Los hombres de guerra y de aventuras en todos tiempos, y más aún en el siglo xvi, no han pecado por lo cariñosos y suaves; y en dicha época había dos corrientes de sentimientos y de ideas que endurecían más sus entrañas: el fanatismo religioso de la Edad Media persistente aún, y el renacimiento pagano, que, al traernos las elegancias y los primores, las artes y las letras de la clásica antigüedad, nos trajo también no poco de su corrupción, de sus vicios, de sus pasiones sensuales y de su sed de deleites y bienes de fortuna. Muchos de estos defectos no podían menos de tenerlos los aventureros audaces que envió España á América; pero la misma España no los tenía. ¿Pueden ser más filantrópicas que lo que son las leyes de Indias? ¿Se mostraron nunca nuestros legisladores crueles ni faltos de caridad para con los pueblos salvajes ó semi-salvajes á quienes civilizamos y cristianizamos? ¿Ha habido nunca pueblo de más católico corazón que el pueblo español? Y digo católico en el más lato sentido de la palabra, envolviendo en ella el significado que tienen hoy las palabras cosmopolitismo y humanitarismo. Fr. Bartolomé de las Casas no fué el único defensor de los indios; fué acaso el más vehemente y atrabiliario; pero antes y después de él hubo multitud de santos misioneros y de almas piadosas que defendieron y protegieron á los indios, y desde luego los consideraron iguales á ellos, y á veces superiores, cuando por su nacimiento, por la autoridad de que gozaban ó por el respeto que les tenían los de su casta, eran superiores en su tierra. No sería tan grande la tiranía y la opresión de España cuando, no sólo igualó al pueblo indio con el pueblo español, sino que dió cartas y títulos de nobleza á los indios que se distinguían ó eran ya nobles entre los suyos. Todavía, por ejemplo, es grande de España y duque, y goza de una pensión cuantiosa entre nosotros, el sucesor de Moctezuma.
Y últimamente, con motivo del centenario del descubrimiento de América, la ilustre duquesa de Alba, ha sacado del archivo de su casa y ha publicado un tomo voluminoso, donde se contienen multitud de títulos de nobleza, escudos de armas y honrosos privilegios concedidos por los monarcas españoles á muchos señores indios á raíz de la conquista.
En cuanto al pueblo, yo creo, y tengo por seguro, que se puede demostrar que en muchas de las tierras descubiertas y ocupadas por los españoles en América, los indios, en vez de perder, ganaron en ser conquistados. Aun durante la misma conquista, por mucha importancia que se dé á la superioridad de nuestra caballería, de las armas de fuego y de la pericia militar, no se comprende cómo unos pocos españoles pudieron vencer y sujetar con crueldades á grandes muchedumbres y á poderosos imperios. Esto se comprende mejor, entendido como debe entenderse: asegurando que los españoles triunfaron porque fueron allí como libertadores, y ganaron en muchas partes la voluntad y el auxilio de los indios mal contentos, los cuales lograron sacudir así la tiranía más espantosa. Es probable que en Otumba hubiese del lado de Hernán Cortés tantos indios como en el ejército contrario. Y no sin razón nos auxiliaron, porque salieron ganando en todo. «Antes, como dice Gomara, pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos á la esclavitud ó sacrificados á los ídolos; servían como bestias de carga y no había año en que no muriesen sacrificados á millares por sus fanáticos sacerdotes». Después de la conquista, añade Gomara, «son señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las manos. Nadie los fuerza á llevar cargas ni á trabajar. Viven bajo la jurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios se eligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así que, nadie piense que les quitasen los señoríos, las haciendas y la libertad, sino que Dios les hizo merced en ser de españoles, que los cristianizaron, y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que digo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para que se vistan; y de carne para que coman, ca que les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida. Hanles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que deben y lo que tienen. Hanles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomaron. Porque con letras son verdaderamente hombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados».
Yo entiendo que la cándida y sencilla apología que acabo de citar, basta para prueba de cuán benéfico fué para los indios el triunfo de España sobre ellos. Dicha sencilla y cándida apología vale más que las declamaciones pomposas. Los hechos posteriores la confirman plenamente. Desde el Norte de Méjico hasta el extremo Sur de Chile y de la República Argentina, sería fácil demostrar que en el día de hoy hay más indios que hubo nunca y son más felices, mejores y más civilizados que jamás lo fueron; que bajo el dominio de España los indios que se distinguían ó lo merecían podían ser cuanto se podía ser entonces en España; generales, arzobispos, duques, marqueses, y presidentes de tribunales; y que ahora pueden ser, y son á veces, presidentes de las Repúblicas. En los Estados Unidos tal vez habrán sido más humanos con los indios. Pero yo no he visto indios muy en auge en los Estados Unidos, ni que alguno de ellos figure entre los personajes importantes, que por su riqueza, por su posición ó por su saber, influyen ni remotamente en el gobierno de la nación. Tal vez los indios de los Estados Unidos estén acorralados como en España solemos tener toros bravos en una dehesa ó jabalíes en un coto, mientras que los indios de las tierras que España y Portugal ocuparon, ya presiden las Repúblicas como jefes supremos, ya brillan como oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejércitos, ya recorren como diplomáticos las cortes de Europa, ya ganan fama y aplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquistó elegantes é inspiradas poesías é interesantes libros en prosa, cuyo valer y mérito somos los primeros en reconocer nosotros los españoles, no escatimándoles la alabanza, sino complaciéndonos en darla, acaso y á veces más allá de lo justo.
