El arte de la danza es importantísimo y serio. Los antiguos le estimaban como lazo de unión y como centro de todas las artes del espíritu, que llamaban música en su más lato sentido, y de todos los ejercicios corporales, que llamaban gimnástica. La danza además era ensalzada por su complexidad; porque en ella se combinan el sonido y la forma, el dibujo y la melodía, lo plástico y lo aéreo. El rey David no creía perder su dignidad por ir bailando delante del Arca. Los coribantes descendían bailando de la cumbre del Ida, las ménades con sus tirsos bailaban en el Citerón, y los profetas de Israel, en impetuoso coro, descendían bailando del Carmelo. No bailaban menos devota y desaforadamente los salios de Roma. Danzas sagradas ó hieráticas ha habido en todas las épocas y civilizaciones. Todavía, al son de las castañuelas, bailan los seises en la catedral de Sevilla.

No pretendo yo que canonicemos y santifiquemos la danza, pero es un dolor que nuestra danza nacional vaya perdiendo cada día más su carácter propio y castizo ó bien que se avillane, se corrompa y se haga más grotesca, chula y gitana. Ya se bastardea con lo que toma y remeda de las danzas francesas é italianas, ya se corrompe y se impurifica con esto que no sé por qué llaman flamenco. Yo recuerdo todavía con retrospectiva admiración á cierto bailador llamado Ruiz, y á su gallarda, bella, modosa y noble hija Conchita. ¡Qué majestad, qué decoro, qué distinción y qué gracia cuando ambos bailaban juntos el bolero! No es dable danza más aristocrática. Parecían príncipes ó grandes señores. Y aquello era al mismo tiempo español puro y neto. ¿Por qué pues, no hemos de regenerar nuestra danza, hoy pervertida?

Interminable sería el seguir exponiendo aquí todo lo bueno que podría realizar nuestro teatro. Fúndese, si alguna vez hay dinero, paz y humor para fundarle, y ya entonces daré yo los consejos que dejo en el tintero ahora por no pecar de prolijo.

Sólo diré para concluir que en el teatro, durante la representación, deben amortiguarse las luces y quedar el público en misteriosa penumbra, á fin de que la luz y la atención se fijen en la escena: que una vez el telón descorrido, deben cesar las conversaciones y deben abstenerse las damas y los caballeritos de flirteos ó coqueteos: y que terminada la representación, debe haber mucha luz para que las mujeres muestren su hermosura y sus galas. Por último, los entreactos, sin ser tan largos como ahora suelen ser, no deben ser tan cortos como en Alemania, donde no hay tiempo para ver y hablar á las damas bien vestidas y guapas, ni para discurrir sobre el drama que se está viendo, de todo lo cual resulta, á pesar del primor y lujo del espectáculo, algo de apresurado, y de poco ameno que contradice el título de diversiones públicas con que calificamos las del teatro.

Y aquí pongo punto final, deseoso de no haber acabado también con la paciencia de los lectores.

FINES DEL ARTE
FUERA DEL ARTE

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SIEMPRE fuí yo partidario del arte puro; de que no haya en él otro fin ni propósito que la creación de la belleza; dar pasatiempo, solaz y alegría al espíritu y elevarle á esferas superiores por la contemplación de lo ideal y de lo que se acerca á lo perfecto, cuando logra revestirse de forma material ó bien expresarse por medio de signos, como son los tonos y la palabra hablada ó escrita.

De aquí que yo, en obras de amena literatura, y especialmente en dramas y novelas, guste poquísimo de la tesis, y menos aún de lo que llaman Zola y sus parciales documentos humanos. A mi ver, tales documentos deben coleccionarse en Tratados de estadística y en Memorias de hospitales, presidios, cárceles y manicomios. Y lo que es las tesis, cualquiera que tenga el antojo de demostrar alguna ó de inculcar y difundir doctrinas morales, sociales, políticas ó religiosas, lo mejor es que desista para ello de ser novelista ó dramaturgo, y componga Tratados científicos, disertaciones, homilías ó peroratas.