La Junta directiva había de renovarse cada dos años.
Los vocales tendrían sueldo ó dietas. No comprendo que nadie trabaje de balde, humillando ó haciendo competencia invencible al que necesita vivir de su trabajo. Al que no lo necesitase nadie le impediría gastar su sueldo en obras de misericordia ó regalar al teatro mismo, para adorno de sus galerías y salones de descanso, bustos y pinturas que representasen á nuestros mejores dramaturgos, actores y actrices.
Las funciones del teatro modelo habrían de dividirse por igual en tres clases: una sería de composiciones dramáticas de antiguos autores cuyas obras fuesen ya del dominio público; otra sería de composiciones de autores, vivos ó muertos, de cuyas obras conservasen la propiedad ellos, sus herederos ó sus editores; y otra, por último, de composiciones inéditas. Tendríamos, pues, que sólo el tercio de las representaciones de nuestro teatro sería para los estrenos. Así la Junta directiva podría mostrarse severa y aceptar sólo obras excelentes ó que ella juzgase tales. En los teatros libres se daría la protesta ó la apelación al juicio público, aceptando las obras desechadas, obras, por otra parte, que, al no ser aceptadas por nuestro teatro, no recibirían agravio, ya que nuestro teatro no podría ser bastante para muchos estrenos.
En nuestro teatro no habría de hacerse jamás la en mi sentir absurda distinción del género chico y del género no chico. Lo bueno no es chico nunca. Hay no pocos sainetes que valen más que multitud de dramas y de tragedias en cinco actos. Nada es más difícil, más envidiable y más precioso que hacer reir con burlas y chistes urbanos sin desvergüenza y sin chocarrería.
Por esto quisiera yo que volviésemos á la antigua usanza, y que, á no ser un drama extremadamente largo, concluyese toda función con su correspondiente divertido sainete.
En la indumentaria convendría tener el mayor esmero. No sólo los trajes, las armas, el peinado y demás adornos de las personas, sino también los edificios y los muebles habrían de ajustarse siempre con la posible exactitud á la época y al país en que se desenvolviese la acción dramática. Únicamente podrían quedar exceptuados de esta regla algunos dramas antiguos en que hay algo de fantástico y de ideal en el lugar y en el tiempo. Pase v. gr. que en El desdén con el desden no salgan los actores vestidos con trajes de la Edad Media, de cuando había soberanos independientes en Provenza y en Cataluña, sino que salgan vestidos anacrónicamente con trajes del siglo xvi ó del siglo xvii.
Mi indulgencia, no obstante, no llega hasta el extremo de aprobar lo que he visto en Alemania, donde el lacayo, gracioso y agudo, que aconseja el desdén para vencer el desdén de doña Diana, sale vestido como Fígaro en El Barbero de Sevilla, como un majo de Goya. Esto me parece tan extravagante como lo que he oído decir que acontecía hace un siglo entre nosotros, cuando, al ponerse en escena El maestro de Alejandro, salía Aristóteles vestido de abate, con casaca, chupa, espadín, zapato de hebilla y capita veneciana.
No pocos de nuestros antiguos dramas son tan anacrónicos que apenas sería posible ponerlos en escena con trajes de la época en que pasa la acción. Si no recuerdo mal, en La venganza de Tamar, de Tirso, hay damas tapadas, lacayos, mercaderes, genoveses, calle Mayor y todo lo que había en Madrid en tiempo de Felipe III ó de Felipe IV. ¿Cómo, pues, poner en escena La venganza de Tamar con los trajes que se usaban en vida del Rey Profeta? En cambio, yo juzgo conveniente representar El mágico prodigioso con los trajes, edificios y muebles bizantino-orientales que se usaban en Antioquía en los primeros siglos de la era cristiana, y no, como he visto representar en Madrid este drama, con trajes del siglo xvi ó del siglo xvii.
Aun en la representación de los sainetes y entremeses pondría yo no menor cuidado en la indumentaria. Un entremés de Cervantes se representaría con trajes del tiempo de Cervantes, y un sainete de D. Ramón de la Cruz con los trajes que los majos y las manolas gastaban cuando vivía y los retrataba tan á lo vivo aquel escritor ingenioso.
Otro uso antiguo, desde hace años casi perdido, resucitaría yo en nuestro teatro: el indispensable intermedio de baile nacional entre el drama y el sainete.