Alzar en América un reino ó imperio nuevo sería locura. Admirémonos de la previsión astuta de D. Juan VI, ó de sus consejeros, que habilitó á D. Pedro de Braganza para decir su famoso fico, me quedo, y quedar en efecto de emperador del Brasil; pero lo que no se hizo en sazón no se remedia cuando fuera de sazón quiere hacerse. La América española debe ya ser, y es menester que siga siendo republicana y señora de sí misma. No autoriza esto, con todo, ni menos justifica los arbitrarios asertos de que la virtud, el desinterés y la libertad se fueron al Nuevo Mundo, y el hablar con horror de la tiranía de los reyes y de la bajeza lacayuna de los pueblos que los sufren, cuando en América se han sufrido dictadores y tiranos más zafios, ruines, sanguinarios y codiciosos que nuestros peores reyes. En ninguna nación civilizada de Europa ha habido, desde hace un siglo, sobre ningún trono, más aborrecible y cruel tirano que Rosas. Y, por otra parte, el sufrir los desmanes, los vicios, los crímenes y las insolencias de un rey no humilla tanto, ya que, en virtud de una ficción legal, aquel hombre está, para bien de todos, colocado aparte, y como por cima de los demás, y es monumento vivo de antiguos héroes y caudillos y de mil gloriosos hechos; mientras que un tirano improvisado sale á veces de la hez, del cieno, del más hondo sedimento de las cloacas sociales, y se encumbra, por fuerza ó astucia, no en virtud de ley antigua y veneranda, sino hollando todas las leyes, para plantar su rudo pie sobre el pescuezo de sus iguales y de sus superiores.

Pero, por cima de todas estas consideraciones, vienen á ponerse el brío patriótico, la noble independencia, y el orgullo, para mí digno de aplauso, que prefiere hasta la mayor infelicidad en casa, á un bien, á una ventura, á una felicidad que acudan á traernos los extraños; por todo lo cual aplaudo yo á Andrade, más que cuando adoctrina á todo el humano linaje, cuando se revuelve contra nosotros los europeos y nos injuria elegantemente, en el ardor de su lírica vehemencia, y nos llama enflaquecidos, corrompidos, lacayos, esclavos y otras lindezas.

Su poesía La Libertad y la América es á la vez una diatriba contra nosotros, un himno triunfal al Nuevo Mundo y un cartel de desafío á los europeos.

Y, sin embargo, ésta es la composición que más me agrada de Andrade. En la facilidad, en la riqueza y en la fluidez, parece de Zorrilla; y parece de Víctor Hugo en la crudeza y en el furor con que ensalza á los suyos y á nosotros nos vilipendia y deprime.

Aquí donde algún día vendrán las razas parias
A entrelazar sus brazos en fraternal unión,
A despertar acaso las selvas solitarias,
Con el sublime acento de místicas plegarias,
Cantando los esclavos su eterna redención.
Aquí la vieja Europa con mano enflaquecida,
Con la altanera audacia de la codicia vil,
Quiere injertar su sangre, su sangre corrompida,
Que se derrama á chorros por anchurosa herida,
En la caliente sangre de un pueblo varonil.
Y allá en la blanca cima do el cóndor aletea,
Clavar sobre los cielos su roto pabellón;
Y acá sobre su espalda robusta y gigantea
Colgar de sus lacayos la mísera librea,
Colgar de sus esclavos la insignia de baldón.

Contra este supuesto propósito de Europa, el poeta se alza lleno de indignación, y llama al combate, así á los héroes vivos, como á los héroes muertos; á aquellos que, durante la guerra de emancipación,

En el mar, en el valle, en las montañas,
Revolcaban al león de las Españas,
Que bramaba de rabia y de coraje.

Volviendo luego al primer metro, continúa el cántico triunfal y profético americano, vaticinando un porvenir glorioso para el Nuevo Mundo, é implícitamente al menos, la ruina del Mundo Antiguo.

¡América! tus ríos te ofrecen ancha copa;
La túnica del iris, espléndido dosel;
Las selvas seculares son pliegues de tu ropa;
En tus desiertos cabe la vanidad de Europa:
Las razas del futuro te buscan en tropel.
¡Ni siervos, ni señores, ni estúpido egoísmo!
Al Universo anuncia tu gigantesca voz.
En vez de las almenas del viejo feudalismo,
Con la frente en el cielo, la planta en el abismo,
Los Andes se levantan para tocar á Dios.

Y, por último, el poeta asegura que la historia va á terminar allí; que el non plus ultra de todos los ideales está en su continente; que no hay otro más allá de bello, de bueno, de noble, ni de santo, que lo que su América realice: