo es, muy largo, el capítulo de culpas que Draper nos echa á cuestas; pero las dos culpas más enormes, son las de haber destruido por completo, ó casi por completo, dos civilizaciones; la oriental y la occidental.

La primera de estas dos acusaciones no es tan ridicula como la segunda, de que hablaremos después, mas no por eso es menos falsa.

Indudablemente, los árabes, antes del Islam, poseían cierta extraña cultura, en algunos puntos patriarcal y propia de pueblos nómadas y pastores; en otros puntos, como por ejemplo en la poesía, hasta refinada. Cuando entusiasmados por las predicaciones de su profeta, se arrojaron á conquistar el mundo, no se puede decir que fuesen bárbaros. Tal vez por no serlo y por hallarse muchos países vejados, humillados y oprimidos por razas conquistadoras y por gobiernos despóticos, les fue fácil conquistarlos. Tal vez fueron recibidos como libertadores en algunos países, ó el pueblo al menos se sometió con docilidad á su yugo, no hallándole más pesado que el que antes sufría. Así se explica, por ejemplo, que cuatro ó cinco mil muslimes conquistasen el Egipto. Así se explica que no muchos más hiciesen la conquista de España. En poco tiempo se extendió el imperio musulmán desde la India y las fronteras de la China hasta el Mediodía de Francia, salvando los Pirineos. Los árabes, sin embargo, no eran muchos, y arrastraron en su expansión, valiéndose de ellas para triunfar, á hordas bárbaras ó semi-salvajes, como los habitantes del Norte de Africa, mauritanos, bereberes, ó como queramos llamarlos. En España se llamaron y se llaman moros. Sin duda por cada árabe de los que vinieron á la conquista de España, bien se puede suponer que hubo un centenar de moros. Y esto en el principio, mientras España estuvo sometida al califato de Oriente, y también, así durante la independencia de la España musulmana del mencionado califato, como desde la fundación del de Córdoba hasta su desmembración y ruina después de la muerte de Almanzor. La multitud de reyezuelos que surgieron de la ruina del califato, cuando no eran renegados españoles, eran moros y no árabes. Y, por último, en la época de las dos primeras grandes invasiones africanas, la de los almoravides y la de los almohades, que en España prevalecieron y duraron, el elemento arábigo entró por muy poco. Los invasores y dominadores de España fueron africanos bárbaros, que no pudieron traer ni trajeron ningún principio civilizador á nuestra Península. Aquí fue donde se domesticaron y civilizaron algo, sometiéndose sin sentirlo los vencedores á la superior inteligencia y saber de los vencidos y al influjo que de esto nace.

Los árabes mismos no poseían, al extenderse por el mundo y al apoderarse de España, una civilización superior y propia. Tuvieron, sí, el mérito de no destruir la civilización de los países que ocuparon: de aceptar y de recibir en cada región algo de lo que allí se sabía, ya conservándolo para que no se olvidase ó se perdiese, ya siendo como vehículo para llevarlo de una región en otra. Esta buena cualidad, que no fue sólo tolerancia, sino curiosidad simpática y afición respetuosa al saber de los vencidos, valió de tal suerte que, durante algunos siglos, acaso hasta después de las últimas cruzadas, pudo creerse que el mundo musulmán era más culto que el mundo católico, y los espíritus superficiales pudieron esperar ó temer que el islamismo en Asia, en el norte de Africa y en España, arrebatase al cristianismo europeo la bandera del progreso y la antorcha de la cultura. Casi todo este brillo, sin embargo, y esta aparente superioridad en algunos momentos históricos, se debieron en todas partes, y más que en ninguna en España, á la civilización de los vencidos, á veces respetada, por lo cual merecen los vencedores elogio, á veces viva y retoñando y reverdeciendo siempre, sin que pudieran los vencedores arrancarla de cuajo, á pesar de los esfuerzos que hicieron, y al fin sometiéndose á ella.

En suma, no es posible descubrir en toda la cultura hispano-muslímica cosa alguna de valer que haya surgido en Arabia ó en Africa, entre alarbes y moros, y que desde allí haya venido á España. A mi ver, cuanta alabanza se quiera dar á la cultura muslímica española, es alabanza que se da á los españoles mahometanos, y no á moros ni á árabes que viniesen de fuera trayéndonos ciencias, artes ó industrias que aquí no existiesen ó que aquí no tuviesen origen.

Por lo demás, yo creo que en la prosperidad y en la grandeza de los estados ó reinos musulmanes que hubo en España, entran por mucho la ponderación y la jactancia de los historiadores. Entra también por algo la manía de no pocos críticos y pensadores modernos, de encarecer ó ensalzar demasiado cosas que, si bien son bellas ó buenas, no merecen tan ponderativos encarecimientos.

Apenas hay gran pueblo, de los que más han figurado en la historia, que no haya dejado más hermoso y brillante rastro de sí que los árabes en sus monumentos.

Se supone, y no he de negar que es suposición muy poética, que la cultura arábiga, no sé si en España sólo ó también en otros países, depende ó está ligada á una estrella que los griegos llamaron Canopo y los árabes Sohail. Esta estrella brilló, siglos ha, muy alto sobre el horizonte de España. En el día, á causa de la precisión de los equinoccios, apenas se levanta poco más de un grado sobre el horizonte de Cádiz. Cuando Sohail desaparezca de nuestro cielo, desaparecerán también y serán ruinas y escombros los monumentos del arte arábigo que en España quedan.

Esperemos que este vaticinio astronómico no se cumpla, para lo cual importa que haya restauradores artistas como el Sr. Contreras, y que nuestros ministros de Fomento no escatimen los recursos, no ya para conservar lo que aún existe, sino para restaurar lo que se halla lastimosamente medio destruido. Así, por ejemplo, yo no me contento con que la Alhambra se conserve, sino que, si de mí dependiese, haría restaurar las dos torres de las Infantas y de la Cautiva, cada una de las cuales es, ó, mejor dicho, ha sido, y puede volver á ser, una primorosa filigrana: un palacio ó casa real de la Alhambra en miniatura.

Acaso como arquitectos es como los árabes son, ó han sido, más originales. ¿Pero quién negará que su arquitectura tiene escasa majestad y solidez, y que se distingue y es digna de elogio, más que por nada, por las menudencias y prolijidades del ornato?