A fin de quitarnos de encima tan insufrible carga, ¿no hubiera sido conveniente, ó no lo sería en lo futuro, ganar la voluntad de las primeras potencias coloniales de Europa, celebrar tratos y concertarse de algún modo con ellas? Cualquiera promesa, cualquiera sacrificio que hiciésemos, sería mucho menor que los sacrificios que estamos haciendo hoy y que tendremos que hacer en adelante.
A un concierto, á un Tratado de alianza, exclusivamente para asuntos coloniales ó de Ultramar, no creo yo que se negasen, si se negociaba bien, ni Francia, ni Inglaterra, ni Holanda. España ha sido la primera nación colonizadora del mundo; todavía, á pesar de su decadencia, es la tercera ó la cuarta, y no la desdeñarían como inútil peso, y de algo podría servir á sus más poderosos aliados, que también pueden hallarse en ocasiones de empeño y de peligro, y necesitar entonces ó al menos tener por provechoso el auxilio nuestro.
Si no lo recuerdo mal, de algo valió España á los franceses no hace mucho tiempo, cuando, para vengar á nuestros misioneros mártires, ayudamos gratis y con las armas á crear una Francia amarilla en el extremo Oriente. ¿Quién duda de que aún podríamos servir y valer á franceses, ingleses y holandeses, en otras semejantes empresas ó en casos y lances de mayor importancia, sobre todo si ellos nos ayudaban á quitarnos de encima el ingrato estorbo de que hemos hablado y que tan sin piedad y tan sin conciencia nos abruma?
Tendría esto además la ventaja de que los politicians extraviados y los senadores farwestinos y cincinatescos, al vernos en tan buena compañía, arrojasen de sus cerebros el feísimo y bellaco concepto que los sabios y catedráticos yankees les han hecho formar de España, considerándola, por su afición á las corridas de toros y al Santo Oficio, Nación Calígula-Torquemada, como la llama Clarence King, y, por haber destruido, según Draper, no sé cuántas civilizaciones, podrido esqueleto entre las naciones vivas y prueba terrible de la justicia de Dios, que no quiere dejar sin ejemplar castigo nuestras ferocidades y nuestros crímenes.
En fin, tal vez lograríamos así que no apareciese España á los ojos de los yankees como un tirano difunto, en el que se pueden cebar sin gran peligro, ó como un tirano cachazudo y sufrido, semejante á los tiranos de las tragedias de Alfieri, que están, durante los cinco actos, oyendo y aguantando las más desaforadas desvergüenzas, si bien acaban por perder los estribos y por hacer una barrabasada. Tal vez así se conseguiría también que no se le antojase en Washington á ningún senador remedar á Catón Censorino y, en vez de llevar higos en un pliegue de la toga y de exclamar delenda est Carthago, llevar en un faldón de la levita azúcar mascabada ó catite, y exclamar: delenda est Hispania.
Y aquí pongo término á esta prolija carta, prometiendo no escribir la tercera, pues basta con lo dicho.