Lo más grave de que el Sr. Merchán acusa á España, es de su corrupción administrativa en Cuba. Nada hay que decir contra los datos que aduce. Todos están tomados de discursos, informes, folletos y Memorias, suscriptos por los señores Romero Robledo, Moret, marqués de la Vega de Armijo, Balaguer, Doltz, general Pando, general Salamanca y bastantes otros hombres políticos peninsulares de la primera importancia.
No quiero entrar en pormenores, porque son cansados y además harto feos. Convengo, pues, con el Sr. Merchán en que en Cuba la corrupción administrativa es deplorable: es un mal que requiere pronto y enérgico remedio. ¿Pero le hallará la rebelión, si triunfa y establece en Cuba una República independiente? Lo dudo, y no digo rotundamente lo niego, porque no me precio de profeta, porque mi optimismo no tiene limites y porque no he perdido la fe en lo sobrenatural y milagroso.
Mal hemos administrado á Cuba en el siglo presente; pero lícito es presumir que los cubanos libres la administrarían mil veces peor. Libres son y constituídas están en Repúblicas todas nuestras antiguas colonias en el continente americano. ¿Hay alguna de ellas que desde que conquistó su libertad hasta hoy haya sido mejor administrada que Cuba? Esto es lo primero que sería necesario demostrar.
Yo reconozco desde luego que el desarrollo del comercio, de la industria y de la riqueza en general, mil ingeniosas invenciones y los más fáciles medios de comunicación entre las gentes han hecho progresar y han llevado como á remolque hasta á los pueblos más atrasados. Pero estas causas debieran influir más en los pueblos libres que en pueblos como el de Cuba, que gime aún bajo el abominable yugo de España. Cuba, no obstante, apenas tenia á principios de siglo más población que 400.000 almas. Hoy pasa la población de Cuba de 1.600.000. La población, pues, está cuadruplicada, sin que á esto contribuyan, ni la abolida trata de negros, ni una gran corriente de emigración europea ó asiática. La riqueza y el bienestar han aumentado también, á pesar de las guerras civiles. No estarán, pues, tan oprimidos y miserables los cubanos, cuando así crecen y prosperan. ¿Crecen en la misma proporción en las Repúblicas hispano-americanas, las gentes, el bienestar y la riqueza?
Ya he dicho que no he de negar yo la corrupción administrativa de Cuba, para cuya prueba aduce el Sr. Merchán tanto testigo; pero tenga por cierto que, si fuese tal como él la pondera, Cuba no hubiera prosperado. La extraordinaria fecundidad de su suelo no hubiera podido prevalecer contra la rapacidad que en los peninsulares supone el Sr. Merchán. Si de los cuatro siglos que hace que poseemos á Cuba hubiéramos sacado de ella y enviado á España durante cuarenta años siquiera, á diez años por siglo, la mitad no más de lo que anualmente robamos á Cuba, ó sean veinticinco millones de pesos fuertes y esto sin contar las remesas misteriosas é infinitas que hacen los peninsulares, tendríamos que, en poco tiempo, habrían ingresado de Cuba en España nada menos que mil millones de pesos fuertes. ¿En qué Pozo Airón, en qué sumidero, en qué insondable abismo ha venido á precipitarse y á hundirse este Misisipí, este Amazonas de oro? ¿Dónde están los palacios, las soberbias quintas, los hadados jardines, el lujo sardanapálico y los sibaríticos deleites de los peninsulares que trajeron de Cuba todo ese dinero? ¿Dónde están los templos, los obeliscos y las pirámides que hemos levantado con el áureo vellocino de nuestra Colcos? Ambas Castillas están pobres y desoladas. Los palacios de los peninsulares enriquecidos en Cuba son más difíciles de hallar que los de Dulcinea. Y no hay monumento de algún valer que no se haya erigido con dinero nuestro y no cubano. Para que sea más evidente la prueba, los monumentos más nobles y grandiosos, hasta son anteriores al descubrimiento de América, y por consiguiente, de Cuba; los muros ciclópeos y las ingentes torres y arcos triunfales de Avila; las catedrales, como las de Burgos y Toledo, y los alcázares, como el de Segovia.
