El edificio más grandioso que de la época muslímica queda en España es la catedral de Córdoba; la antigua mezquita de Abderraman. Pero en aquel bosque de columnas que forman las diecinueve naves ó calles, ¿hay muchas columnas que sean arábicas? ¿No ve, hasta el más profano, que todas ó casi todas, son de templos cristianos ó gentílicos, de la época romana ó de la época visigótica, arruinados y despojados por los muslimes para edificar y hermosear su templo? Este templo, á decir verdad, no me entusiasma tanto como á otros, en cuyo entusiasmo me parece advertir no poco de extravagancia. Hasta figurándome la mezquita integra, en todo su esplendor, sin templo cristiano en su centro y tal como estaba en la época de los Abderramanes, sin la pared que la limita ahora hacia el patio de los Naranjos, y dejándose ver desde él toda la longitud de las diecinueve calles, alumbradas por lámparas de plata y oro, y hasta figurándome además en todo su esplendor y belleza los primorosos mosaicos, alicatados y dibujos de la capilla del Mihrab, yo hallo, y he de confesarlo aquí, aunque se pongan las manos en la cabeza los que me lean, que me parece más hermoso, más digno, más artístico el templo cristiano que se levanta ahora en medio de la mezquita y que tantas y tantas personas lamentan el que allí se haya levantado. Para mi gusto, no ya el templo en su totalidad, sino alguno de sus pormenores, como por ejemplo, la sillería del coro, vale más que el Mihrab con todos sus arabescos y que cuantos primores, labrados con prolijidad bárbara, contiene y contuvo la mezquita en su época más brillante.

No discuto aquí si hubiera sido ó no mejor edificar en cualquiera otra parte el templo cristiano y dejar la mezquita integra y tal como estaba. Falta de sentido arqueológico y de buena critica de bellas artes puede afirmarse que hubo en esto; pero, ¿en el siglo xvi, hubiera habido en cualquiera otra nación de Europa un amor más fino á la arqueología, y un juicio más claro sobre el valer artístico é histórico de un monumento, que hubieran impedido, sobreponiéndose al sentimiento religioso, la construcción de un templo cristiano en el centro de la mezquita? Si por una parte, algo de la mezquita se destruía, ¿cómo negar por otra que hay no poco de poético y de sublime en la idea realizada de levantar en medio del más espléndido santuario del islamismo y del arte oriental otro magnífico santuario, según el gusto europeo, más adecuado al culto y glorificación del Dios trino y uno?

No negaré yo la gracia y el encanto de algunas construcciones arábigas.

Si los árabes produjeron algo original, fue en arquitectura, aunque tal vez tomasen mucho del arte bizantino y de la arquitectura de la India y de la Persia y de otras regiones que invadieron ó conquistaron.

Aun así es de notar y de deplorar la vida efímera é inconsistente de los monumentos arábigos. La estrella Sohail no se había ocultado aún bajo el horizonte de España, y ya no había en Córdoba ni huellas de los palacios de los califas; Medina-Azahara se había desvanecido; los alcázares y jardines de Almotamid en Sevilla, de Almotacín en Almería, y de otros reyezuelos elegantes y sibaríticos, se diría que se los había tragado la tierra. De ellos no queda una columna en pie; ni huella, ni rastro. Todavía en Grecia, en Sicilia y en Italia, están erguidos y casi completos monumentos del arte helénico, anteriores de seis ó siete siglos á la Era cristiana; en Egipto, en la India y en la Persia y en otras tierras del centro de Asia, subsisten pasmosas obras que dan testimonio del poder arquitectónico de pueblos que fueron grandes hace miles de años, mientras que de los árabes, sobre todo en España y de la mejor época, apenas queda nada. El mismo alcázar de Sevilla, más que moro, es mudejar, y honra más el buen gusto del caprichoso y popular tirano D. Pedro de Castilla, que la elegancia del rey poeta Almotamid, ó la magnificencia de su tremendo padre, que adornaba sus jardines y las puertas de su alcázar con las cortadas cabezas de sus enemigos.

Los encomiadores de los tiempos muslímicos en España ponderan más aún, y no menos superficialmente, el gran florecimiento y prosperidad á que la agricultura había llegado entonces. Para las irrigaciones, sobre todo, no tienen más que alabanzas. Hay quien imagina que España en tiempo de los moros era toda ella una florida, amena y fructífera huerta, que los cristianos luego hemos marchitado y destruido. Nada más falso que este aserto. Bastante digno de encomio hicieron los moros (ó, mejor dicho, los españoles musulmanes, pues no hay razón para que fuesen moros ó para que nosotros así los llamemos), á fin de cultivar, regar bien y hacer productiva la tierra, especialmente en Valencia, Alicante, Murcia y Granada; pero cuando se estudia bien este asunto, se ve que los cristianos hicieron más y mejor para el mismo fin después de la conquista, así en grandiosas y útiles obras hidráulicas, como en leyes y reglamentos para organizar sabiamente el regadío. D. Jaime I en Aragón y D. Alfonso el Sabio en Castilla, aunque no tuvieran más que este mérito, gozarían de inmortal popularidad y serían gloriosos y benditos. Pero hay más aún: los más colosales trabajos realizados para el riego, trabajos que pasman por su solidez y magnificencia, son de las épocas en que se supone á España sumergida en las tinieblas horrorosas de un brutal fanatismo; son del reinado de Felipe II, bajo cuya protección y por cuya excitación se construyeron los admirables diques y pantanos de Alicante, de Elche y de Almansa, ó son del tiempo de Carlos III, bajo cuya protección y por cuya excitación se hicieron los de Lorca.

