A fin de explicar este influjo de las obras literarias, ejercido en ocasiones sin propósito y hasta contra la voluntad del autor, se ha inventado una palabra, para mi gusto nada bonita, pero muy gráfica. La novela y el drama que en alto grado son así, se llaman tendenciosos.
¿Cómo negar, por ejemplo, que son tendenciosas las novelas de Pereda, que lo son también las de Pérez Galdós, que es tendencioso el Juan José de Dicenta, y que Los domadores de Selles son tendenciosos?
Lo que yo no quiero desentrañar aquí es la tendencia de cada una de estas obras, y mucho menos cuál tendencia es buena y cuál es mala.
La intención puede ser distinta y hasta opuesta á la tendencia. Dramas ó novelas hay (y no malos, sino buenos y escritos por autores de grandísimo talento), que pueden producir y que producen en el público un efecto enteramente contrario al que el autor se propone. El público suele ser caprichoso y suele interpretar las obras literarias, en lo tocante á la tendencia, de una manera imprevista para el autor y aun para los críticos más agudos. Una misma persona, según la edad que tiene y la instrucción que posee, al leer un cuento ó al ver un drama, puede y suele juzgarlo de muy distinta manera. Valgan en prueba de esto los Viajes de Guliver de Jonatán Swift. Los leemos cuando niños y nos divierten como cuento amenísimo, lleno de pasmosas aventuras. Y si los volvemos á leer en la edad madura, notamos en ellos amarga sátira, negra melancolía y desconsolador pesimismo. ¿Qué es lo que fundamentalmente había en el alma y en la intención de Swift? No quiero entrar en tales honduras. Voy sencillamente á dar cuenta aquí de dos dramas, representados ahora con grande aplauso en los teatros de Alemania y fruto del ingenio de dos famosos autores: Gerardo Hauptmann y Adolfo Wilbrandt. No trataré de desentrañar la intención de ninguno de los dos, ni los haré responsables de nada. Compararé sus obras con flores hermosas de las que alguien, acaso, extraiga saludable bálsamo y de las que alguien también acaso extraiga mortífera y dolorosa ponzoña. Lo que no se puede negar, es que ambos dramas están inspirados por ideas y doctrinas muy en moda ahora. No acierto á decidir si el público candoroso, los jóvenes sin malicia y las señoritas inocentes, que asisten á la representación de estos dramas, se dejan ó no influir por las doctrinas perversas que los han inspirado, ó si sólo ven en ellos un brillante juego de la fantasía ó bien una leyenda en acción, llena de piedad y de creencias consoladoras.
A mi ver, el fenómeno es tan curioso, que merece detención y estudio. Hannele es el título del drama de Hauptmann. Cabe interpretarle como una leyenda llena de fe religiosa ó como la expresión del pesimismo más ateo y desesperado. Parte del público entiende lo primero, pero otra parte se inclina á ver en el drama lo segundo. Hannele es una niña enfermiza y nerviosa que apenas tiene quince años. Huérfana de madre, vive en poder de su padrastro, menestral rudo y feroz, borracho casi siempre, que maltrata de palabra y obra á la niña, le da mal de comer y la obliga á trabajar de continuo. Hannele llega al extremo de la desesperación, y en horroroso delirio se arroja á un estanque, buscando la muerte. El maestro de escuela, inteligente, bondadoso, joven y guapo, y que siente por la muchacha muy tierna simpatía, la saca del agua y la lleva casi exánime, tiritando con el frío de la calentura, á cierta casa de vecindad de gente pobre, donde ponen á la ñiña en un mezquino camistrajo y vienen el médico á visitarla y una Hermana de la Caridad á cuidar de ella. Toda la acción del drama es la agonía de la niña moribunda. Las visiones de su cerebro salen fuera de él, toman forma y cuerpo y se presentan al público en la escena, merced á la poderosa imaginación del dramaturgo y á la habilidad del tramoyista, de los pintores y de los sastres.
El tirano padrastro aparece aún, en aquel sueño, para atormentar á Hannele. A la Hermana de la Caridad le brotan alas y se convierte en ángel de la guarda. El ángel negro de la muerte sobreviene luego para poner término á la existencia de aquella desventurada. Entonces todas sus más poéticas aspiraciones, todos sus afectos más puros y hasta sus naturales apetitos, nunca satisfechos, de goces materiales, de bienestar y de reposo, y todas sus esperanzas, se cumplen y se logran de un modo ilusorio, en el delirio que precede á la muerte. La madre de Hannele viene á consolarla, como si fuera una santa; el maestro de escuela, que había inspirado á Hannele un delicadísimo amor de adolescente, se convierte en Jesucristo, como para darle la mano de esposo; matizados y luminosos coros de ángeles cantan melodiosamente muy lindas canciones, ofreciendo á Hannele toda clase de regalos y de cosas exquisitas, suculentos manjares y hasta confites. La misma vanidad de la criatura, que empieza á ser mujer, es profusamente lisonjeada. El Príncipe le envía sus emisarios y servidores, y la calzan con preciosos zapatitos, como á la Cenicienta, y la coronan de flores y la adornan con ricas vestiduras de desposada, y la atavían por tal arte que parece hermosa y gallarda. La colocan luego en un resplandeciente lecho de cristal, que ya parece féretro, ya tálamo. Y por último, se abre una senda ó escala, inundada de luz y cubierta de flores, y el maestro de escuela, convertido en Jesucristo, toma de la mano á Hannele y se la lleva al cielo, caminando en triunfo con ella, bajo arcos de verdura que forman dos hileras de ángeles, cruzando los ramos de palmera que sostienen en sus blancas manos.
Al cabo cesa la música, los resplandores se extinguen; la visión celestial se disipa. Vuelve á aparecer la inmunda casa de los pobres y el angosto lecho en que Hannele está postrada. Entra el médico en escena; mira á la muchacha y dice: ¡Está muerta! Así acaba el drama.
Yo me preguntaba cuando le ví y me pregunto hoy: ¿Es culpa del autor ó es culpa de la perversa interpretación que yo doy á su obra?
Sea lo que sea, la impresión que yo recibí fue muy triste. Yo entendí que el autor pinta la vida como abominable para la mayoría de los seres humanos, sin más esperanza de reposo que la muerte y sin más consuelo ni premio que la incoherente fantasmagoría, suscitada por la fiebre, y donde se barajan, en disparatada confusión, los cuentos y consejas vulgares, lo sobrenatural que sabemos por el catecismo, y los bienes y goces que forja la imaginación, cuando la vanidad, el instinto amoroso y hasta el hambre no satisfecha la estimulan.
A mi ver, en el drama del Sr. Hauptmann no quedan, con mayor realidad objetiva que el cuento de la Cenicienta, todas las esperanzas ultramundanas y todas las más altas verdades religiosas.