Mi querido amigo: Como pobre muestra de la buena amistad que, desde hace años, me une á Ud., y de la gratitud que le debo por el benigno prólogo que escribió para mis novelas, dedico á Ud. este librito, donde van reunidas algunas de mis cartas sobre literatura de la América española.

Espero que sea Ud. indulgente conmigo y que acepte gustoso la ofrenda, á pesar de su corta ó ninguna importancia.

Yo entiendo, sin afectación de modestia, que mi trabajo es ligerísimo; pero la intención que me mueve y el asunto de que trato le prestan interés, del cual Ud., que con tanto fruto cultiva la historia política de nuestra nación, sabrá estimar el atractivo.

Breve fué la preponderancia de los hombres de nuestra Península en el concierto de las cinco ó seis naciones europeas que crearon la moderna civilización y por toda la tierra la difundieron; mas, á pesar de la brevedad, la preponderancia fué gloriosa y fecunda. Completamos casi, gracias á navegantes y descubridores atrevidos y dichosos, el conocimiento del planeta en que vivimos; ampliando el concepto de lo creado, despertamos é hicimos racional el anhelo de explorarlo y de explicarlo por la ciencia; abrimos y entregamos á la civilización inmensos continentes é islas; y luchamos con fe y con ahinco, ya que no con buena fortuna, porque la excelsa y sacra unidad de esa civilización no se rompiera.

Nuestra caída fué tan rápida y triste como portentosa fué nuestra elevación por su prontitud y magnificencia. Tiempo há que usted, con tanto saber como ingenio crítico, procura investigar las causas. Yo, por mi parte, ora me inclino á imaginar que lo colosal del empeño nos agotó las fuerzas; ora que por combatir en favor de principios que iban á sucumbir, sucumbimos con ellos; ora que la perseverante energia de la voluntad nos dió el imperio, en momento propicio, cuando por la invención de la pólvora y de la imprenta prevalecieron las calidades del espíritu sobre la fuerza material y bruta; imperio, que perdimos pronto, cuando vino á prevalecer otra fuerza, también material, aunque más alambicada: la que nace de las riquezas, creadas por la industria y por el trabajo metódico, bien ordenado, y combinado con el ahorro, en todo lo cual no descollamos nunca.

No son mías, sino en muy pequeña parte, esta atrevida opinión y esta más atrevida explicación de tan alto punto histórico: son de aquel discretísimo fraile dominicano Tomás Campanella, que dice: At postquam astutia plus valuit fortitudine, inventaeque typographiae et tormenta bellica, rerum summa rediit ad hispanos, homines sane impigros, fortes et astutos.

Como quiera que sea, nuestra decadencia llegó, á mi ver, á su colmo, en el primer tercio de este siglo, cuando acabó de desbaratarse el imperio que habíamos fundado, naciendo de la separación de las colonias muchas independientes Repúblicas.

Continuas guerras civiles, y estériles y sangrientas revoluciones, aquí y allí, nos trajeron á tan mísero estado, que nuestros corazones se abatieron, y del abatimiento nació la recriminación desdeñosa.

Los americanos supusieron que cuanto malo les ocurría era transmisión hereditaria de nuestra sangre, de nuestra cultura y de nuestras instituciones. Algunos llegaron al extremo de sostener que, si no hubiéramos ido á América y atajado, en su marcha ascendente, la cultura de Méjico y del Perú, hubiera habido en América una gran cultura original y propia. Nosotros, en cambio, imaginamos, ya que las razas indígenas y la sangre africana, mezclándose con la raza y sangre españolas, las viciaron é incapacitaron; ya que bastó á los criollos el pecado original del españolismo para que, en virtud de ineludible ley histórica, estuviesen condenados á desaparecer y perderse en otras razas europeas, más briosas y entendidas.

El mal concepto que formamos unos de otros, al transcender de la desunión política, estuvo á punto de consumar el divorcio mental, cimentado en el odio y hasta en el injusto menosprecio.