América no ha enriquecido, ha empobrecido y despoblado á España. España, en su gloriosa expansión, no se dilató por el mundo para saquearle y para traer á la Península los despojos ópimos, sino para difundir por doquiera su cultura, su religión, su idioma y sus artes. Si en la misma Italia, maestra de ellas, cuando en Italia dominamos, levantamos templos, castillos y palacios, erigimos monumentos y fundamos obras piadosas, hospicios y colegios, como de ello dan testimonio Napóles, Palermo, Mesina, Bolonia y otras ciudades, sin excluir á la misma Roma, ¿qué no haríamos y qué no hicimos en América, donde en resumidas cuentas no había nada, ó si había algo, respondía á un estado incompletísimo é inicial de cultura, como podría ser el del centro del Asia, tres ó cuatro siglos antes de que saliese Abraham de su patria, Ur de los caldeos?
Desengáñese el Sr. Merchán; la nación española poco ó nada ha traido de Cuba que no haya pagado con creces; nada debe á Cuba. Cuba es quien se lo debe todo á España; salvo lo que da la Naturaleza en su estado primitivo y selvático. Por eso, aunque el Sr. Merchán se enoje, tiene España razón para llamar ingratos á sus rebeldes hijos de Cuba. ¿Qué habrá quitado España para enriquecerse á Maceo, á Máximo Gómez ó á Quintín Banderas?
En cuanto á los fraudes y depredaciones de nuestros empleados, no poco hay también que objetar. Mucho crédito, por ejemplo, merece D. Eduardo Dolz; pero ¿acaso no puede equivocarse ó exagerar involuntariamente? En los últimos veinticinco años, afirma que nuestros empleados han defraudado, en las aduanas de Cuba, doscientos millones de pesos fuertes. Supongamos que es exacta la cantidad, y ya es mucho suponer. Todavía no es posible la suposición de que sean tan necios los mercaderes y contrabandistas cubanos que hayan tenido el capricho irracional de dar á los empleados los doscientos millones, en vez de darlos al Tesoro. Lo probable sería que, en este hurto hecho al Tesoro, saliesen ganando los comerciantes y contrabandistas ciento cuarenta millones y que los empleados se contentasen con sesenta y con enviarlos á España. Pero como estos sesenta millones no lucen ni parecen por aquí, yo me atrevo á presumir que son fantásticos. En España no abundan tanto los ricos que no nos sean todos conocidos y que no sepamos de dónde ha salido y cómo se ha formado el caudal de cada uno. Seguro estoy de que sigilosamente y al oído, para no delatar á nadie, sin suficientes pruebas, no nos declara, ni el más zahorí en estos asuntos, dónde están veinte millones siquiera, el tercio de los sesenta que de Cuba han de haber venido á la Península. Los doscientos millones, pues, ó no se le quitaron al Tesoro ó casi todos ellos se quedaron en Cuba.
Pretende el Sr. Merchán, apoyado en las delaciones que aquí mismo hemos hecho, que todos estos empleados que van á Cuba á defraudar la Hacienda pública, tienen, entre los más altos personajes políticos, sendos padrinos á quienes pagan tributo. Poco aprovecha á dichos padrinos riqueza tan mal adquirida. Por eso me inclino yo á creer que los más criminales han de haber recibido muy poco; y que los medianamente criminales han de haber recibido algunos cajoncillos de cigarros puros, pinas en conserva y pasta de guayaba, con ó sin tropezones. Lo cierto es que yo he conocido y conozco gran multitud de nuestros personajes políticos. Los que son ricos sabemos perfectamente de dónde procede su riqueza. Y los pobres, que forman la mayoría, contándose entre ellos no pocos que han sido ministros de Ultramar, me atrevo á sostener que no han tomado un céntimo de peseta al hacerse el reparto de los doscientos millones de pesos fuertes. A algunos, cuyos nombres pudiera citar y á quienes traté y visité hasta que murieron, fue menester venderles los libros y las ropas para poder enterrarlos.
En suma; por donde quiera que yo lo miro, no noto en España esa horrible corrupción que el Sr. Merchán nos achaca, y que en todo caso no sería igual, ni con mucho, á la que de otras grandes naciones, como Francia é Italia, nos dejan presumir escándalos recientes, y como la que de los propios Estados Unidos por mil indicios también se presume.