En artes y letras es mayor desatino sostener que los moros importaran nada en nuestro país, ni influyesen, salvo un poco en la arquitectura, en el desenvolvimiento intelectual de los españoles. De escultura y pintura no hay que hablar, pues, aunque, á veces, faltando á los preceptos de su religión, esculpiesen y pintasen algo, lo por ellos pintado y esculpido fué grosero y rudo. Así lo atestiguan las esculturas y las pinturas que en la Alhambra se conservan. Poesía dramática no tuvieron nunca. Algo de poesía épica ó narrativa puede decirse qué tuvieron, si bien no tuvieron nada que, ni remotamente, pudiera compararse, no digamos ya al antiquísimo poema del Cid, pero ni á las leyendas de santos de Gonzalo de Berceo. De aquí se infiere que nuestra gran literatura nacional trilingüe, castellana, catalana y portuguesa, nació ó retoñó en estos idiomas vernáculos, de su antigua raíz y tronco cristianos y latinos: raíz y tronco firmemente plantados en nuestro suelo. Y si algo de fuera, si algo extraño vino á ayudar ó á fomentar el reverdecimiento de esta literatura, vino de Francia y de Italia, y no de la morería. Por el contrario, yo creo que debe y puede sostenerse que la pompa oriental, las galas y primores, á veces excesivos, y cierta redundancia que en nuestra poesía y en nuestra elocuencia se notan frecuentemente, y aun se censuran, son ya sobras ó defectos que de muy antiguo tuvieron los españoles, y por los cuales fueron motejados en Roma Lucano, Séneca y otros prosistas, oradores y poetas de nuestra patria.

En las poesías escritas en lengua arábiga por españoles y en España, aunque durante la dominación muslímica, no hallo difícil percibir, á través de la forma clásica tomada de la antigua poesía del Yemen y de la imitación de los verdaderos poetas árabes más famosos y celebrados, algo, y no poco, en el sentir y en el pensar, nacido en corazones y espíritus españoles, y que casi de seguro no hubiera nacido jamás en el alma de un moro de Africa ó de un beduino de Arabia. Este orientalismo es tan español y tan poco oriental, que á raíz de la última reconquista se manifiesta esplendorosamente en prosa y en verso en nuestra literatura española y nace del concepto fantástico, transfigurado y hermoso, que la mente de los vencedores crea y forma de las costumbres, usos, pasiones y cultura del pueblo á quien ha vencido. De aquí la novela caballeresca, la ficción graciosa de Ginés Pérez de Hita. Y de aquí la multitud de preciosos romances moriscos y el tinte imaginariamente oriental que engalana tantas de nuestras obras poéticas, desde los mismos romances moriscos que incluye en sus Guerras Civiles el mencionado Ginés Pérez de Hita, hasta los admirables romances de Góngora y de D. Nicolás Moratín, hasta el arabismo cordobés del duque de Rivas en El moro expósito, y hasta los esplendores y ensueños orientales del valenciano Arolas y del instintivo y popularmente iluminado poeta Zorrilla en su leyenda de Alhamar y en otras composiciones y fragmentos. Casi todo esto contiene un arabismo ú orientalismo hechicero y de color de rosa, tan creado por nosotros, que bien se puede asegurar que no hay árabe ni moro que, aunque se le tradujera en su lengua, entendiese palabra de ello.

¿Ni cómo habían de entender las quintas esencias y los refinamientos amorosos y místicos que gastan los poetas y algunos de sus héroes, y los discreteos, delicadezas y finuras de sus galanes y de sus damas?

No voy á dilucidar aquí si algunas poesías compuestas en España, aunque en lengua arábiga y por muslimes españoles, pudieron ejercer influjo en la poesía castellana; si los cristianos conocían dichas poesías arábigas; si varios romances, como el de la pérdida de Valencia, fueron traducidos ó imitados del árabe; si el arcipreste de Hita, ya en el fondo, ya en la forma, imitó cantares moriscos; y si la elegía de Abul-Beka de Ronda, en su primera parte, fué uno de los modelos que tuvo presente Jorge Manrique cuando compuso sus admirables coplas. Lo que sostengo es, que, en todo caso, fué cortísimo el influjo é insignificante la imitación. Schack, por más esfuerzos que hace, tiene que convenir en que los cristianos españoles conocieron poco la poesía arábigo-hispana y la imitaron menos, y tiene que convenir también en que esa poesía arábigo-hispana, más ó menos conocida é imitada, apenas tenía ya de arábiga sino la lengua en que estaba escrita.