En la pasada guerra civil cubana, el conde de Valmaseda, ofendido de estas villanías con que era burlada y pagada la generosidad española, dió un bando, no he de negar que harto violento; pero esto no basta para justificar la nota dirigida por el Sr. Fish, secretario de Estado, al ministro de España en la gran república.
Esta nota es una dura reprimenda hecha en nombre de la civilización cristiana y de la humanidad, por alguien que debió de creerse, sin el menor interés, representante y Encargado de Negocios de dicha civilización y aun del linaje humano, y con autoridad para dirigirse á nosotros como á un subordinado suyo. Fueran las que fueran las faltas cometidas por el conde de Valmaseda, el Sr. Fish cometió al dirigir la nota un atentado contra la soberanía, la autonomía y el decoro de España, cuyo ministro, si su gobierno no hubiera sido tan débil y le hubiera prestado apoyo, lo menos que hubiera debido hacer es devolver la nota sin contestación, dándola por no recibida, como alguna otra nota, menos insolente y soberbia, se devolvió en Madrid á un ministro anglo-americano.
Ahora, por fortuna, si de algo han pecado el noble general Martínez Campos y los demás jefes y autoridades de España en Cuba, ha sido de lenidad, de espíritu de conciliación y de generosa confianza. Repito, pues, que no se comprenden los argumentos que pueden alegarse en los Estados Unidos para declarar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para excitar á otras potencias á que la declaren.
Ni el gobierno español ni sus agentes han cometido ni cometerán en Cuba crueldad alguna. Aunque los foragidos que están asolando el llamado, por el Sr. Clarence King, fecundo paraíso, no merecen que las potencias cultas de Europa los amparen ó los protejan, no contra nuestra saña, sino contra nuestra justicia, yo espero que ésta se temple y mitigue con la mayor misericordia; mas no por eso acierto á explicarme que á los cabecillas rebeldes, á los principales al menos y á los que no tienen siquiera la excusa de ser cubanos y de estar cegados por un mal entendido amor á la patria, se les perdone si llegan á caer en poder de nuestros soldados. Justo y necesario será algún saludable escarmiento.
Difícil es, cuando no imposible, descubrir el motivo de queja que, en nación tan grande y generosa como los Estados Unidos, pueda haber contra España, bastante á mover á mucha parte de su ilustrada prensa periódica, al Sr. Clarence King y á una respetable comisión de senadores, á que pidan, valiéndose de mil injurias contra España, que el gobierno de la gran república declare beligerantes á los insurrectos, procure que otras potencias también los declaren, y garantice así la impunidad de todos ellos para el día en que depongan las armas, cansados de andar á salto de mata y de perpetrar toda clase de delitos. Por el contrario, España es quien puede quejarse por no pocos motivos: porque la acogida y el favor que reciben en aquel país los ingratos y rebeldes hijos de España excede sobremanera á la más franca hospitalidad, y porque bien puede recelarse que excitado por ellos el gobierno anglo-americano ha mostrado con frecuencia cierto prurito de vejarnos y lastimarnos.
Hay una, en mi sentir, detestable costumbre, fundada en torcidos principios de Derecho internacional, que prevalece en todas las naciones cultas, y no lo negamos, también en España. Hablo de la exagerada obligación en que se creen los gobiernos de proteger á sus súbditos en país extraño y de pedir, hasta con amenazas, que reciban indemnización de perjuicios que se les causen ó pérdidas que tengan.
Los gobiernos, movidos por la opinión pública, extraviada ó violenta, reclaman, tal vez sin mucha gana y por cumplir, pero reclaman, y suelen nacer de las reclamaciones, tirantez, enfriamiento de amistad y hasta conflictos. Y es lo más deplorable, que cuando la potencia que reclama es fuerte, humilla á la débil, en ocasiones la atrepella y casi siempre le saca el dinero. Y en cambio, cuando es más débil la potencia reclamante, en vez de salir airosa, es desdeñada en su reclamación, y su súbdito ofendido se queda burlado en vez de lograr ser indemnizado.
Cuando por cualquiera circunstancia se equilibran las fuerzas de las potencias reclamante y reclamada, suelen originarse hasta guerras, aunque para declararlas se busque ó se invente otro fundamento. Así, por ejemplo, si bien se rastrea y aun se escarba hasta llegar á la raíz de algunas expediciones belicosas, se verá que nacen de reclamaciones poco atendidas de particulares. Probablemente, si Francia y España no hubieran reclamado algo en balde para súbditos suyos, tal vez nunca hubieran tenido la ocurrencia de favorecer en Méjico á un partido monárquico y un tanto aristocrático y de ir allí á levantar el trono, que pagó más tarde muy caro un príncipe egregio y bondadoso. Tampoco sin reclamaciones hubiera habido guerra del Pacifico, ni bombardeo de Valparaíso y del Callao.
Cuando la nación de quien se reclama es débil, sin duda que no hay guerra, pero suele haber violencia y atropello. Así, pocos años ha (y prescindo de todo disimulo diplomático) Italia contra Colombia.
Véase, pues, con cuánta imparcialidad reconozco que apenas hay potencia, incluso España, que no adolezca de esta manía de reclamar exageradamente en favor de sus súbditos, establecidos ó de paso, en país extranjero, aunque cristiano y civilizado como aquel de que son naturales. A mi ver, sería bueno y provechoso decidir en el primer gran Congreso diplomático que haya, que esa protección del súbdito en país extranjero no la ejerza ninguna potencia cristiana y culta, sino cuando dicho súbdito vaya á vivir á un país bárbaro ó resida en él, y que, si reside en un país culto y cristiano, como el país de que procede, se someta á las leyes, usos y costumbres del país de su nueva residencia, sufra las molestias y se exponga á los peligros que allí sufren ó á que allí se exponen los demás, y reclame contra cualquier agravio ó daño, no por la vía diplomática, sino por los medios y recursos que le preste la legislación del país adonde voluntariamente ha ido.