Pasando ahora de las letras á la ciencia, empezaré por decir que no me incumbe estimar aquí y tasar en su valor la de los árabes; pero sí procuraré, aunque sea compendiosa y someramente, hacer tres importantes afirmaciones. Es la primera la de que España, cuando la conquista muslímica, tenía su ciencia propia, de la que dan testimonio clarísimo no pocos escritores y sabios, descollando entre todos San Isidoro de Sevilla, y que esta ciencia, á pesar de las persecuciones y tiranías de los conquistadores, continuó luciendo entre los muzárabes ó pueblo cristiano vencido, y dió altas muestras de sí en el abad Sansón, en San Eulogio y en Alvaro de Córdoba. Es la segunda que los árabes y los moros no eran sabios cuando vinieron á España, ni trajeron sabios consigo, de suerte que los sabios y la sabiduría que hubo más tarde entre ellos, no deben tenerse por arábigas sino por españolas. Tan español es Averroes como Séneca, como Luis Vives ó como Domingo de Soto. Y es la tercera que, lejos de destruir los cristianos españoles la ciencia mucha ó poca de los españoles muslimes, la protegieron, la fomentaron, se aprovecharon de ella y la difundieron por toda Europa. En este punto, más que en ningún otro, la acusación de Draper no puede menos de atribuirse á mala fe, á ligereza ó á supina ignorancia.
Otro pueblo, además de los árabes y de los moros, hubo en España durante toda la Edad Media, el cual, por su larga permanencia entre nosotros (tal vez, en parte, desde antes de la venida de los romanos), no podía ser mirado en España como forastero, sino como indígena. Era este pueblo el israelita, que valió, importó é influyó más que los muslimes en la civilización del mundo, floreciendo y mostrando tal actividad en España por su saber, que bien podemos jactarnos de ello como de una gloria. Maimónides, Ibn Gebirol, los Ben Ezrra, Jehuda-Leví de Toledo y otros muchos filósofos, doctores y poetas nos pertenecen, como por ejemplo, Mendelshon ó Enrique Heine pertenecen á Alemania.
Llamemos ahora, para acomodarnos á la manera vulgar de expresarse, ciencia arábigo-judaica á toda esta ciencia que floreció en España entre los españoles que siguieron la ley de Moisés ó la ley de Mahoma. ¿Qué fundamento hay para asegurar, como asegura Draper, que los cristianos españoles la destruyeron?
Los rabinos ilustres, los filósofos y los doctores musulmanes, arrojados de Andalucía por el fanatismo de los almohades, tuvieron franca acogida y lograron protección generosa en las cortes de los reyes de Aragón y Castilla. Así, las célebres escuelas de Lucena y de Córdoba vinieron á trasladarse á Barcelona y á Toledo. Ansiosos de difundir por el mundo esta ciencia arábigo-judaica, ya en la primera mitad del siglo xii, el arzobispo toledano D. Raimundo y sus amigos y clientes hicieron traducir, tradujeron y dieron á conocer á Francia y á otras naciones cristianas las obras y doctrinas de Al-kendi, Alfarabi, Avicena, Avicebrón y otros autores. Sin duda, Domingo Gundisalvo y Juan de Sevilla fueron los iniciadores y divulgadores primeros de la filosofía y del saber semíticos en la Europa de la Edad Media.
Ernesto Renán nos reconoce este mérito y nos concede por ello su nada sospechosa alabanza, diciendo: «La introducción de los textos árabes en los estudios occidentales divide la historia científica y filosófica de la Edad Media en dos épocas enteramente distintas, y el honor de esta tentativa, que había de tener tan decisivo influjo en la suerte de Europa, corresponde á Raimundo, arzobispo de Toledo y gran canciller de Castilla.»
Claro está que muy fácilmente y con erudición de segunda mano, tomada de varios autores españoles, entre los cuales sobresalen Menéndez y Pelayo y Amador de los Ríos, pudiera yo extenderme aquí y convertir en libro este artículo para demostrar hasta la evidencia que todo el saber arábigo-judaico de España fue propio de los españoles, y que éstos, no sólo le crearon, sino que le divulgaron por toda Europa.
