Catulo, en su tiempo, en la vida real, hallaba á los hombres indignos del milagro; mas no por eso desterraba el milagro de la poesía: toda la narración que termina con los dos versos que cito, es una larga serie de milagros. En Hannele el Sr. Hauptmann, más cruel que Catulo, no se contenta con desterrar el milagro de la vida real, sino que le destierra también de la poesía, ó le trueca en pesadilla de agonizante.
Si gran parte del público candoroso no cae en la cuenta de tamaña crueldad, y si el poeta mismo no tuvo la intención de ser tan cruel, son puntos que importa poco dilucidar, teniendo como tenemos el convencimiento de que la crueldad está en la obra. Y la crueldad pone grima. En mi sentir, valdría más perder por completo toda esperanza que fundarla en las visiones que acompañan á la enfermedad y que preceden á la muerte.
Y aún es más extraño y más deplorable que, al negar en el día lo maravilloso que consuela y que eleva los corazones, no suele buscarse lo llano y lo sencillo, sino otro maravilloso, que quiere limitarse á ser natural, y que es desconsolador y mil veces más enmarañado que todas las teologías y que todas las mitologías. Negar la realidad objetiva de muchas cosas y convertirlas en productos de nuestro cerebro y de nuestros nervios sobreexcitados no deja de ser inexplicable maravilla. Es convertir nuestro cerebro en organillo que toca diversas sonatas, según el registro que se toca, y en linterna mágica, con movimiento y todo, como la que se ha inventado recientemente, con auxilio de la fotografía, que proyecta escenas, personajes y lances, con la diferencia de que los de la linterna fueron y ya no son, y los de nuestro cerebro acaso no fueron, ni son, ni serán nunca.
Recuerdo á este propósito á cierto singularísimo personaje que conocí en mi mocedad, estando yo en la capital del Brasil. Era un mago ó sabio ambulante. Peregrinaba con una hermosa profetisa de Nueva York, que era su mujer ó cosa parecida, y que, magnetizada por el mago, decía mil cosas estupendas que él le sugería. Aunque él era español, y tenía apellido y nombre bastante vulgares, había adoptado los misteriosos nombre y apellido de Hadado Calpe. Su ciencia ó su arte principal se titulaba la funi-fantasmagoría, sobre la cual había escrito un libro muy grueso. Se fundaba esta ciencia ó arte en que el hombre es el verdadero microcosmo. En su masa encefálica reside la mónada representativa donde están en cifra toda la Naturaleza y cuanto hay ó puede haber más allá: lo existente y lo posible. Había inventado este mago varias pociones que excitaban y movían la tal mónada á desenvolver y á sacar á relucir ya esto, ya aquello de cuanto en ella había envuelto. Poseía el mago un copioso botiquín de estas pociones, y eran las más prodigiosas el elixir diabólico, con el cual se iba al aquelarre y al infierno, se oía la misa negra y se conversaba con los demonios y con los precitos; el elixir místico-celestial, con el cual se veía el cielo cristiano con todos sus purísimos deleites; y el elixir heróico-afrodisíaco, por cuya virtud se lograba el favor de las huríes y se gozaban los placeres del paraíso de Mahoma. Ninguno de los elixires, con todo, hacía el menor efecto, si de antemano no era poderosamente sobreexcitada la médula espinal, valiéndose para ello de la funi-fantasmagórica, nombre que él daba á una horca primorosa é ingeniosísima, de la que se escapaba á tiempo sin morir y donde el ahorcado realizaba por estilo fantástico los ideales todos.
Hannele, en vez de ahorcarse, se remoja. Todo es equivalente, salvo que Hannele no toma antes ningún elixir; se remoja sin precaución y muere.
Pero no divaguemos y digamos algo del maestro de Palmira, que, en punto á extravagancia, echa á Hannele la zancadilla.
El drama de Adolfo Wilbrandt parece fundado en el budismo esotérico, que hoy priva y está en moda bajo el nombre de teosofía.
Palmira, después que el emperador Aureliano venció á la gran Zenobia, decayó de su prosperidad y grandeza; pero tuvo un hijo, llamado Apeles, que ansió y consiguió restaurarla en su antiguo florecimiento. Apeles fué á la vez gran guerrero y gran artista. A la cabeza de sus compatricios y ayudando á las Legiones de Roma, venció á los persas, que habían acudido á apoderarse de su ciudad natal. Luego la hermoseó con templos y palacios espléndidos y con casi inexpugnables fortalezas. Tal fue el maestro de Palmira.
Al volver victorioso de los persas y antes de entrar triunfante en la ciudad, tuvo en el desierto un raro coloquio con dos genios: el de la vida y el de la muerte: y logró la inmortalidad, ó al menos una prolongadísima duración de la existencia propia.
En la misma mágica gruta donde Apeles consigue este don, y en el momento en que le consigue, aparece una virgen cristiana, la cual, impulsada por una voz intima, va á Palmira á predicar el Evangelio. Sedienta de martirio, le predica con generosa imprudencia, insulta á los dioses gentiles, irrita á la plebe, y la plebe la mata en medio de las calles, á pesar de que Apeles la defiende. Sucede esto en tiempo de Diocleciano, cuando la persecución contra el cristianismo era más dura.