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Sr. Director de Los Lunes de El Imparcial.
MUY señor mío y amigo: Me pide usted mi parecer sobre si conviene que haya un Teatro libre é independiente, y sobre varios puntos que con esta primera cuestión se relacionan.
Muchísimo tengo yo que decir, pero, como usted me excita á ser breve por el poco espacio de que se puede disponer en el periódico, sólo diré algo de lo mucho que se me ocurre, y procuraré decirlo en compendio.
A mi ver, en España el teatro tiene toda la libertad y toda la independencia que necesita. Yo aplaudo que las tenga, pero no comprendo ni pido más.
Los límites de la libertad mencionada son principalmente dos, que en manera alguna deseo yo que se traspasen. Uno de ellos es el que señalan la moral, la decencia y el decoro. Fija y traza el otro límite el gusto del público, contra el cual es inútil y peligrosa la lucha. El público paga y oye, aplaude ó silba, y en los espectáculos es juez inapelable, y árbitro soberano. En novelas, en poesía lírica, en libros de filosofía, de historia y de otros asuntos, puede un autor prescindir de la corrupción literaria de su tiempo, de la rudeza y del corto saber de sus contemporáneos y de sus tonterías y extravagancias, y componer su obra para un público eterno; para que la posteridad la aplauda, haciéndole justicia: para que gente más instruída y estéticamente mejor educada le comprenda y le admire, allá en los siglos que están por venir, ó bien para que en el día un cortísimo número de personas discretas, refinadas y doctas, se deleiten leyéndole y saboreando todos los primores de fondo y de forma que hay en su producción literaria, convirtiéndola para el vulgo profano en el libro de los siete sellos.
El autor dramático, y en esto se parece al orador, no puede, ni debe ser así. Es menester que su espíritu esté en intima y constante comunicación con el espíritu de un público numeroso: que él y dicho público se comprendan y se compenetren. Sólo de esta suerte puede haber autores dramáticos. Los que de otra suerte escriban, podrán ser todo lo que quieran menos tales autores.
Infiérese de lo expuesto que la libertad del teatro tiene por limite la voluntad y el entendimiento del vulgo. Ya más allá no sería libertad sino delirio. Yo no me explico que se funde un Teatro libre para ir más allá. Si el público tiene un gusto exquisito y un entendimiento cultivado y un juicio seguro, no hay teatro en Madrid, ni en toda España, que no sea libre é independiente y que no tenga completa seguridad de ganar honra y provecho, dando las más atrevidas representaciones, y, siendo éstas buenas, más aplausos y más dinero ganará mientras más originales sean, y más inauditas y más fuera de los caminos trillados.
Justo es advertir que el prurito de originalidad, el engreimiento necio del que cree pensar y decir cosas profundas, y la manía de reformarlo todo y de resolver en cuatro coplas los más obscuros problemas sociales, religiosos ó políticos pueden seducir á los autores dramáticos que tal vez no han estudiado ni meditado nada que los habilite para la resolución de semejantes problemas, y pueden llevarlos á componer un tejido de vulgaridades y zanguangadas, á crear caracteres falsos y á imaginar una acción absurda y sin interés, que sea como el hilo donde ensarten sus insulsos é inaguantables sermones. Después, si el público se aburre de oírlos y no los aguanta, el autor dirá tal vez que el público es atrasado é indocto. Y si el público los aguanta y los aplaude, por aquello de que
Un sot trouve toujours un plus sot qui l'admire,