Bien se puede apostar que a nadie se le ocurriría, en nuestro siglo, disculpar a San José de haber sido carpintero, y suponer que tenía Treses o Billetes hipotecarios.

Ni por la nobleza de sangre se disculpaba la pobreza; antes el tener dinero ha sido en todos los siglos origen de hidalguía. Dineros son calidad, Más vale el din que el don, son refranes que corroboran mi aserto.

La profunda veneración que inspiran el dinero y quien le posee ha sido siempre idéntica. Lo que ha disminuido algo es el horror o el desprecio al pobre, y ciertas asechanzas de que el rico debía de verse, en lo antiguo, perpetuamente circundado. El hombre prudente y discreto tenía, no hace muchos años, en todas partes, y en el día tiene aún, en no pocas, que hacer, si puede, un gran misterio del estado de su hacienda, sobre todo si es o era muy rico o muy pobre: si es muy pobre, para que no le desprecien; y si es muy rico, para que no le roben o le maten. De aquí, de esta espantosa disyuntiva entre ser despreciado o amenazado de muerte, nació aquella sentencia de los moralistas, que hoy en los países cultos nos parece tan necia y tan absurda, de que lo que había que desear era una medianía de fortuna, a fin de vivir feliz y tranquilo, ni envidioso ni envidiado. Porque, a la verdad, si el dinero es un bien, mientras mayor sea el bien, debe ser más apetecible, y no se concibe la áurea mediocritas, celebrada por Horacio y por todos los poetas de otros tiempos, sino recordando que el hombre acaudalado estaba de continuo expuesto a que le matasen o maltratasen para robarle, ya el emperador o el príncipe bajo cuyo imperio vivía, ya la plebe codiciosa. Y cuando a la riqueza no iba unido un alto grado de poder, era más constante el peligro, y casi imposible de conjurar. No creo yo que el odio profundo que tuvimos en la Edad Media a los judíos proviniese sólo de que eran el pueblo deicida, sino de que eran ricos. Las frecuentes matanzas de judíos que hubo en España acaso no hubieran llegado a realizarse, si los judíos hubieran tenido la prudencia de quedarse pobres. Algo parecido puede afirmarse de los frailes en estos últimos tiempos, luego que perdieron el poder y conservaron la riqueza, si bien el escándalo ha sido menor, porque la dulzura de las costumbres, la mayor abundancia de dinero y de bienestar, y el más concertado y político modo de vivir de los hombres, han disminuido el aborrecimiento de los que no tienen a los que tienen.

Prueba de esta confianza de los que tienen es que ya, en los países cultos, nadie o casi nadie atesora. Pocos años ha, todos los que podían atesoraban. La literatura popular está llena de historias y leyendas de tesoros ocultos, guardados por un dragón, por un gigante o por un monstruo terrible, que nada menos se necesitaba para que no los robasen. Estos tesoros estaban, o se suponía que estaban, tan hábilmente escondidos, que era menester un don sobrenatural para descubrirlos. De aquí se originó la idea de los zahoríes, que descubrían los tesoros. La ciencia de los zahoríes, perdiendo hoy su carácter poético y sobrehumano, ha llegado a trasformarse en la Estadística, disciplina auxiliar de la Economía Política, con respecto a la cual, viene a ser lo que es la Anatomía con respecto a la Fisiología. La Estadística es un verdadero primor de ciencia, y a fin de que de ella formen pronto los profanos el concepto que merece, podemos definirla la ciencia que nos cuenta los bocados. Por esta ciencia se averigua cuánta harina, cuánta carne, cuántas judías y cuántos garbanzos se devoran al año; lo que se gasta en ropa y en calzado; lo que se produce y lo que se consume. Todo esto sería más fácil de averiguar si la gente, temerosa de que le imponga el Gobierno más contribución, no disimulara un poco lo que gasta, aparentando darse aún peor trato del que suele.

Sin embargo, el afán de ocultar la riqueza y de disimular que se tiene algún dinero ha desaparecido casi del todo en nuestra edad. En las pasadas era tanto el peligro que corría el dinero saliendo a relucir, que legítimamente tenía que ser usurero quien le prestaba. El crédito, que pone en movimiento las fuerzas productivas, apenas era conocido entonces.

Hoy, por el contrario, el desenfado, la movilidad, la animación del dinero, que se presenta sin temor en todas partes, menos en España, y que se agita y circula, es lo que hace creer a los hombres poco pensadores que vivimos en un siglo metalizado; que ahora no se piensa ni se habla sino de dinero. ¡Qué error tan craso! Pues ¿por ventura es más reverenciada, más adorada la imagen que sale por las calles y plazas, aun cuando sea en muy devota procesión, y doblando todos a su paso la rodilla, que la divinidad misma, oculta siempre en el fondo del santuario, por temor de que la profane el vulgo con sus miradas, y hasta cuyo nombre es incomunicable y desconocido a cuantos no están iniciados en sus misterios?

Hay asimismo otras muchas razones para que en el día se estime menos el dinero. Es la primera, que hay más. Es la segunda, que con el crédito llega más fácilmente a todas partes. Es la tercera, que produce menos intereses. (Ninguna de estas tres razones militan hoy en España. Los economistas explicarán por qué.) Es la cuarta, y quizás la más poderosa, que nuestro siglo, como más civilizado que los anteriores, es también más espiritualista.

Y aquí no puedo menos de detenerme a condenar la ridícula manía de los que dan en acusar de materialista a nuestro siglo. ¿Qué siglo hubo nunca más espiritualista que el nuestro? La música es el arte más espiritual de todos y florece ahora con florecimiento extraordinario. Apenas hay tonto, el cual, si hubiera vivido dos o tres siglos ha, no hubiera gozado más que en comer, que no goce ahora, o por lo menos que no diga que goza, oyendo la música más sabia y alambicada. Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, afirma que sólo hay dos cosas esenciales que mueven al hombre: a saber: mantenencia, y otra que no me atreveré a mentar, aunque el Arcipreste la mienta, escudado con Aristóteles:

Si lo dixiese de mió, sería de culpar;
Dícelo grand filósofo; no soy yo de reptar.

¡Tan materialista era el concepto que en el siglo xiv tenía un sacerdote católico, en la católica España, de los móviles esenciales de las acciones humanas! Fuera de estos móviles no acertaba a descubrir otro móvil. ¡Cuánto han variado las cosas en el día! La música mueve también al hombre y no hay quien no guste de ir al teatro Real.