Pero el espiritualismo de nuestro siglo es sintético, y ésta es la causa de que algunos, que no le comprenden, acusen de materialista a nuestro siglo. En los pasados, o no se hacía caso de la materia y se la dejaba a sus anchas como cosa perdida y dada al diablo, cayendo los que tal hacían en el molinosismo, o se la maltrataba y castigaba como a súbdito rebelde por donde venían las gentes a dar en el ascetismo más cruel. En nuestra época, tratan las gentes de rehabilitar la materia, en el buen sentido de la palabra, y la purifican cuanto pueden. La materia al fin es obra de Dios, y, aunque algo pervertida por el pecado, no es cosa tan abominable como se asegura. Al fin ella ha de resucitar y ha de ir al cielo, si bien trasfigurada y gloriosa. Por eso no me parece mal que vayamos puliéndola, perfeccionándola, hermoseándola y sutilizándola en este mundo. Para pulirla suelen los hombres, en ciertos países adelantados, lavarse ya todos los días, costumbre rara, cuando no desconocida de la cristiandad, ciento o doscientos años hace, y contra la cual aún fulminan sus anatemas el piadoso señor Veuillot y otros santos padres. Por eso no se comprendía bien la significación del principio de aquella oda de Píndaro: Alto don es el agua. Antes al contrario, el agua era mirada con horror y con miedo, como causa de los mayores males, sobre todo para las personas de cierta edad. De aquí el refrán hidrofóbico tan acreditado: De cuarenta para arriba, ni te cases, ni te embarques, ni te mojes la barriga. Un hombre de setenta años, cuándo o dónde no había, o no ha caído en desuso este refrán, debe, o debía de tener su piel cubierta de más estratificaciones que nuestro globo. Si en este descuido de la materia, que hubo en los siglos pasados, es en lo que consiste el espiritualismo, se debe preferir ser materialista. Pero se me antoja que el verdadero espiritualismo consiste en limpiarse, mondarse y purificarse, así el alma como el cuerpo. Un hombre limpio no es capaz de sentir tan bestiales apetitos como un hombre sucio. En muchos tratados de moral, escritos por frailes, que de seguro se lavaban poco, he leído precauciones tan inauditas para evitar la tentación, que me pasman y me hacen imaginar que los hombres y las mujeres de entonces serían como la yesca, la pólvora y el fuego. Uno de estos autores aconseja que, cuando haya que entregar algo a una mujer, se ponga lo que ha de entregarse en alguna mesa o en algún otro sitio, y no se dé con la mano, a fin de evitar el más ligero frote o casual tocamiento, y añade que las personas de diferente sexo, cuando estén más próximas, deben estar por lo menos a una distancia de cuatro varas. La efervescencia, que supone este exceso de precaución, provenía sin duda de la poca agua, la cual refresca, molifica y hasta espiritualiza.

Ello es lo cierto que la concupiscencia no es tan feroz en el día como en tiempos pasados. ¿Cuánto no sorprenden aquellos penitentes solitarios, que después de crueles y largos ayunos aun no podían domar y poner freno a ciertas malas pasiones, que representaban en su lenguaje místico llamándolas el asnillo? ¿Cuánto no espanta, por ejemplo, aquel San Hilarión, que no comía más que una docena de higos secos al día, y tuvo que acortarse la ración en más de la mitad, porque se sentía muy bravo y emberrenchinado? En este sentido somos también más espiritualistas ahora. Mientras entonces el estudio de la Teología sobreexcitaba los sentimientos y encendía en amor el alma afectiva, amor que con facilidad podía torcerse a mala parte; hoy, estudiando los jóvenes briosos, desde sus tiernos años, negocios tan serios como la Filosofía de Krause o la Economía Política, se hacen por fuerza más morigerados y menos traviesos; adquieren una gravedad que les cae muy bien; y todo el fuego y lozanía de la imaginación se les va, no en coplas y requiebros a las muchachas, sino en ditirambos dulcísonos en prosa rimada, ora al libre-cambio, ora al desestanco de la sal, ora a otro objeto del mismo orden, que allá en lo antiguo ni se sospechaba siquiera que pudiese ser blanco de tantos disparos poéticos y de raptos líricos tan maravillosos.