El librito del Sr. Simonet, que da lugar á las consideraciones que hemos expuesto, las confirma con gran copia de erudición y con multitud de datos y de hechos, algunos de los cuales citaré en este escrito, tomándolos al azar ó prefiriéndolos por más curiosos. Muladíes ó españoles de puro origen, bien probado, ya por documentos históricos, ya por sus propios nombres de mal disimulada etimología latina ó peninsular, fueron: «Abdelmelic-ben-Hagib el Asolamí, Ali Ibn-Hazm, el célebre Ibn Thofail, el insigne botánico malagueño Ihn-Albaithar, el distinguido gramático Abdalah-Ben-Vivax, el poeta y naturalista Abú Otzman Ibn Loyon, los literatos y poetas Ibn Corral é Ibn Xalvator ó Salvador, y hasta el egriego filósofo Ibn Badja ó Pace (desfigurado el ablativo latino) á quien conocieron los filósofos escolásticos de la Edad Media con el nombre de Avenpace.» En conclusión (para terminar en este punto mi artículo, como termina el señor Simonet el libro de que trato), de los testimonios que hemos alegado se infiere que, ni al elemento arábigo, ni al berberisco, sino al indígena, se debe, en su mayor parte, el esplendor literario y artístico del califato cordobés y del antiguo reino nazarita. Y por si acaso nuestras razones parecieren poco fuertes, ó inspiradas tal vez por el sentimiento patrio, concluiremos apoyándolas en la autoridad de un crítico extranjero muy competente, del alemán Guillermo Lubke, que en su celebrado Ensayo sobre la historia del arte se expresa así: «Si el arte árabe se desarrolló en España con más perfección que en los otros países islamizados, se debe sin duda á las relaciones íntimas de moros y cristianos, en las cuales, éstos comunicaron á aquéllos algo de lo noble, amable y caballeresco que resplandece en todos los ramos de su civilización, ciencias, arte y poesía.»
Saltemos ahora de la llamada civilización oriental á la occidental, que, según Draper, también hemos destruido. Esta civilización, que Draper afirma que era superior á la civilización española del siglo xv, es la americana precolombina.
Imposible parece que se diga de buena fe tamaño disparate. ¡Qué diantre de civilización había en América antes de su descubrimiento! Por casi todas partes era completo el salvajismo. Menos en el Perú, no creo que en región alguna hubiese animales domésticos. Había en varias tribus conocimientos elementales de agricultura, pero en las demás se vivía de la pesca y de la caza, ó los hombres se comían unos á otros. Los sacrificios humanos exigían millares de víctimas. El perpetuo estado de guerra y los vicios nefandos destruían la población é impedían su aumento. En Méjico, que era el imperio más civilizado, no habían descubierto aún que con un líquido combustible y con una torcida se podían alumbrar de noche, y la pasaban á oscuras por falta de candiles. Los jeroglíficos en embrión de aztecas, yucatecos y otros pueblos del centro de América (aun dando por supuesto que los más significativos y mejor pintados no son posteriores á la venida de la gente española y no son obra de indios industriados y medio civilizados ya por nosotros), á más de ser casi ininteligibles, dejan entrever una cultura harto inferior á la de los antiguos imperios del centro de Asia más de mil años antes de Cristo. Si algo hubo de más valor en la antigua civilización americana, había decaído y se había corrompido ó degradado antes de llegar los españoles. Poco ó nada tuvimos que destruir nosotros que no fuera perverso y abominable. En cambio llevamos á América nuestra propia cultura europea y cristiana, y llevamos el café, la caña de azúcar, el caballo, la vaca, el carnero, el trigo, las frutas exquisitas de Europa y de Asia, y otras mil cosas excelentes que por allí no había.
Se nos acusa de haber procedido con crueldad y codicia y de haber sometido á duros trabajos y atormentado con atroces castigos á la población india, hasta el extremo de mermarla y aun de hacerla desaparecer en algunas regiones. No seré yo quien defienda á todos los aventureros españoles de entonces, admirables y gloriosos por su inteligencia y por sus bríos, pero que distan mucho de valer para modelos de santidad, y que tal vez, como vulgarmente se dice, eran lo peor de cada casa. Si hubieran sido aventureros ingleses, franceses ó alemanes los que á fines del siglo xv hubieran ido á América, ¿se hubieran conducido con más humanidad que los españoles? ¿Fueron más mansos y amorosos con los indios los alemanes á quienes el emperador Carlos V concedió que se estableciesen y se extendiesen por las que hoy son repúblicas de Venezuela y Colombia? ¿Se condujo más afable y dulcemente, no ya con los indios, sino con los mismos españoles establecidos en América, el enjambre de piratas, corsarios y filibusteros que en diferentes épocas fueron allí contra nosotros?