Aun antes de nuestro siglo, entre los vates precursores, aparece Milton, el cual, en medio de su fe cristiana, sentía ya ese espíritu de rebelión y simpatizaba con él; por donde pone noble grandeza y egregia hermosura en su Príncipe de los demonios, y aun toma para pintarle rasgos del Prometeo del trágico griego.

La sospecha ó la acusación contra la impiedad de Esquilo hubo de mostrarse ya cuando él vivía, y dar origen á la historia de que le mató el águila de Júpiter, dejando caer sobre su calva frente una tortuga que llevaba entre sus garras por el aire.

Críticos y comentadores hay, con todo, que, lejos de ver impiedad en Esquilo, le consideran piadosísimo, y explican la trilogia de Prometeo dándole significación profundamente religiosa. Si el poeta pecó en algo, fué en divulgar doctrinas esotéricas, que se transmitían sólo á los iniciados en los misterios y que se custodiaban en el seno de colegios sacerdotales.

Por lo demás, como todas las mitologías, y singularmente la griega, se formaron por amalgama ó fusión de opuestas y encontradas creencias y modos de sentir y entender, resulta que en esta fábula de Prometeo hay varias y aun opuestas interpretaciones, según se la considere, y aun según sea el autor de que se tome, pues también antes de Esquilo la trató Hesíodo.

De aquí que muchos, apoyándose en la idea de que hubo una revelación primitiva, cuya luz aparece, aunque ofuscada, en el seno del paganismo, ya ven en el Titán filántropo, que padece por amor de los hombres, una confusa prefiguración del Redentor; y ya ven lo mismo en el hijo de Júpiter, en Hércules, que mata el buitre ó el águila que devoraba el renaciente hígado de Prometeo, y reconcilia á éste con Júpiter, á la cual interpretación vienen á dar más fuerza las palabras en que explica Hesíodo la buena voluntad con que Júpiter perdona; porque «así se difundía con mayor gloria sobre la tierra la virtud de su Hijo muy amado».

En el poema de Andrade, más lírico que épico, donde se narra poco y hay muchos versos en que habla el Titán, esta confusión, ó más bien oscuridad entre lo impío y lo piadoso, persiste y no se disipa.

¿Será á Júpiter, ó á Dios mismo, á quien por boca del Titán dice el poeta todos estos insultos y amenazas?

¡Oh Dios caduco! grita
El titán impotente:
Como esta negra carne que renace
Bajo el pico voraz del cuervo inmundo,
Renacerá fulgente
Para alumbrar y fecundar el mundo
La chispa redentora
Que arrebaté á tu cielo despiadado.
Germen de eterna aurora
Del caos en las entrañas arraigado!
Desata, Dios caduco,
La turba ladradora de tus vientos;
Sacude los andrajos de tus nubes,
Y acuda á tus acentos
La noche con sus sombras,
Con montañas de espuma el Oceano:
No apagarán la luz inextinguible
Del pensamiento humano.
¿Qué importa mi martirio,
Mi martirio de siglos, si aun atado,
Júpiter inmortal, yo te provoco,
Júpiter inmortal, yo te maldigo?
¿Si el viejo Prometeo, el titán loco,
El mártir de tu encono,
Siente tronar la ráfaga tremenda
Que va á tumbar tu trono?

Otro punto hay también, en el cual los opuestos y discordantes elementos que entraron en la fábula, argumento de la tragedia de Prometeo, hacen oscura su significación en Esquilo. Todavía, después de tantos siglos, queda en el poema de Andrade la misma oscuridad, vaguedad ó indecisión, la cual sería grave falta en cualquiera obra didáctica en prosa; pero en verso está bien y tiene singular hechizo, pues pinta la indecisión, las dudas, las contradicciones de la mente humana, así cinco ó seis siglos antes de Cristo, como diez y nueve después.

Entonces y ahora los hombres no estaban ni están contentos y satisfechos de lo presente; y así, ya fingen la edad de oro en lo pasado, de la cual hemos descendido por nuestra culpa hasta esta mísera edad de hierro; ya pintan, en lo pasado, una humanidad bestial y feroz, que ha ido y va levantándose, poco a poco, hacia el bien, la luz y la perfección; ya, concertando la antinomia, aseguran la caída primera, creen en una redención ulterior, y en pos de esta redención en el progreso.