Estos síntomas de espiritualización se notan hoy por donde quiera. Ya con la homeopatía, hasta los achaques de la materia se curan casi espiritualmente. No se toman remedios, sino se toman, por decirlo así, las virtualidades, el espíritu, la sombra vaporosa de los remedios. ¿Quién sabe si dentro de poco se inventarán también alimentos homeopáticos, de que ya son precursores el extracto de carne de Liebig y la Revalenta, y nos nutriremos con la virtualidad o la esencia eléctrica e imponderable de los pavos y de los jamones, en vez de nutrirnos del modo vulgar y grosero que ahora se usa?

Los recientes descubrimientos de los fisiólogos prueban la grosería con que la naturaleza procede hasta hoy en esto de la nutrición. Asegúrase, como verdad evidente, que en menos de un mes mudamos por completo todos los átomos o moléculas de nuestro organismo y tomamos otros. El alma, el principio oculto de la vida, la virtud plasmante, la energía informante, la forma óntica, como la llama un sabio amigo mío, es sólo lo que permanece. Lo demás cambia sin cesar. La vida es, pues, no por estilo poético y figurado, sino con toda realidad, un rió, un torbellino, un torrente impetuoso. Un caballero, de regular corpulencia, que llegue a vivir setenta años y que pese seis o siete arrobas, puede asegurar que ha tenido, asimilado y poseído como parte de su organismo, desde su nacimiento hasta la hora de su muerte, unas 5.000 o 6.000 arrobas de sustancias, las cuales, si no están dotadas de gran densidad, tal vez formen un volumen de uno, dos o tres kilómetros cúbicos. Pregunto yo, ¿para qué es este jaleo, esta mudanza, esta incesante trasmigración de materia, cuando la forma persiste; cuando, si tenemos una berruga, conservamos siempre la berruga? ¿No sería mejor, y no es posible que se descubra, el que no perdamos sustancias con tanta frecuencia, y el que no tengamos tampoco que reponerlas de continuo? Esta si que sería Economía, si llegara a descubrirse. ¿Qué es la vida más que un desenvolvimiento de calórico, un fuego, una llama? Y qué, ¿no podremos jamás sacar de su estado latente ese fluido imponderable y sutil, sin la combustión de muchas sustancias? ¿No llegaremos nunca a producir el fuego que mueva nuestras máquinas, sin tener que consumir toda la Flora exuberante y gigantea de las edades primitivas, y a conservar el calor vital sin destruir tantas formas, y sin devorar tantos seres? Yo veo señales claras de que se acercan los tiempos de estas invenciones. La frenología y el magnetismo han venido a demostrar las armonías íntimas y misteriosas que enlazan el espíritu y la carne. La electro-biología es una ciencia que empieza ahora, y que tiene aún que dar mucho de sí. Tal vez no esté muy lejos el dichosísimo y gloriosísimo día en que, alimentados de un modo menos grosero, se volatilicen nuestros cuerpos, y se sostengan en el aire, y lleguen a ser ubicuos y compenetrables, y hasta diáfanos y luminosos.

Por todas estas consideraciones y por otras que callo, a fin de no hacer muy prolija la digresión, tengo por cierto que nuestra edad, si peca por algo, es por pneumatosis o sobra de espiritualismo.

Y sin embargo, se me dirá, en este siglo tan espiritualista, se ama el dinero poco menos que sobre todo. Convengo en que hay este amor, pero no en que no le haya habido siempre, y quizás más vivo. No voy a disculparle ahora, pero sí a explicarle.

