¿Cómo he de negar yo el maravilloso talento de muchos autores del día, extranjeros y nacionales? Lejos de negarle, le reconozco y le admiro; pero me quejo de ellos y los censuro y los encuentro más fotógrafos que poetas, porque faltan al precepto aristotélico, que es, en mi sentir, el fin del arte, y porque pintan las miserias y desventuras humanas con tan minuciosa exactitud y con tan científico, experimental y poco poético detenimiento, que se diría que sus libros, en vez de ser de pasatiempo y de recreo, vienen á reemplazar los silicios, las disciplinas y otros medios á propósito para mortificarse y hacer vida penitente.
La diferencia está en que con los medios antiguos se ganaba el cielo, y con la lectura de estos libros ó con el espectáculo de estos dramas no se gana nada.
Aunque á mi no me cabe en la cabeza que los dramas y novelas así escritos puedan y deban considerarse como documentos humanos, como materiales y ripios, con los cuales ha de construirse la ciencia social del porvenir, todavía concedo que el que crea en el valor de tales documentos los reuna y confeccione, atormentándonos con ellos. La letra con sangre entra. Pero lo que no concedo es que esté bien que los documentos sean falsos: que se ponga tragedia donde no hay motivo de tragedia: y que, habiendo tanto infortunio dialécticamente producido, se creen infortunios infundados y disparatados como una pesadilla.
Cuanto queda expuesto se me ha ocurrido recientemente con ocasión de haber oído el Fausto, de Göethe, casi de seguida, primero en dos óperas, ambas de muy hermosa música, y después en los dos magníficos dramas, representados ambos con aparato y lujo portentosos, en el teatro imperial y palatino de la gran ciudad de Viena.
Se cuenta que D. Ventura de la Vega, agobiado ya por las enfermedades y previendo su próxima muerte, llamó un día á sus hijos para confiarles, antes de morir, un misterioso secreto, cuya pesadumbre le abrumaba el alma. Después de recomendarles el sigilo, que ellos han roto, pecado de que creo debemos absolverlos, aquel padre cariñoso les confesó que el Dante le aburría.
A mí no me aburre Göethe. Si me aburriese, no andaría con tapujos, ni lo confesaría sólo in articulo mortis y en lo hondo de mi casa; pero aunque soy fervoroso admirador de aquel glorioso poeta, que era además gran sabio y sutil y razonable filósofo, y aunque le he elogiado pomposamente en varios escritos míos, me sucede ahora que, echando á un lado el prestigio mágico de su estilo, como quien descorre un velo que disimula los defectos y realza las bellezas, he descubierto en el Fausto rarezas tan chocantes, que temo que se me agrien ó se me pudran en lo interior del alma si no las digo y me desahogo.
Poniendo, pues, á un lado y en salvo mi extraordinaria admiración por Göethe, voy á decir aquí algunas de estas rarezas.
En primer lugar, me pasma y me enoja que el Dios de Göethe tenga el capricho, en su conversación con el diablo, de presentar á Fausto como un segundo Job, como un modelo de varón justo, aunque débil y sujeto á error como todo el que aspira.
Verdaderamente, si en la segunda mitad del siglo xv, en que la humanidad dió cima á tan altas empresas, no hubo hombre mejor que Fausto, es menester confesar que la humanidad no vale un pito.
Pero no es esto lo más singular; lo más singular es que Fausto, á quien el poeta nos presenta en las primeras escenas como un sabio de extraordinaria magnitud, resulta luego un tontiloco.