Miras y proyectos ambiciosos, renacidos en España, en ocasiones en que esperábamos salir de la postración, como los conatos de erigir un trono, en el Ecuador ó en Méjico, para un príncipe ó semipríncipe español, y empresas y actos impremeditados, como la anexión de Santo Domingo, la guerra contra Chile y el Perú y la expedición á Méjico, aumentaron la malquerencia de la metrópoli y de las que fueron sus colonias.
Durante este período, si la cultura inglesa hubiese sido más comunicativa, hubiera penetrado en las repúblicas hispano-americanas; pero no lo es, y así apenas se sintió su influjo. Francia, por el contrario, ejerció poderosamente el suyo, que es tan invasor, é informó el movimiento intelectual y fomentó el progreso de la América española, aunque sin borrar, por dicha, ni desfigurar su ser castizo y las condiciones esenciales de su origen.
Hoy parecen ó terminados ó mitigados, tanto en América como en España, aquella fiebre de motines y disturbios, y aquel desasosiego incesante de la soldadesca, movida por caudillos ambiciosos, no siempre ilustrados y capaces, y aquel malestar que era consiguiente.
Más sosegados y menos miserables, así los pueblos de la América española como los de esta Península, se observan con simpática curiosidad, deponen los rencores, confían en el porvenir que les aguarda; y, sin pensar en alianzas ni confederaciones que tengan fin político práctico, pues la suma de tantas flaquezas nada produciría equivalente á los medios y recursos de cualquiera de los cuatro ó cinco Estados que predominan, piensan en reanudar sus antiguas relaciones, en estrechar y acrecentar su comercio intelectual, y en hacer ver que hay en todos los países de lengua española cierta unidad de civilización que la falta de unidad política no ha destruído.
Así va concertándose algo á modo de liga pacífica. Para los circunspectos y juiciosos es resultado satisfactorio el reconocer que la literatura española y la hispano-americana son lo mismo. Contamos y sumamos los espíritus, y no el poder material, y nos consolamos de no tenerle. Todavía, después de la raza inglesa, es la española la más numerosa y la más extendida por el mundo, entre las razas europeas.
A restablecer y conservar esta unidad superior de la raza no puede desconocerse que ha contribuído como nadie la Academia Española. Las Academias correspondientes, establecidas ya en varias Repúblicas, forman como una confederación literaria, donde el centro académico de Madrid, en nombre de España, ejerce cierta hegemonía, tan natural y suave, que ni engendra sospechas, ni suscita celos ó enojos.
En esta situación, se diría que nos hemos acercado y tratado. Apenas hay libro, que se escriba y se publique en América, que no nos le envíe el autor á los que en España nos dedicamos á escribir para el público. Yo, desdo hace seis ó siete años, recibo muchos de estos libros, pocos de los cuales entran aún en el comercio de librería, aquí desgraciadamente inactivo.
Cualquiera que procure darlos á conocer entre nosotros, creo yo que presta un servicio á las letras, y contribuye á la confirmación de la idea de unidad, que persiste, á pesar de la división política.
La América española dista mucho de ser mentalmente infecunda.
Desde antes de la independencia compite con la metrópoli en fecundidad mental. En algunos países, como en Méjico, se cuentan los escritores por miles, antes de que la República se proclamase. Después, y hasta hoy, la afición á escribir y la fecundidad han crecido. En ciencias naturales y exactas, y en industria y comercio, la América inglesa, ya independiente, ha florecido más; pero en letras es lícito decir sin jactancia que, así por la cantidad como por la calidad, vence la América española á la América inglesa.