No he de negar yo por esto que, en todas las edades del mundo y en todas las naciones cultas, la mayoría de los autores de obras de entretenimiento se han propuesto al escribirlas no sólo entretener, sino también enseñar. La novela y el drama han sido para ellos docentes. Así en la teoría como en la práctica han calificado de lecciones morales todo cuanto han escrito, y al escribir han puesto la mira y se han dirigido á un punto completamente fuera del arte.

Este hecho, sin embargo, sólo probará una cosa: que el afán de enseñar fué lo que movió al autor á escribir; mas no que lo escrito valga por lo que enseña, importe por la verdad que contiene, sino por la gracia, el chiste y la hermosura que crea y luce.

El más claro y luminoso ejemplo de lo que digo nos le ofrece Cervantes en el Quijote. Fué su propósito censurar los libros de caballería y hacerlos aborrecibles. Y, á la verdad, si se hubiera limitado á dar en el blanco, si sólo hubiese sido certero y si su ingenio no hubiera volado muy por cima del objeto á que por reflexión quería dirigirse, Cervantes sólo hubiera escrito un libro que ya no leería casi nadie y no el libro inmortal que leerán y releerán siempre todas las personas de buen gusto, ya en lengua castellana, si la saben, ya en cualquiera otra lengua en que se traduzca medianamente.

Persisto, pues, en creer y en afirmar que el propósito de la novela y del drama, y lo más substancial que debe haber en ellos, no es la enseñanza, no es la demostración reflexiva.

El poeta, no obstante (y llamo poeta á quien escribe novelas y dramas, aunque los escriba en prosa), pone ó debe poner en cuanto escribe toda su alma. Y como esta alma no ha de ser vulgar, adocenada ó vacia, sino que ha de estar rica de ideas, de doctrinas y de sentimientos elevados, y han de encerrarse en ella los obscuros enigmas que piden explicación y los temerosos y hondos problemas que se presentan á la humanidad para que los resuelva; todo esto, que está contenido en el alma del autor ó del poeta, aparecerá también y se reflejará en su obra, donde él pone toda su alma.

De las consideraciones que acabo de exponer y que á menudo se ofrecen á mi mente, nace, y yo lo confieso con sinceridad, una contradicción evidentísima: la negación y la afirmación de lo mismo: lo que ahora llaman una antinomia.

Afirmo, primero, que el arte ha de ser sólo por el arte, y afirmo en seguida que el arte, sobre todo cuando es la palabra el medio que emplea para producir la hermosura, contiene en sí y pone, en toda obra suya de algún valer, cuantos problemas y enigmas estimulan la actividad del entendimiento humano, moviéndole á negar ó afirmar y á pronunciarse en uno ó en otro sentido.

Me consuela de mi contradicción y me mueve á creer que no debo ser censurado por escéptico, sino aplaudido por sincero, el notar que la contradicción mencionada no está sólo en mi, sino también en todos los espíritus.

El arte debe ser por el arte. El poeta no debe proponerse la demostración de ninguna tesis: no debe enseñar, sino deleitar. Y, sin embargo, no hay novela ni drama de algún valer donde el poeta no quiera resolver problemas sociales, morales, políticos ó religiosos. Y no hay novela ni drama de algún valer, por lo mismo que es más numeroso y apasionado el público que los oye ó los lee, que no sea vehículo mil veces más eficaz que cualquiera otro libro para propagar doctrinas y para divulgar y difundir novedades, que ya extravían á la gente, ya vuelven á traerla al buen camino.

El poeta se propone á veces demostrar algo: á veces sólo se propone divertir ó entusiasmar: pero, acaso cuando menos conciencia tiene y menos propósito lleva de ser docente, es cuando enseña más, ya que, poniendo el alma en su obra, pone también los enigmas y los problemas que en ella hay y los descifra ó los resuelve á su modo.