Para que tal cosa no suceda, para defender á esa población, á la que tenemos obligación de defender; para conservar la integridad de nuestro territorio, para que la nación española no sea de nuevo mutilada, y no porque Cuba nos produzca todos esos millones fantásticos, deseamos conservar á Cuba, y es de esperar que la conservemos. Los diecisiete millones y medio de españoles peninsulares, salvo muy pocos, no temen perder el mercado para su industria, y perder el fomento de su comercio y de su marina mercante, si llegasen á perder la perla de las Antillas. No nos faltaría entonces sitio y gente á donde enviar nuestros productos y nuestros barcos. La pérdida de Cuba nos traería, sin duda, perturbación, mas no por la utilidad que Cuba nos trae ó nos ha traído nunca. Si atendiésemos solo á esta utilidad, apenas habría español que no estuviese deseando que nos quedásemos sin Cuba.

No tendría entonces que decir el Sr. Merchán, citando los arrogantes versos de Núñez de Arce, y dirigiéndose á Cuba:

«Y si ser grande y respetada quieres,
de tí no más la salvación esperes.»

Consejo que Cuba, ó mejor dicho, los rebeldes en armas no siguen, porque solos ni se hubieran rebelado, ni persistirían en la rebelión, que los yankees atizan, fomentan, patrocinan y pagan para echar de allí al cabo, no sólo á nosotros los españoles, sino también á todos los latinos, sin excluir al Sr. Merchán, que regresaría por corto tiempo á su patria y que tendría que volverse á Bogotá, porque en Cuba, yankeeficada, le mirarían como mueble incómodo é inútil y no le harían caso. No le valdría la adulación con que proclama la omnipotencia de los Estados Unidos.

Si quisieran apoderarse de Cuba, dice, «¿quién se opondría? ¿Inglaterra? El Leopardo puede aceptar luchas con el Águila, pero no la provoca á ellas. ¿Francia? Mientras no arregle cuentas con Alemania, evitará contiendas con otras naciones fuertes y civilizadas. ¿Alemania, Rusia? No tienen intereses coloniales en América; y Rusia, de desenvainar la espada, lo haría á favor de su antigua amiga la Unión Americana. En cuanto á una coalición de las grandes potencias, los Estados Unidos no la temen. Recuérdese cómo desbarataron la Santa Alianza con un Mensaje de Monroe».

¿Tendrá razón el Sr. Merchán y lo podrán todo los Estados Unidos? ¿Se atreverán á intervenir en Cuba y á intentar despojarnos de cuanto allí legítimamente poseemos, sin que por impotencia ó por imprevisor egoísmo se interponga en nuestro favor ninguna grande potencia europea? Entonces sí que no será á Cuba, sino á España, á quien tenga que decir el poeta, y esperemos en Dios que sea oído:

Y si ser grande y respetada quieres,
de tí no más la salvación esperes.

III

Algo arrepentido estoy de haber tomado por asunto de un escrito mío el libro del Sr. Merchán. Hay muchísimo que decir sobre él, y yo me canso, y, lo que es peor, temo cansar á mis lectores. Sin embargo, como ya emprendí la tarea, no quiero dejarla sin terminar, si bien procuraré ser muy conciso.