Las tremendas acusaciones de Draper contra España están puestas en su libro con mero intento teórico, á fin de que en su ramplona filosofía de la historia figuremos nosotros como un pueblo precito, y á fin de que, en el drama cuya acción es el desenvolvimiento de la inteligencia humana y el paso de la edad de la fe á la edad de la razón, haga España el papel más odioso. Pero en el día se renuevan y se exacerban estas acusaciones, no ya para filosofar, mas ó menos burdamente, sino para sacar muy duras consecuencias prácticas contra nosotros. En los Estados Unidos escriben hoy muchos para denigrarnos como Draper escribía, siendo lo más gracioso que todo lo que dicen contra nosotros es con el fin de ensalzar á los cubanos y de afirmar que deben ser independientes y libres. Acaso el más feroz de estos escritores anti-españoles sea un cierto Sr. Clarence King, que ha publicado en la revista The Forum un articulo titulado ¿Ha de ser Cuba libre? Un amigo mío anglo-americano me envió hace un mes dicho artículo, excitándome á que le contestase y hasta brindándome con que insertaría mi contestación en una revista de su tierra.
Las acusaciones del Sr. Clarence King, son menos razonables aún que las de Draper; pero como llevan el propósito de excitar en los Estados Unidos el odio y el desprecio contra España y de favorecer á los rebeldes de Cuba, auxiliándolos y declarándolos beligerantes, creo que algo conviene decir contestando al Sr. Clarence King, aunque la defensa que haga yo de España sea ligera, desenfadada y de broma, ya que el articulo del Sr. Clarence King no merece refutación más seria y detenida. Lo que diga yo sobre él será como remate y complemento de la impugnación que la salida de tono y los anatemas de Draper contra España me han inspirado.
Empezando ahora por contestar á la acusación que nos dirige el Sr. Clarence King de haber exterminado la población india de Cuba, que llega á suponer se elevaba á un millón de almas, diré que parece imposible que con seriedad se insinúe, ya que no se afirme, semejante disparate. Si á nosotros, fundándose en él, se nos dice: ¿Qué habéis hecho de ese millón de almas? ¿Caín, que has hecho de tu hermano?, con la misma razón podemos suponer nosotros que, en la inmensa extensión de territorio ocupado hoy por la gran república, había lo menos cuarenta millones de indios, y preguntar luego con voz fatídica: ¡Caínes! ¿qué habéis hecho de ellos?
De todos modos, á mí no parecería razonable dirigirme á los ingleses pidiéndoles cuenta de esos indios que han desaparecido. Se la pediría en todo caso á los que se han apoderado de sus bienes después de matarlos y viven hoy en el territorio que ellos tranquilamente poseían. Porque es absurdo é irracional, suponiendo que gente de casta española mató á un millón de indios para apoderarse de Cuba, simpatizar con los herederos y con los que se aprovechan aún de la matanza y del robo, y condenar por ese robo y por esa matanza á los españoles de por acá, que desde el descubrimiento y la conquista de América hasta hoy no han hecho más que predicar y legislar en favor de los indios.
Es cosa de risa citar á Hatuei, que dijo que preferiría ir al infierno á ir al cielo con los españoles, para aplaudir á los descendientes de esos españoles porque se rebelan contra otros españoles, que no sacaron el menor provecho de la muerte de Hatuei ni le hicieron el menor agravio. Todo lo que dice el Sr. Clarence King acerca de esto vendría muy á propósito si hubiese aún en Cuba descendientes de Hatuei y de sus indios que apellidasen libertad y que pugnasen por arrojar de Cuba á los españoles intrusos, lo mismo á Weyler, que á Maceo ó que á Máximo Gómez.
Otra no menos chistosa acusación del Sr. Clarence King contra nosotros se funda en la esclavitud de los negros; sosteniendo que, acostumbrados nosotros á mandar esclavos, no sabemos mandar hombres libres. No parece, al leer esto, sino que en los Estados Unidos no hubo esclavitud nunca. Dice también el articulista que España se vió forzada á dar libertad á sus negros ¿Y quién le hizo tal fuerza? España dió la libertad de grado y con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con las armas á esta libertad, si bien en Cuba era el darla más difícil, más perjudicial económicamente y más peligroso que en los Estados Unidos, aunque no fuese más que porque en Cuba la población negra era tan numerosa como la blanca. No fué, pues, en España, fué en los Estados Unidos, ó al menos en mucha parte de ellos, donde se vieron forzados á dar dicha libertad; donde tuvieron que tragarla á regañadientes, y donde al que la dió, al libertador glorioso, no faltó quien en premio le matase de un tiro.