Tus Andes son el templo de cúpula de hielo,
En que, después de rudo y ardiente batallar,
Vendrá á colgar sus armas con religioso anhelo
La caravana humana para elevar al cielo
El himno sacrosanto de amor y libertad.

Claro está que en todo esto hay mil parabienes agoreros que deben lisonjear á los argentinos; justas aspiraciones y egregias esperanzas, y además lirismo y pompa poética que á todos nos hechizan. Hay también extravagancias, así en el fondo como en la forma, de cuyas tres cuartas partes, lo menos, hago yo responsable á Víctor Hugo y á la manía que inspira de imitarle.

Veremos aún el Prometeo y otros poemas. Temo cansar á Ud. con tan largo examen crítico; pero Ud. lo ha querido, y ya no hay más sino llevarlo con paciencia.

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4 de Junio de 1888.

VI

Mi distinguido amigo: Incompleto quedaría mi examen de las obras poéticas de Andrade si no hablase yo de la más transcendental: de su Prometeo, inspirado por el de Esquilo.

La crítica literaria dictó en el siglo pasado sentencias tan contrarias á las que dicta en el nuestro, que sería largo demostrar aquí que hoy es cuando tenemos razón, y que los críticos de entonces se equivocaban. Así, pues, suprimo pruebas en gracia de la brevedad, y doy por demostrado que tenemos razón ahora: que ahora toda sentencia que recae sobre libros de la clásica antigüedad es definitiva é irrevocable.

El Prometeo de Esquilo, por lo tanto, drama para los críticos franceses pseudoclásicos, como Voltaire y La Harpe, bárbaro, sin acción y sin caracteres, es para nosotros, y en realidad y para siempre, un prodigio de poesía: una de las obras más sublimes que ha producido el ingenio humano. Dicen que Esquilo consagró sus tragedias al Tiempo, y tuvo razón, ya que el Tiempo agradecido le hace justicia. Hoy las admiramos todas, y sobre todas la de Prometeo, aunque es la segunda parte de su trilogia, de la cual, salvo cortos fragmentos, se han perdido la primera parte y la tercera. En traducir el Prometeo, en comentarle, en explicarle, en completarle ó en imitarle, se han empleado los más egregios poetas, críticos, filólogos y pensadores de nuestra edad: Shelley, Byron, Edgardo Quinet, Goethe, Bunsen, A. Maury, Patin y mil otros. Unos han puesto en verso cuanto suponen que Esquilo dejó por decir, ó cuanto dijo y se perdió; otros han dado sentido nuevo á la fábula; otros han disertado largamente para desentrañar todos los misterios que la fábula esconde.

Tal vez esta fábula, entendida de cierto modo, se aviene con el prurito de impiedad y de rebeldía blasfema que hoy atosiga muchos espíritus, y que ha inspirado, por ejemplo, el himno á Satanás de Josué Carducci: tal vez se aviene con la suposición de que en el Supremo Dispensador de los destinos humanos hay tiranía y malevolencia, y de que la gloria y la grandeza del audaz linaje de Japeto está en rebelarse contra esa tiranía y su bienaventuranza en sacudir el yugo.