Cualquiera creería que la mencionada joven, virgen y mártir gloriosa de la fe de Cristo, se debería ir derecha al cielo; pero nada menos que eso. En el segundo acto (más de veinte años después) Zoe, llamándose Febe, aparece, como una de las heteras, cocottes ó suripantas más elegantes, seductoras y traviesas de Roma. Apeles, por quien no pasan días y que ha estado en Roma una buena temporada, se la trae de allí y la instala en su casa, á pesar de su virtuosísima y severa madre, que vive todavía. La casa de Apeles es un perpetuo holgorio; mucho festín, mucha francachela y mucho brindis. Todos sus amigos, enamorados de Febe, le echan piropos, y ella predica sobre placeres con éxito favorable y no con el mal con que predicó el cristianismo cuando era Zoe. Febe, no obstante, se aburre en aquella remota población y suspira por Roma. Sucede en esto que Apeles, que era muy orgulloso, se pelea con el gobernador, se queda pobre y se aflige al ver que su madre se va á morir de rabia por tener á Febe en casa. Corre, por último, la voz de que las autoridades consideran que la permanencia de Febe en la población causa escándalo y mal ejemplo y que se proponen expulsarla. Febe entonces dice para sí: pues me echaré yo antes de que me echen, y se larga con un señor Septimio, que es muy rico y que se la lleva á Roma.

Háganse ustedes cargo del furor de Apeles. Cae el telón.

Al empezar el tercer acto, han transcurrido unos cuarenta años. El alma de Zoe ó de Febe, alma comodín que se adapta á todos los palos como la espada y el basto en el tresillo, ha tenido ya tiempo de transmigrar y se halla infundida en el cuerpo de una grave matrona, severa y llena de virtudes, mujer legítima de Apeles. Pérsida es su nombre. Y Apeles y Pérsida tienen una hija casadera, llamada Trifena, la cual está enamorada y quiere casarse con un gallardo joven que sigue la religión pagana. Reina Constantino y el cristianismo está triunfante. Apeles es siempre gentil, pero Pérsida es fervorosa cristiana. Su hermano y los amigos de su hermano son sacerdotes celosísimos que entusiasman al pueblo y que llenan de remordimientos el alma de Pérsida, porque no logra convertir á su marido ni se decide á separarse de él. Todo este acto, que no estará, pero que parece compuesto en odio de la religión cristiana, no se puede negar que tiene interés vivísimo y admirable movimiento escénico.

La señora Estela Hohenfels, elegantísima, simpática y eminente actriz, que representa el papel de Zoe, de Febe y de Pérsida, en el Teatro Imperial de Viena, da al drama de Wilbrandt gran realce y poderoso atractivo.

Todo se complica de un modo tremendo. El presbítero, hermano de Pérsida, se ha apoderado de Trifena, no quiere que se case con un pagano y se empeña en que se consagre en los altares y en que viva entre las vírgenes del Señor. Trifena logra escapar y busca amparo entre los brazos de su padre. Amotinado el pueblo cristiano y guiado por el clero fanático, viene en busca de Trifena y quiere llevársela.

Pérsida tiene espantosa lucha en el fondo de su alma, donde combaten por un lado el amor á su marido y por otro los más ardientes sentimientos religiosos. Vencen éstos por último, y Apeles se ve abandonado de Pérsida como lo fué de Febe. Ayudado, no obstante, por su yerno futuro, por el padre de su yerno, y más que nada por su casi inmortalidad y por su valor indomable, se abre camino por entre la muchedumbre furiosa, y salva á su hija, abandonando la patria y buscando refugio entre los persas. Así termina el tercer acto.

Al empezar el cuarto, han pasado ya bastantes años. Juliano el apóstata está en el trono. Su mayor empeño es acabar con el cristianismo y restablecer el culto de los dioses. Antes quiere que reverdezcan con más vigor que nunca los laureles del imperio romano. Con poderoso ejército ha ido contra Ctesifon, ha pasado el Tigris y ha alcanzado una gran victoria sobre las huestes de Sapor, el Rey Sasanida.

Entre tanto, Apeles, que apenas envejece, vive en el desierto, en un oasis, cerca de Palmira. Pérsida, Trifena y el marido de Trifena, murieron tiempo há. Sólo acompañan á Apeles su consuegro y el nieto que de Trifena ambos han tenido. Este nieto es ya un joven gallardo y brioso, que se parece mucho á Zoe, á Febe y á su abuela Pérsida, y que está representado lindamente por la señora Estela Hohenfels, la cual se luce de veras en este drama, representando en cada acto un papel distinto.

Apeles empieza ya á caer en la cuenta, cavila sobre la metempsícosis de Pitágoras y de los indios, y sospecha que el alma de Zoe, de Febe y de Pérsida, era la misma y que ahora está encarnada en su nieto.

Si he decir la verdad, esto me repugna más que nada. Pase porque el alma trasmigre de cuerpo en cuerpo y cambie de condición, de creencias y de carácter, según el cuerpo en que está y según el medio ambiente. Pero que el alma cambie de sexo lo tengo por abominable. Dante y Petrarca bramarían de cólera si topasen, en cualquiera vida ulterior, con Beatriz y con Laura, convertidas en caballeritos, aunque fueran sus nietos.