De todo esto hay vagamente en Esquilo; y de todo esto hay también vagamente en Andrade.
A la verdad, cuando el Prometeo de este último, atado siempre y padeciendo su martirio, llega á descubrir sobre el Gólgota la Cruz del Salvador, el poeta argentino nos alucina por un momento y nos parece completamente cristiano. Se puede imaginar que la significación profética que da Augusto Nicolás á Prometeo es la que le inspira. El Prometeo de Andrade dice algo por el orden de las santas y hermosas palabras del viejo Simeón: Nunc dimittis servum tuum, Domine, in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum.
«¡Al fin puedo morir—grita el gigante
Con sublime ademán y voz de trueno.—
Aquella es la bandera de combate,
Que en el aire sereno
Ó al soplo de pujantes tempestades
Va á desplegar el pensamiento humano,
Teñida con la sangre de otro mártir,
Prometeo cristiano,
Para expulsar del orgulloso Olimpo
Las caducas deidades.
Es un nuevo planeta que aparece
Tras los montes salvajes de Judea
Para alumbrar un ancho derrotero
Á la conciencia humana:
El germen fulgurante de la idea
Que arrebaté al Olimpo despiadado;
La encarnación gigante de mi raza,
La raza prometeana.
¡Al fin puedo morir! Hijo de Urano,
Llevo sangre de dioses en las venas.
¡Sangre que al fin se hiela!
Aquel que me sucede, hijo del hombre,
Lleva el fuego sagrado,
Que eternamente riela,
Ya le azoten los siglos con sus alas,
Ó el viento furibundo;
El fuego del espíritu, heredero
Del imperio del mundo.»
Sin embargo, después de la atenta lectura de estos versos, se nota harto bien que el sentimiento cristiano ha entrado en ellos en pequeñísima dosis.
Cristo, según el poeta, vale más que Prometeo, no porque es Dios, sino porque es menos Dios y más hombre que el titán. Para el poeta, Prometeo, Cristo, Galileo, Sócrates, en suma, todo sabio que haya sido algo perseguido ó muy perseguido por clérigos y frailes, por inquisidores ó por dioses de cualquiera laya, viene á ser un titán, un Prometeo de mayor ó menor calibre, la personificación ó la encarnación del pensamiento humano, que es el verdadero Dios que inspira su poema y á quien le dedica.
El Prometeo de Andrade muere en cuanto ve morir á Jesús, y muere porque mueren los dioses todos para que reine sin rival el espíritu del hombre.
El poeta termina su obra entonando á este espíritu un cántico triunfal muy entusiasta. Todos los pensadores futuros serán otros tantos Prometeos, que es de suponer que no llegarán á padecer, ni con mucho, lo que padeció el titán, ni serán crucificados como Cristo, ni beberán cicuta como Sócrates, ni tendrán que sentir ninguna otra desazón mayúscula, como no hagan alguna tunantería ó algún disparate. Estos nuevos pensadores contribuirán á que amanezca pronto el claro día
En que el error y el fanatismo espiren
Con doliente y confuso clamoreo.
Los poetas harán también brillante papel en este drama del porvenir. Andrade no cree, por dicha, como creen y sostienen ahora algunos pensadores del Ateneo de Madrid, que la poesía, al menos la rimada ó metrificada, va á morir por inútil. Los poetas serán las aves que cantarán la venida de esa aurora mental y social, y que secarán con sus alas la sangre y el sudor de los pensadores, perseguidos ó afanosos, si ellos se afanan y si alguien los persigue.
Para mí es evidentísimo que hay en todo este poema de Andrade portentoso brío y gran vuelo de inspiración. Lo que se echa muy de menos, y ¿por qué no decirlo con franqueza? es el estudio para prepararse á escribirle y el estudio al escribirle.