El sabio echa después sus cuentas, se mete en muy ingeniosas honduras, y averigua, determina y declara la época en que la humanidad empezará á nacer. Será, sobre poco más ó menos, dentro de catorce mil y seiscientos años. Me parece que en período tan amplio bien puedo yo estirar y extender con holgura mis esperanzas hasta su completísimo logro en la anarquía de que he hablado. Suponiendo ahora que con el andar de los siglos subimos á tan gloriosa cumbre y alcanzamos tamaña ventura, todavia no me explico que, suprimidos los gobiernos según son y se conciben hoy, no haya y persistan órganos directores de esa humanidad colectiva que nace y de cada una de las diferentes naciones, que han de permanecer separadas y distintas, á fin de que la monotonía y la uniformidad no aburran á los hombres y no los impulse á ahorcarse.
Imaginémonos llegados á la perfección en cuanto cabe en lo humano. No necesitaremos gobierno que ampare y reprima porque la paz y la seguridad serán completas, ni que nos haga ferrocarriles, carreteras y otros medios de comunicación más ingeniosos que en lo venidero se inventen, porque nosotros lo haremos, ni que procure nuestro bienestar material, porque le procuraremos nosotros, ni que nos enseñe en sus escuelas públicas, porque cada uno de nosotros enseñará y aprenderá lo que se le antoje.
Y sin embargo, hasta dentro de esta soñada perfección, sería ineludible el órgano de que hemos hablado: un gobierno por otro estilo, pero al fin un gobierno. Compongámosle, pues, de un Gran Metafísico, como en la Ciudad del Sol de Campanella, el cual convendría que fuese un rey hereditario, separado secularmente del vulgo, para que tuviese majestad y careciese de una larga parentela ordinaria ó cursi, y asesorado este rey ó gran metafísico de un consejo ó asamblea de varones doctos elegidos por el pueblo.
El ministerio ú oficio de este supremo directorio había de ser ordenar las manifestaciones del espíritu colectivo, sin el cual la nación se desmenuzaría y no sería nación, sino conjunto material, inarmónico y deforme de individuos que en lo tocante á la comunión de los espíritus quedarían aislados, y no con vida sino con muerte colectiva.
Infiérese de todo que, hasta en un ideal inasequible ó sólo asequible dentro de ciento cuarenta y seis siglos, y ya por dicha desgobernados los hombres en cuanto importa á su interés material, no podrían menos de tener un directorio que diese unidad y que ordenase las apariciones, epifanías ó muestras constantes del Genio de la nación, que no muere ni puede morir sin que la nación muera. Por consiguiente, el órgano, vicario ó delegado de este Genio, exento ya de cuidados materiales, sin armas para defenderse y ofender, sólo se emplearía en las cosas del espíritu y éstas serían de dos clases esencialísimas.
Claro está que yo, que soy tan fervoroso amante de la libertad y tan firme creyente en ella, no puedo suponer que entonces no la tuviese completa cada individuo para pensar y decir de Dios lo que mejor le pareciese y para adorarle y darle culto á su manera. Pero la religión es de dos modos. Por uno de ellos, más profundo y más íntimo, pero menos solemne, cada alma humana se pone en relación con su Hacedor y le busca, y tal vez le halla y hasta consigue unirse con él por inefable misterio. Por el otro modo, más solemne y excelso, y en mi sentir ineludible, porque sin él lo más grandioso y bello de la existencia desaparecería, la muchedumbre de los seres humanos concordes todos, y por bajo de ella cada nación separadamente, deben adorar á Dios y tener su culto, sus sacerdotes, sus templos y sus ceremonias y pompas religiosas.
Aun supuesta la religión católica ó cosmopolita, será, valiéndonos del símil de un gran poeta, como la luz, que suscita diferentes colores en los diferentes objetos en que se posa. De aquí que la religión, aun siendo universal y única en su esencia, ha de tener en cada pueblo aspecto distinto en los accidentes y en la forma.
Importa, pues, aunque lleguemos á la perfecta anarquía de mi sueño, que haya una religión del Estado en que aparezcan y den razón de sí la idea y el sentimiento colectivos del Genio nacional, y que haya una dirección para esto, dirección nacional que deberá ponerse y conservarse en perfecta concordancia con el centro directivo y superior religioso, en lo que tiene la religión de universal ó de católica.
Y vea Vd. por donde, hasta realizada ya mi deliciosa anarquía, dejo yo en pie ó reconstituyo sobre más hondas bases y firmes cimientos uno á modo de ministerio de cultos, con Concordatos y todo, y hasta con un seminario ó Universidad católica central, donde se enseñe fundamentalmente la teología del Genio nacional, las creencias religiosas, metafísicas y morales del espíritu colectivo.
La otra epifanía ó manifestación constante y gloriosa del Genio de la nación es el arte. Y del arte, el teatro es lo más sintético y acabado. En él concurren y presiden Apolo y todo el coro de las Musas. La Poesía se alza en el centro como reina, y en torno de ella, acatándola, sirviéndola y cuidando de su ornato y alto decoro, han de estar la Música, la Danza, la Pintura, la Arquitectura y la Indumentaria.