Una prueba más de que no son los españoles peninsulares tan culpables de este absolutismo de los diez años, sino de que nos le impusieron las más poderosas naciones de Europa, es que desde que en 1834 hubo en España un gobierno liberal, los gobiernos de esas naciones se negaron á reconocerle, le volvieron la espalda y favorecieron al pretendiente, rey de los fanáticos y serviles. El nuevo orden de cosas no fue reconocido en España, por Prusia y Austria hasta después de la revolución de 1848, y por Rusia hasta 1857.

Y como yo no quiero condenar á nadie en más de lo justo, y menos á naciones tan ilustres como Rusia, Prusia y Austria, ni quiero tampoco injuriar al partido absolutista español, diré que alguna explicación y hasta disculpa tuvieron el odio y el terror de ellos á las modernas libertades, ya que tanto glorificaban, como el Sr. Clarence King, la primera Revolución francesa. Por pasmosos que hubiesen sido sus triunfos guerreros, no bastaban á atenuar las atrocidades de Dantón, Marat y Robespierre, y los espantos del Terror y de la guillotina; y fue lo peor que todo ello tuviese por resultado un gran genio militar sin duda, pero á la vez un déspota, que humilló y ensangrentó la Europa entera, sin que el más hábil y sutil profesor de filosofía de la historia pueda descubrir, fuera de la ambición personal, del prurito de elevar á la familia y á los amigos, y del afán del predominio de un pueblo sobre los otros, propósitos y fines altos y providenciales, parecidos á los que más ó menos conscientemente tuvieron Alejandro y César.

Será pensamiento mío, que tal vez escandalice á muchas personas, pero que ahora se me ocurre y no puedo menos de expresarle: la primera Revolución francesa, en vez de acelerar el advenimiento de la libertad verdadera y los progresos del linaje humano, vino á atajarlos, poniéndoles, como obstáculo que tienen que saltar en su curso, el miedo y la repugnancia que los desórdenes y crímenes de la Revolución inspiraron.

Como quiera que ello sea, pues sería muy largo discutirlo aquí, vuelvo á la cuestión de Cuba. Hoy que tenemos libertad, los cubanos la tienen también como nosotros. Sus senadores y sus diputados toman asiento en nuestras Cortes. Allí defienden sus intereses, allí piden reformas, allí concurren á legislar con los demás representantes del pueblo, y aun son más considerados y atendidos. Nunca, pues, la rebelión ha sido menos justificada que en el día por motivos políticos.

¿Lo será acaso por motivos económicos? Menos aún. Los cubanos no pagan tanta contribución como nosotros. Apenas pagan contribución territorial. Pagan en las aduanas. Y si algún empleado de los que van de la Península, se enriquece por allá, bien puede afirmarse que no es á costa sino con beneficio de ellos, favoreciendo el contrabando.

En lo tocante á la solicitud con que el gobierno de la metrópoli procura el fomento de la producción agrícola, de la industria y del comercio de Cuba, se llega á un extremo casi increíble. En prueba de ello, baste citar el Tratado que los señores Foster y Albacete negociaron en Madrid, siendo Presidente de la República el Sr. Arthur, y que el Sr. Cleveland, no bien entró en la Casa Blanca, retiró sin consentir que se ratificase. Si el Tratado hubiese sido ratificado, los azúcares de Cuba hubieran ido á la gran República libres ó casi libres de derechos, y de la misma manera hubieran sido recibidas en Cuba las harinas, las carnes y muchos productos de la industria anglo-americana. Inútil es ponderar la prosperidad y el auge que esto hubiera traído á la perla de las Antillas. Para lograr este fin, hubiéramos sacrificado nosotros con buen ánimo la agricultura de Castilla, cuyas harinas no hubieran podido resistir la competencia, el comercio de Santander, bastante de la industria catalana y no cortos intereses de nuestra marina mercante.

Alguna queja tengan acaso los cubanos de que, á fin de proteger la industria azucarera peninsular, se grave con demasiado derecho de introducción la azúcar de Cuba; pero el fundamento de esta queja es aparente cuando se considera el corto consumo que España puede hacer y hace de azúcar, en comparación de lo que totalmente produce la Isla, que por otra parte cuenta con más ricos, favorables y cercanos mercados.

Dice el Sr. Clarence King, que por codicia, por la riqueza que de la Isla sacamos, y por lo que esperamos sacar, nos resistimos á que sea independiente y libre. A mi ver, nada hay más falso; y creo que de los dieciocho millones que hay de españoles, sólo no pensarán como yo mil ó dos mil á lo más. Todos sabemos que en los cuatrocientos años que hace ya que poseemos á Cuba, sólo durante quince ó veinte ha habido sobrantes en las Cajas de Ultramar. En los otros trescientos ochenta y tantos años, Cuba no nos ha valido sino gastos, sacrificios y desazones. ¿Pues entonces—dirá el Sr. Clarence King—por qué España no abandona á Cuba? La pregunta equivale á la que pudiera hacerse á una buena madre, cuya hija mimada no le trajese más que gastos, si se le aconsejara que la dejase en plena libertad para que ella se ingeniase y buscase quien con más lujo la mantuviera. Conservar á Cuba no es para nosotros cosa de provecho, sino punto de honra de que España no puede prescindir.

La nación que ha descubierto, colonizado, cristianizado y civilizado á América, tiene más derecho que ninguna á ser y á llamarse americana, aun dentro de las doctrinas de Monroe, y tiene el deber sagrado é ineludible de sostener este derecho con razones y con armas, hasta donde sus fuerzas alcancen y mientras su sangre, su dinero y su crédito no se agoten.

No se comprenden los argumentos que se puedan alegar en los Estados Unidos para proclamar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para excitar acaso á otras potencias á que también la declaren. No hubiera habido menos motivo para pedir ó declarar hace años la beligerancia del Tempranillo, del Chato de Benamejí ó de los Botijas. No se conducen mejor Máximo Gómez y su cuadrilla ni atinan con más habilidad á escabullirse de sus perseguidores. Las diferencias que hay son favorables á aquellos antiguos bandidos de la Península, porque no eran incendiarios, y porque, cuando se acogían á indulto, cumplían como caballeros y no volvían á las andadas, engañando y burlando á los que los habían indultado.