Al compás que una sociedad vaya siendo más perfecta y bien organizada, el dinero irá adquiriendo una virtud más significativa (aproximándose a la infalibilidad) de que es inteligente, laborioso y precavido quien le posee. El dinero representará entonces el talento, el trabajo y otras muchas virtudes. El no tener dinero significará, casi equivaldrá a ser holgazán, ignorante y para poco. No hemos llegado aún, por desgracia, a este grado de perfección social, y hay aún muchas personas que adquieren mal el dinero. Mas como el confesar que el mayor número le adquiere mal, aun dado que esto fuera cierto, sería ocasionado a gravísimos peligros, y daría pretexto a los pobres para odiar a los ricos, todas las personas razonables y amigas del orden y del sosiego públicos, debemos creer y creemos que no hay dinero mal adquirido, mientras un tribunal no pruebe lo contrario. Por donde legítimamente, y echando a un lado la mala pasión de la envidia, el ser rico significa, y tiene que significar, que vale más quien lo es que el que es pobre. En resolución, el dinero es y tiene que ser la medida exacta del valer de una persona.

Cierto que hay algunas rarísimas virtudes y prendas superiores al dinero, que no traen dinero, y que, en el momento en que se tuviesen o ejerciesen con el fin de adquirir dinero, dejarían de ser tales virtudes; pero tales virtudes tienen su precio en ellas mismas. La virtud por excelencia es tan preciosa, que nada hay en la tierra que pueda pagarla. Por esto me ha parecido siempre ridículo todo premio ofrecido a la virtud. Quien se pusiera a ser virtuoso para ganar el premio, no sería virtuoso. Ni siquiera suelen ganarse con la virtud la fama y el respeto de los hombres, porque es difícil de averiguar si el virtuoso lo es por firmeza y rectitud de alma o por apocamiento, necedad o cobardía; y los hombres, como no sea la virtud muy manifiesta, procuramos siempre atribuirla a dichas calidades negativas. Así es que, en casi todos los idiomas antiguos y modernos, la palabra bondad, apartada de su sentido recto, significa simpleza, como dabbenaggine en italiano, euetheia en griego, bonhomie en francés, etc., etc. Pero como la virtud es y debe ser también superior a la vanagloria, el virtuoso, no sólo debe serlo aún a trueque de ser pobre, sino a trueque de pasar por un solemne majadero.

Ciertas declamaciones y diatribas contra los vicios, la corrupción y el lujo, me han parecido siempre más propias de la envidia o de la sandez que de un espíritu recto y juicioso. Cuando se dice, por ejemplo, el hombre de bien está arrinconado y desatendido y vive pobremente, y tal bribón habita en un palacio y da fiestas espléndidas; la mujer honrada anda a pie por esas calles, llenándose de lodo, y tal manceba va con sedas, encajes y joyas, en un soberbio coche; cuando esto se dice, repito, yo no puedo menos de reírme en vez de conmoverme. Pues qué, ¿se quiere que la probidad se pague con palacios, y la castidad con diamantes y trenes? Entonces los mayores galopines se harían probos para vivir a lo príncipe, y las suripantas echarían la zancadilla a Lucrecia y a Susana, a fin de conseguir por ese medio lo que por el opuesto logran ahora. La verdad es que el mundo anda menos mal de lo que se cree.

Mucho tiene que sufrir la virtud; pero si no tuviera que sufrir ¿sería virtud? ¿Qué mérito tendría? Y sin duda que la piedra de toque, en que se aquilata y contrasta el sufrimiento, es esta duda en que deja el virtuoso a los demás hombres acerca de si su virtud es tontería, impotencia o amilanamiento y poquedad de espíritu. Hombres hay que no resisten a esta prueba. Han tenido valor para quedarse pobres, pero no le tienen para pasar por tontos. Mujeres honradas ha habido que tienen valor para vivir con poco dinero, mas no para que crean que ha faltado quien se le quiera dar. ¡Dios nos libre de esta gran tentación de evitar la nota de mentecatos y para poco! ¡Dios libre a las mujeres honradas de esta gran tentación de evitar la nota de faltas de donaire y atractivo!