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DÍAS ha que escribí y publiqué en la Revista Critica de Historia y Literatura un extenso artículo sobre el libro del padre Blanco García, que trata de las literaturas regionales de España y de las literaturas hispano-americanas en el siglo xix.

En tono muy cortés, pero mostrándose enojado y quejoso, el Sr. M. Murguía, en el número del 15 del corriente de La Voz de Galicia, periódico de la Coruña, ha insertado contra mí un apasionado escrito en defensa de las letras gallegas, que supone que yo menosprecio.

Me desagradan las polémicas y las rehuyo siempre que puedo. No voy, pues, á entablar polémica con el Sr. Murguía. Previamente estoy convencido de que ni yo lograré traerle á mi opinión ni él logrará llevarme á la suya. Disputando, sólo conseguiríamos fatigar al público con nuestra disputa. No puedo, sin embargo, resistir al deseo de aprovechar esta ocasión para explicar, si me bastan pocas palabras, lo que pienso sobre lenguas, dialectos, regionalismo, nacionalidades y varios otros puntos que forman el proceso de este negocio. La materia es tan vasta, que apenas podré tocarla sino de paso, ó mejor diré, al vuelo, posándome sólo en las cimas ó picos más salientes.

Contra el precepto de Horacio, empezaré ab ovo.

Todos somos unos. Todos somos hijos de Adán y hermanos por consiguiente. Pero ocurrió lo de la Torre de Babel y los hombres se dispersaron. Unos se largaron por un lado, otros se largaron por otro, y se formaron muy diversas tribus, razas ó castas. A España vinieron sucesivamente atlantes, iberos primitivos, proto-escitas, fenicios, celtas, griegos, cartagineses, romanos, godos, alanos, suevos, vándalos, judíos, árabes, sirios, persas, eslavos, berberiscos, normandos y hasta negros de más allá del Sahara. Sobre poco más ó menos, en los demás países ha sucedido lo mismo. Y es seguro que si estas mezclas de gentes, distintas y hasta contrarias, no hubieran llegado nunca á amalgamarse, adoptando las mismas leyes, sometiéndose al mismo gobierno, haciéndose solidarias de los triunfos y de los reveses, de las pérdidas y de las ganancias, y de las glorias y de las vergüenzas comunes, jamás hubiera llegado á haber lo que se llama una nación. Hubiera habido expresiones geográficas: Francia, Italia, Inglaterra y Alemania; pero no hubiera habido nación francesa, ni inglesa, ni alemana, ni italiana.

Ha habido nacionalidad y la hay, porque en un momento dichoso ha llegado á lograrse y á cogerse el fruto de un trabajo y de un cultivo de siglos y entonces la nación se ha constituído. Harto sé yo que todo lo que nace muere. Que si los individuos no son inmortales, tampoco lo son las naciones; y que España, como cualquiera otra colectividad, puede descuartizarse, desmoronarse y persistir sólo como expresión geográfica. Esperemos que esto no ocurra en muchísimos siglos. Yo no soy profeta, y aunque lo fuese, en vez de remedar á Jeremías, remedaría á los profetas alegres, ó sería el primero de ellos, si antes no los hubo.

No he de negar por esto que, si bien dentro de ciertos límites juiciosos me hechizan, me deleitan y hasta me arrancan aplausos las literaturas regionales, sobre todo cuando son cándidas, espontáneas y sencillas, todavía me asustan y me afligen cuando se convierten en tema y vienen á extralimitarse. Entonces me parecen síntomas de decadencia y ruina: entonces me parecen amenaza de disolución nacional, si bien confío siempre en la Providencia y espero que la amenaza no se cumpla, que lo ominoso ó fatídico salga fallido, que la enfermedad pase y que la nación persista sana, salva y una.

Cuando un pueblo tiene ser propio y grande, cuando su historia es gloriosa, cuando ha influido profundamente en los destinos del género humano, así por el pensamiento como por la acción, este pueblo no muere, vive, tiene siete vidas como los gatos: nadie le arranca la vida ni á tres ni á trescientos tirones. Puede perder todas sus conquistas; los continentes y las islas, por donde en los días de su mayor auge y expansión logró dilatarse, pueden dejar de ser suyos; puede hundirse el Estado que le da unidad política; y hasta puede ser invadido y dominado por el extranjero el suelo natal, la cuna misma de ese pueblo; mas no por eso el pueblo muere. Vivirá acaso, durante siglos, vida latente y obscura, pero vuelve al fin á recobrar la vida luminosa y clara. El idioma propio es el talismán donde va escrito el conjuro para lograr esta á modo de resurrección. Grecia resucitó hablando en griego. Si el pueblo griego hubiera tenido seis ó siete idiomas diferentes, jamás hubiera resucitado. Es más; si hubiera tenido seis ó siete idiomas diferentes, no dialectos ó modos, sino idiomas con pretensiones de literarios y nacionales, no hubiera extendido su cultura desde la Bactriana hasta las Galias: por todo el litoral de Asia, Africa y Europa en el Mediterráneo, y por todas sus islas. Y si el dialecto toscano no se hubiese convertido en lengua italiana, venciendo y obscureciendo á los demás dialectos que en Italia se hablaban, y que se hablaban en Estados poderosísimos, ricos y conquistadores, como lo fué, por ejemplo, Venecia, Italia no hubiera realizado jamás el sueño de Maquiavelo y de sus más eminentes patriotas y hombres políticos: no hubiera vuelto á tener la unidad que sólo tuvo bajo el rey bárbaro Teodorico.

Yo quiero suponer que en España, no sólo no hubo unidad de Estado, sino que ni unidad de nación hubo hasta fines del siglo xv. Supongo, además, ó doy por cierto, pues sobre esto no disputo, que antes no hubo verdaderamente españoles, sino portugueses, gallegos, castellanos, aragoneses y catalanes. También es evidente que hasta fines del siglo xv había en España tres lenguas literarias y nacionales. Eran estas tres lenguas la castellana, la catalana y la portuguesa ó gallega, ya que el mismo Sr. Murguía confiesa que el gallego y el portugués fueron lo mismo hasta entonces. Ni Las Cantigas del Rey Sabio, ni cuantos versos hay en los Cancioneros del rey Don Dionis, de Resende, etc., podrían atribuirse por las palabras y las frases mismas á poetas de Portugal ó de Galicia. Por el habla, por lo que dejó escrito, tan gallego es el infante Don Pedro, como es portugués Macías el enamorado. Hay más aún: esa lengua galaico-portuguesa, tal vez no fué escrita sólo por portugueses y gallegos, sino también por trovadores de toda España, que la consideraban como lengua elegante y más propia que el castellano para la poesía lírica y de la corte.