Si es menester que la nación, como nación, rinda culto á la verdad, que en su más alto punto es la religiosa, también es menester que rinda culto, colectivo y unánime, á la belleza, la cual, allá en lo sumo, es atributo divino. Así, pues, aun en mi anarquía, es ineludible otro ministerio al lado del de cultos: el ministerio del teatro y de las otras pompas, espectáculos, procesiones y ceremonias nacionales profanas.

Ahora bien; cuando sin gobierno material, sino ya sólo con una sombra de gobierno ó con gobierno-espíritu, requiere la misma esencia de nuestro ser colectivo humano que haya un teatro que el Estado sostenga, no veo yo contradicción, á pesar de todo mi individualismo, en que, en esta época atrasadísima en que vivimos, haya también un teatro que el Estado sostenga y que sea el teatro normal ó modelo. Es cierto que pudiera fundarle y sostenerle un príncipe rico ó una asociación de capitalistas, pero mejor y más digno es que lo sostenga el Estado.

Ya veremos por qué y cómo.

Perdóneme Vd. que sea tan difuso.

III

Muy señor mío y distinguido amigo: Ya anuncié á Vd. que tenia yo muchísimo que decir sobre la cuestión del llamado Teatro libre. No extrañe, pues, que le dirija esta tercera carta, procurando que sea la última, si bien acaso no lo consiga. No una serie de breves artículos, sino una obra en dos ó tres gruesos tomos pudiera escribirse sobre la cuestión mencionada.

Cada cual tiene su modo de discurrir, y yo también tengo el mío. Suele éste consistir en presentar, de antemano, extremándolos, los argumentos más poderosos que contra mi tesis pueden dirigirse, y en decir luego, si licet in parvis magnis exemplibus uti, lo que dicen que dijo Galileo: e pur sí muove.

De aquí, sin duda, que el ingenioso y agudo Clarín, lisonjeándome mucho con sus generosas alabanzas, haya impugnado, no mi tesis, sino los argumentos que previamente presenté yo en contra de ella, á fin de saltar luego por cima y desbaratarla. Fueron á modo de obstáculos que yo mismo puse para hacer más lucida la carrera y que tuviese saltos y todo. Clarín ha removido ó allanado los obstáculos. Dios se lo pague. Así mi carrera será por lo llano: si menos lucida, más fácil.

El teatro, repito, es hoy, libre en España, y no puede ni debe serlo más. Lo que importa, por consiguiente, es establecer un teatro normal ó modelo. Clarín mismo se ha encargado de refutar no pocos de los argumentos que se ofrecen en contra. Estoy de acuerdo con él: mejor es someterse al fallo de una junta directiva compuesta de los más entendidos y reputados literatos, que no al capricho de un empresario, tal vez ignorante, y tal vez sujeto al influjo de envidiosos y aduladores que, hasta por no dar la cara, pueden dar, sin temor ni escrúpulo, muy malos consejos.

Con el beneplácito y auxilio de Clarín, establezco el teatro normal ó modelo, y le establezco en principio, para lo cual nuestra voluntad basta y sobra, sin que tengamos necesidad de dinero, ó de lo que en cierto lenguaje picaresco se llama caballo blanco.