Tengamos la manga ancha. Disculpemos á Fausto por su desesperación al verse viejo, pobre, desatendido, á pesar de su mucha sabiduría, habiendo gozado poquísimo y en resumidas cuentas sin saber nada á punto fijo después de haberse quemado las cejas estudiando día y noche sin divertirse, sin holgarse y sin echar una canita al aire. Disculpémosle también del conato de suicidio, y disculpémosle, por último, aunque se escandalicen mis lectores, de que haga un pacto con el diablo y le firme con la sangre de sus venas.

Harto se entiende que el diablo, que no es estúpido y que debía estar ya escarmentado, celebra este pacto por si topa, como si dijéramos, sabiendo que se expone á quedar burlado y estafado, y á que Fausto por intercesión de algún santo ó santa que abogue por él, se largue al cielo y deje al diablo con un palmo de narices. Casos por el estilo habían ocurrido ya y debían estar consignados en los archivos y anales del infierno. Así, por ejemplo el del monje Teófilo, y el de Cipriano, mágico prodigioso de Antioquía.

Para un sujeto travieso y listo, fundado en la tontería del diablo y envalentonado con tan curiosos precedentes, un pacto con el diablo ha de ser una ganga de la que debe sacar mil provechos y ventajas. Aquí entra, en mi sentir, la inexplicable tontería, el idiotismo perverso del Fausto de Göethe, sobre todo en lo más humano y menos simbólico, en la primera parte, en sus amores con Margarita.

No digo yo un caballero particular cualquiera, que no haya estudiado libro alguno y que se caiga de tonto, sino el propio Pedro Urdemalas no lo hace peor que Fausto lo hizo.

Remozado ya, elegante y guapo, apasionado y discreto, ¿qué necesidad tenía de joyas para enamorar á Margarita? ¿No deslustraba con esto el carácter de su querida, haciéndola aparecer tan comprada como enamorada? A no dudarlo, el regalo de las joyas afea y empequeñece el principio de aquellos amores.

Se ve luego que Margarita, sin que nadie la vigile ni la acompañe, va sola donde quiere. En el jardín de Marta juega al escondite con su amigo, y sin duda en cualquiera otro sitio, todavía más cómodo, podía estar con él á solas todo el tiempo que quisiera hasta hartarse. ¿Qué lujo de perversidad, sin razón que la justifique, no hay, pues, en el empeño de Fausto y Margarita de estar juntos por la noche al lado de la madre de ella, en lo cual hasta hay mucho de repugnante y de asqueroso?

Y crece de punto la perversidad, cuando Margarita, la candorosa y angelical Margarita, excitada por Fausto, y á fin de que su mamá no se despierte, la atiborra de bromuro de potasio, de opio, de láudano y de otros potingues narcóticos, hasta que acaba por matarla.

A veces se diría que Fausto quiere á Margarita. A veces se diría que no la quiere y que es un ingrato y un galopín de siete suelas. Su insensatez incoherente no se presta á clara interpretación.

Convertido en músico, su diablo lacayo va con Fausto á dar serenata á Margarita; y Fausto tiene la impiedad y la poquísima vergüenza de que su diablo lacayo insulte con indecentísimas coplas á la pobre muchacha por la falta que ha cometido en amarle y en consentir en ser suya. Ahora viene lo mejor. Margarita tiene un hermano, soldado, valiente y espadachín y muy celoso de su honra, aunque no era menester serlo mucho para enojarse contra el doctor Fausto, que estaba alborotando la calle y á todos los vecinos con aquella retahila de sucios improperios puestos en solfa.

Nada más natural que la decisión que toma Valentín de pinchar al doctor Fausto como quien pincha á una rata.