Sr. Director de El Liberal.

Mi distinguido amigo: En cuestión de alianzas tal vez sería lo mejor, después de afirmar que convienen, abstenerse de decir con quién y cómo. Los usos diplomáticos prescriben no hablar de tales conciertos hasta después de ya celebrados. Pero, á pesar de todo, me parece que no hay imprudencia ni falta de sigilo en que alguien, como yo, que está alejadísimo del poder público y de todo centro oficial, y que no compromete á nadie ni se compromete, diga sobre el asunto lo que se le antoje. Lo que yo pienso decir, además, no puede ofender á ninguna nación. Y no porque yo me valga de rodeos y perífrasis, sino porque quizás á causa de mi optimismo y de mi indulgencia afectuosa, apenas condeno á nadie y hallo disculpa para todo.

Triste cosa es que, al llegar casi á su término el siglo xix, llamado de las luces, la humanidad haya adelantado tan poco, moral y políticamente, que, en el mismo centro de su más alta civilización, todos los hombres capaces de empuñar las armas anden cargados con ellas, haciendo el ejercicio, reuniendo con grandes gastos los más eficaces medios de destrucción, aprendiendo á matar y perdiendo en maniobras, revistas y paradas el tiempo que pudieran emplear en divertirse ó en producir cosas útiles y agradables, y teniéndose de continuo unos á otros en jaque y alerta; pero esto no tiene remedio y no hay para qué censurarlo.

Muy costosa es la paz armada, pero más costosa y terrible sería una nueva guerra europea. Dios quiera, pues, que no la haya, y que, pasando años, se harten las grandes potencias de consumir dinero y de convertir á todos sus ciudadanos en soldados, y se decidan á deponer las armas.

Por ahora, y sabe Dios hasta cuándo, la amenaza de guerra es constante, y en vez de ser segura la paz en la tierra á los hombres de buena voluntad, estamos amenazados siempre de una estupenda y colosal conflagración belicosa, en que luchen por un lado Alemania, Austria é Italia, y por otro Francia, tal vez auxiliada por Rusia.

Si por desgracia llegara este caso ¿qué le convendría hacer á España? Los alemanes no nos han hecho ni bien ni mal; de los italianos no tenemos agravios que vengar y los queremos bien, salvo algunas damas elegantes y devotas y cierto número de católicos muy fervorosos, que desean que se lleve el diablo aquella monarquía para que recobre el Padre Santo su poder temporal, y con Austria estuvimos unidos por lazos dinásticos en la mejor época de nuestra historia, hemos vuelto á estarlo en el día, y aun yo creo posible y conveniente que se aumenten estos lazos. Nada tendríamos que ganar con hacer la guerra á la Triple Alianza; pero como también sería duro pelear contra nuestros simpáticos vecinos los franceses, amables difundidores por el mundo de las letras amenas y de las artes elegantes y deleitosas, lo mejor y lo más cómodo sería permanecer neutrales, á pesar de lo que he citado de Machiavelli. Este gran político hablaba en muy distintas circunstancias, para muy otra edad del mundo, y siempre con la mira de libertar á Italia de los que él llamaba bárbaros, cuyo yugo le apestaba, sin que hubiese atrocidad, crimen ni peligrosa aventura á que para sacudir aquel hediondo yugo no excitase él á su Príncipe.

Nosotros tenemos también que sacudir algo á modo de yugo, que no me atrevo á condenar ni por de bárbaros ni por hediondo; pero que sí calificaré de pesado y de vergonzoso, y que nos convertirá en Nación-Job, si hemos de seguir sufriéndole. Ya se entiende que este yugo es el que en Cuba nos imponen los yankees, porque sin el favor, amparo y aliento que dan á los que se rebelan, y sin la mengua de autoridad que nos causan, y sin el descrédito que vierten sobre nosotros, pidiéndonos cuenta de todo, como si fueran nuestros jueces, y sin la facilidad con que convierten en ciudadanos de su gran República á nuestros más acérrimos enemigos, renegados de su casta, obligándonos á darles dinero en vez de fusilarlos ó de enviarlos á presidio, es casi seguro que en Cuba no habría insurrección y es seguro que no sería ni con mucho tan importante y duradera como es hoy. Lo milagroso es que en vista de las ventajas que ofrece á los insurrectos la descarada protección de los Estados Unidos, no acudan á Cuba á combatirnos todos los aventureros sin patria y toda la gente perdida que hay en el mundo.

No creo yo, sin embargo, que el mejor camino para libertarnos del yugo mencionado sería salir de la neutralidad en una posible guerra europea. La neutralidad nos conviene; pero, á fin de que sea respetada y no se encierre en egoísmo estéril, importaría concertarnos, para este fin solo, con alguna gran potencia que no estuviese comprometida ni en favor de Francia ni en favor de Alemania. Este nuevo grupo, de que pudiéramos formar parte, no sólo nos valdría para que nos respetasen durante la guerra, sino tal vez para contribuir á la conservación ó restauración de la paz, y no sólo nos valdría para que el vencedor no nos atase al carro de su triunfo, sino también para concurrir á moderar las exigencias del que hubiese obtenido la victoria, y á restablecer, en lo posible, el equilibrio de las fuerzas.

Otro es el camino que para remediar el mal estado de nuestras relaciones con la gran República nos hubiese convenido ó nos conviene seguir: haber buscado á tiempo aliados y amigos ó buscarlos en lo venidero, si ahora, sola y abandonada como está España, logra conjurar la tormenta ó salir de ella salva.

Lo que nos pasa con los Estados Unidos, á cuya independencia y formación contribuímos un poco, se parece á la más desventurada aventura de Simbad el Marino, que aupó sobre sus hombros al endiablado vejete para que cogiera los frutos en los hermosos árboles de su fértil isla, y el vejete endiablado no quería luego apearse, y seguía montado en Simbad, insultándole y procurando ahogarle para mostrar su agradecimiento.