Confiesa que, desde 1868, no vienen á España sobrantes de Ultramar. Los insurrectos de Yara, dice con júbilo, cerraron este vasto desagüe. Veamos ahora la enorme cantidad de millones que, según el Sr. Merchán, viene á España por otros conductos.
Según él y según el Sr. Dolz, á quien cita, nuestros empleados en aquellas aduanas defraudan al Tesoro, y sin duda envían á España cada año la friolera de ocho millones de pesos fuertes. Sea, digo yo: pero, como no se puede creer que los mercaderes y contrabandistas de Cuba lleven la tontería hasta el extremo de concurrir en balde y de balde á este robo, dando á los empleados lo que debieran dar al Tesoro, fuerza es afirmar que, si dan á los empleados ocho millones se quedan ellos con doce, ó siquiera con otros ocho, para que el robo sea á medias. Yo me resisto á creer que el comercio de exportación y de importación dé en Cuba para tan desaforado latrocinio. Aceptemos, no obstante, que el resguardo y los vistas ciegos envían á España los ocho millones.
En todo lo demás que pone el Sr. Merchán como rendimiento de Cuba á España, es evidente que el Sr. Merchán delira.
Cuba, dice, exporta cada año para España seis millones de pesos fuertes en frutos, que pagan por derecho de importación tanto como valen. Supone luego que estos seis millones, que salen del bolsillo de los peninsulares que quieren regalarse con frutos ultramarinos, son también tributo ó dádiva que Cuba nos envía; y suma catorce millones.
El estanco del tabaco rinde diecinueve, según manifestó recientemente el director de la Compañía Arrendataria, D. Eleuterio Delgado. Aunque no se comprende por qué, el Sr. Merchán se los aplica también á Cuba y ya tenemos que Cuba nos produce treinta y tres millones.
España manda á Cuba cada año, en mercancías, por valor de veinticinco; pero como de allí vienen seis, la balanza de comercio sólo da en nuestro favor diecinueve. Y como si todas las mercancías que enviamos á Cuba no valiesen un pito y fuesen una basura grandísima, que nosotros hiciésemos tragar y pagar por fuerza á los infelices y tiranizados cubanos, el Sr. Merchán pone también estos diecinueve millones en la cuenta de lo que Cuba nos tributa, haciéndola subir á cincuenta y dos millones de pesos anuales. Tal es la renta clara y paladina que da Cuba á España. La renta misteriosa y oculta es inmensa, según el Sr. Merchán. Los empleados, los comerciantes peninsulares, todos cuantos van de España á Cuba no se cansan jamás de enviar dinero de Cuba á España.
En su afán de ponderar lo que cuesta á Cuba el ser española, pone y suma el Sr. Merchán los sueldos principales del alto clero y de los funcionarios militares y civiles; pero no logra elevarse en esta suma por cima de doscientos mil duros. Y no se para tampoco á considerar que si Cuba llegase á ser República independiente, no había de suprimir al arzobispo, al obispo, á la clerecía, á los empleados todos, y hasta se había de quedar acéfala y sin presidente. Ya saldría á los cubanos bastante más caro que les sale ahora todo el aparato administrativo. Y esto sin meternos á vaticinar ni á recelar que en Cuba pudiera haber presidentes, como los ha habido en otros puntos de América, que han tenido para estrujar al pueblo y sacarle el jugo tanta pujanza como la prensa hidráulica más poderosa. Con todas las violencias tiránicas, con todas las ferocidades de cuantos virreyes, gobernadores y capitanes generales ha enviado España á América, desde el reinado de Felipe II hasta hoy, si pudiéramos ponerlas en un alambique y destilar la quinta esencia de ellas, créame el Sr. Merchán, no sacaríamos un espíritu equivalente al del tirano Rosas, pongo por caso.
Es el Sr. Merchán, ó aparenta ser, contrario á la anexión de Cuba á los Estados Unidos. No puede, por consiguiente, alegar, en contra de lo que él llama profecías siniestras, el florecimiento y prosperidad de Cuba si llega á ser un Estado más de la Unión. El Sr. Merchán no aspira al suicidio colectivo como raza. Espera y pretende que Cuba continúe siendo latina, que es el epíteto que gustan de darse ahora muchos hispano-americanos, para no llamarse españoles. Todos han de ser latinos, aunque no hayan pasado del quis, quæ, quod vel quid.
El odio á España del Sr. Merchán y de otros insurgentes es tan feroz y desapiadado, que más que la prosperidad y auge de Cuba, harto problemáticos si llega á ser independiente, los encanta y seduce la tremenda ruina en donde, según ellos, se hundirá España si perdemos aquella ísla. Como si fuera tan malo cuanto en la Península se produce, que nadie quisiese comprarlo sino por fuerza, entienden que, separada Cuba de España, no tendremos á quien vender. Los diecisiete y medio millones de españoles peninsulares, asegura el Sr. Merchán que estamos amenazados de miseria y de muerte si perdemos la clientela forzada de 1.200.000 blancos y 400.000 negros sus compatriotas.
Por lo visto, entra también en el plan de los insurrectos el despojar á los españoles penínsulares de las propiedades territoriales que en Cuba tienen, y hasta el expulsarlos de allí. «Toda esta población—decía en 1869 La Voz de Cuba, en artículo que el Sr. Merchán reproduce y celebra—vivirá errante y miserable en el mundo.»