Yo diré, para concluir, que es divertido verle y leerle: que es más divertido aún admirar á la señora Estela Hohenfels en sus cinco papeles; pero que, en lo tocante á enseñanza, lo mejor es no sacar ninguna de este drama. Si creyésemos que se saca de él enseñanza, tendríamos que imitar á Platón y desterrar á los poetas de nuestra República. Por dicha, los poetas no valen por lo que dicen, sino por la elegancia, primor y entusiasmo con que lo dicen. Leopardi es ateo, y está desesperado de no tener Dios; Manzoni es un progresista católico; Carducci celebra á Satanás, aborrece á Cristo y cree que el mundo prospera porque el cristianismo acaba; Quintana es un volteriano que pone como hoja de peregil á Felipe II; el duque de Frías se deshace en elogios del rey prudente, y muchos de nuestros poetas mejores, aunque, como Espronceda, sean progresistas en prosa, se lamentan en verso de la funesta manía de pensar y entienden que Dios los castiga porque han querido averiguar muchas cosas que son inaveriguables. En suma; cada poeta se va por su camino y sustenta opinión diversa y contraria á la de los otros. Lo que importa es que la sustenten bien y con brío. Entonces los aplaudimos á todos y cada uno de los que aplauden se queda con la opinión que tenia, si no es un tonto y si no hace como los que se mataban después de leer el Werther de Goethe. Precisamente Goethe le escribió para no matarse y como desahogo.
LAS RAREZAS DEL «FAUSTO»
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EN cualquiera punto de este planeta en que vivimos, en la prolongación de los tiempos pasados, según lo que por la historia se sabe y también en los tiempos futuros, hasta donde nuestra previsión alcanza, todo ser humano tiene y tendrá no poco que sufrir, gran multitud de cosas en que ejercitar su paciencia, mil peligros que arrostrar empleando su valor, y no corto número de adversidades y disgustos para desplegar y lucir su santa resignación y su conformidad cristiana, compitiendo con Job y hasta venciéndole.
Para consuelo ó alivio de tantas penas nuestro ingenio ha sido fecundo en sutiles y discretas invenciones. Y la mejor de todas es, á mi ver, la poesía narrativa ó dramática.
Las contrariedades menudas y los males pequeños que nacen con frecuencia de la tontería de los hombres ó de las mujeres, representados luego por el poeta en una novela ó en un drama, pierden y deben perder casi toda su amargura; remediándola ó suavizandola con inocentes ó benignas burlas y ahogándola en risa.
Y cuando los males son grandes y terribles, todavía es más discreta y bienhechora la invención que los remedia ó los consuela. El poeta, en la novela ó en el drama trágico, debe representar estos casos con verosimilitud y fidelidad tan extrañas y hábiles, que en vez de producirnos el mal rato, el ataque de nervios ó los sentimientos penosos que nos producirían dichos casos si fuesen reales, nos produzcan un exquisito y espiritual deleite que llaman estético.
Tal era y tal debe ser, desde muy antiguo, el fin noble y redentor del arte.
Aristóteles llamaba á esto la purificación de las pasiones, es á saber: que el terror y la compasión, que en la vida real son tan dolorosos y aflictivos, gracias al encanto divino de la poesía, se convierten en el drama y en el poema narrativo en placer delicado, porque el terror entonces no nos enerva ni nos humilla, y porque entonces son dulces las lágrimas.