Lo que llaman en Francia alta comedia no es posible entre nosotros. En cambio las obras dramáticas de Sardou y de Dumas hijo, que tratan de pintar el mundo elegante de París, enamoran, pasman y hechizan á no pocas de nuestras damas. No advierten que aquellos discreteos y tiquis miquis suelen estar confeccionados con una más honda y radical cursería. Con relación á la nuestra es como el aguardiente con relación al vino. Francillon y Le monde où l'on s'ennuie, por ejemplo, son de una cursería pasada por alambique; obras de insufrible afectación, y como entre la moral y la estética hay lazos muy estrechos, obras también de moralidad extravagante y corrompida, por lo mismo que tratan de ser docentes y de corregir las costumbres.
No poco podría yo decir sobre todo esto, pero no tengo espacio. Saltemos, pues, y volvamos á la Junta directiva. Yo aspiro á la perfecta conciliación de nuestra sociedad elegante y de nuestra literatura castiza. Conviene para ello que sea elegante el teatro cuando represente elegancias, y que no se extralimite, ni propagando doctrinas antisociales, ni con sátiras personales y rudas, ni con demasiadas verduras y escabrosidades. Así, pues, y repito que yo estoy fantaseando una utopía, si de mi dependiera, yo elegiría á una dama discreta é ilustrada para presidenta del teatro normal ó modelo. Estoy seguro de que ella velaría para que lo poco decente, lo indecoroso, lo falsamente sentimental y lo inelegante y afectado se desterrasen del teatro modelo, único que no sería libre, pues yo dejaría á los otros en la completa libertad de que gozan ahora, si bien con la esperanza de que por influjo del teatro modelo habían de corregirse y mejorarse.
No se infiera de lo expuesto que yo propenda á que nuestro teatro modelo sea, según dicen los franceses, con frase hecha, honnête mais embêtant. Nada menos que eso; yo gusto del regocijo y del desenfado, con tal de que no traspasen los límites del decoro.
Por esto, por otras razones expuestas ya y por otras muchas que sería prolijo exponer aquí, vendría como de molde una dama discreta para presidenta de la Junta.
De cada cinco funciones había de haber una cuyo producto líquido se consagrase á establecimientos de beneficencia. Buena falta hacen en España. Dos años y medio he pasado últimamente en Viena, y ni en calles, ni en paseos, ni en parte alguna, me ha pedido nadie limosna.
Claro está que el teatro ideal que voy formando es todo lo contrario del teatro libre, y mucho menos es teatro protesta. Yo no niego la razón á Clarín; protestando contra el mal gusto, se consigue á veces que triunfe el bueno. Moratín le hizo triunfar protestando contra Comella; pero no es esto lo que ordinariamente sucede, y todo protestantismo es muy peligroso. El Estado no puede menos de ser conservador. Así como si tiene una religión es porque la cree verdadera, así debe tener también fe en su buen gusto, pero sin alentar á los que buscan en literatura peligrosas novedades. Queden para eso los teatros libres, si se atreven á tanto y les da por convertirse en teatro protesta.
Lo que se llama genio es prenda muy rara, y el afán de hacer creer que le tienen deslumbra y extravía á no pocos incautos y presuntuosos, y los induce á producir disparatadas monstruosidades. Absurdo sería que creásemos el teatro modelo para apadrinarlas. Si cabe comparar lo sagrado con lo profano, sería esto tan ridiculo como si el Estado erigiese un magnifico templo y ensayase en él la religión de Brahma, de Buda, de Zoroastro ó de cualquier profeta flamante, á ver si el pueblo la prefería al catolicismo y se convertía.
Si en la religión hay herejes, en las artes también los hay. Queden en libertad: no los persigamos, pero no los protejamos tampoco.
Recuerdo haber visto en Bruselas una Exposición de pintura y escultura hecha por artistas libres, que protestaban furiosos, en nombre del progreso y del arte del porvenir, contra el arte oficial, ordinario y trillado. Aseguro que no soñaba yo con ver ni he visto jamás delirios más estupendos, pintados y esculpidos, ni más abominables creaciones. Y cuenta que, en medio de su extravío, no podía negarse original y distinguido talento á no pocos de aquellos artistas libres.
Prescindo de la ilación y procedo á brincos y con aparente incoherencia para que esta carta sea la última, y no escribir una docena.