Á quien sólo le falta
El ser más libre para ser más grande;

y, por último, á la patria del poeta, á la rica y extensa patria argentina:

La patria, que ensanchó sus horizontes
Rompiendo las barreras
Que en otrora su espíritu aterraron,
Y á cuyo paso en los nevados montes
Del Génesis los ecos despertaron.
La patria, que, olvidada
De la civil querella, arrojó lejos
El fratricida acero,
Y que lleva orgullosa
La corona de espigas en la frente,
Menos pesada que el laurel guerrero.
¡La patria! En ella cabe
Cuanto de grande el pensamiento alcanza:
En ella el sol de redención se enciende;
Ella al encuentro del futuro avanza,
Y su mano, del Plata desbordante
La inmensa copa á las naciones tiende.

Los últimos versos, á pesar de las asonancias repetidas, y que ya no se sufren, son un bellísimo y entusiasta llamamiento á los europeos, de raza latina, para que vayan á colonizar en la Plata.

¡Ámbito inmenso, abierto
De la raza latina al hondo anhelo!
¡El mar, el mar gigante, la montaña
En eterno coloquio con el cielo.....
Y más allá desierto!
¡Acá ríos que corren desbordados;
Allá valles que ondean
Como ríos eternos de verdura,
Los bosques á los bosques enlazados;
Doquier la libertad, doquier la vida
Palpitando en el aire, en la pradera,
Y en explosión magnífica encendida!

Por lo citado y expuesto, se ve que, á pesar de todo su desaliño y demás faltas, era Andrade un inspirado y original poeta; pero tal vez resplandecen más sus buenas cualidades cuando desecha la serenidad didáctica, es lírico puro y se deja llevar de la pasión que le agita. Habrá acaso en esta pasión algo de poco razonable; pero esto no importa cuando la pasión no es singular, sino de muchas gentes, de las cuales el poeta se hace eco y es órgano.

Así, más que el patriotismo, el americanismo de Andrade.

Justo es que todo Estado independiente ponga el mayor empeño en conservar y hacer respetar su autonomía. Justa es también cierta mancomunidad de intereses entre todas las repúblicas de origen español, y así lamentamos las guerras, harto crueles con frecuencia, que se han hecho entre sí estas repúblicas. Chile ha asolado y arruinado el Perú. El Paraguay ha quedado medio desierto después de la última guerra. Justo es que todas estas repúblicas, ya que se separaron de la metrópoli y de los Estados de Europa, se enojen de toda tutela ó curatela que aspiremos á imponerles. Nada más impolítico, absurdo y deplorable que nuestra guerra del Pacífico y que la expedición á México, que puso al infeliz Maximiliano sobre su instable y peligroso trono.

Delirio fué, en mi sentir, el más ó menos vago proyecto, no nacional, sino palaciego, que hubo, tiempo há, en España, ya de levantar en la misma México, ya en Quito, un trono para algún príncipe ó semipríncipe de nuestra dinastía. España, por dicha, no piensa ya, si es que pensó alguna vez, en nada semejante, y hasta abomina de ello.

Las demás naciones de Europa, escarmentadas con el cruelísimo ejemplo de Maximiliano, y convencidas de que no es posible, ni conveniente, que reine en América un príncipe europeo, no acometerán ya jamás tales empresas, y no se dejarán seducir, y se taparán las orejas para no oir las excitaciones, los ruegos y las promesas de los americanos monárquicos, si aun los hubiere después del escarmiento último. Pero concediendo esto, no podemos conceder que haya nada de juicioso en el americanismo exagerado. ¿Dónde está, ni cómo puede concebirse este antagonismo ó contraposición entre Europa y América, cuando la América civilizada no es, ni puede ser, sino la prolongación, el complemento, una parte del triunfo de la civilización europea y cristiana sobre la naturaleza bravía y no domada aún por el hombre; y sobre las razas bárbaras y salvajes, que, al contacto de los europeos, ó se mezclan con ellos y se regeneran y levantan, ó perecen y se hunden?