No quiero pararme en el desaliño ni en las rarezas del lenguaje. No gusto de disputar, y alguien hallará bien quizás lo que yo hallo deplorable; pero quede consignado, sin atreverme á decir que no está bien, que no me suena el que Cristo sea planeta, y que preferiría que fuese estrella ó sol; que la raza prometeana me choca y lastima los oídos, y que celebraría yo que Prometeo viese la Cruz y no la silueta de la Cruz. La silueta me hace pensar en seguida en figurillas de papel recortadas con tijeras.
Las fábulas gentílicas no merecen el respeto que merece la historia. El poeta puede modificarlas á su antojo y bordar sobre ellas; pero aun en esta licencia se han de poner condiciones: de no observarlas, surgirán inconvenientes en daño del poema licencioso. Mientras más clara y transparente sea en Prometeo la representación del genio del hombre ó del pensamiento humano, menos vida poética tendrá el personaje: más se acercará á la fría abstracción: más se esfumará como mera é insustancial alegoría. Para Esquilo y para los atenienses, público de Esquilo, Prometeo era persona de verdad; y Júpiter y las ninfas del Océano, y todos los seres que aparecen en el drama, distan mucho de ser abstracciones y vanas prosopopeyas. Por esto sólo, aunque no lo fuese por más, sería el Prometeo de Esquilo superior á todos los Prometeos que se han escrito más tarde.
Los denuestos del poeta griego contra su Zeus ó Júpiter, vivo y reinante, debían de pasmar por su audacia: eran la protesta hermosa del derecho y de la razón contra la violencia y el poder. En el día nada significa hablar mal de Júpiter. Y si Júpiter es la superstición, el fanatismo, la idea de Dios ó un Dios en quien no se cree, y es como si no fuera, todo elemento dramático y épico se desvanece, y se reduce el poema á la lucha de una abstracción contra otra.
Ya se entiende que digo esto como consideración general, que afecta poco al mérito del poema de Andrade. El, ó reflexivamente ó por instinto, pensó como yo, é hizo su poema lírico, y no epopeya ni drama.
Y no es esto decir que, en nuestra edad moderna, no sea posible una epopeya ó un drama sobre Prometeo; pero, á mi ver, ha de ser de uno de estos tres modos: ya poniendo en parodia y en solfa el asunto, como en las operetas de Offenbach; ya ciñéndose con inspiración erudita al espíritu y pensar de los antiguos, sin bastardear ni mezclar las ideas anacrónicamente. Por tal estilo, bien podría un poeta muy helenista y muy sabio restaurar la trilogía, completando lo que de Esquilo nos falta, así como Leopardi compuso el himno á Neptuno, que parece traducción literal de uno de los himnos que se atribuyen á Homero. Puede, por último, y más bien pudo hará doscientos ó más años, cuando la filosofía de la historia no se había popularizado tanto, y cuando los poetas no metafisiqueaban tanto como hoy á sabiendas y reflexivamente, dar la fábula de Prometeo asunto para un drama, que no fuese bufo como las operetas, ni arqueológico tampoco, sino con moderno significado.
Calderón, á mi ver, nos dejó lindo ejemplo de esto en su precioso drama La estatua de Prometeo. Su intento fué sólo escribir una gran comedia de magia con mucha vistosa pompa, música y canto; pero la inspiración fué más allá del intento. Informada é iluminada la fábula terrible por la luz del cristianismo y por sus alegres esperanzas, toma el aspecto más risueño y tiene el desenlace más dichoso. El coro canta, con razón, al terminar:
Feliz quien vió
El mal convertido en bien
Y el bien en mejor.
Prometeo, así como Epimeteo su hermano, no son figuras alegóricas, sino personajes reales. Prometeo, sabio; Epimeteo, guerrero. Representan, no obstante, la lucha de las armas y las letras, de la razón y de la pasión, de la ciencia y del instinto violento y ciego. Aunque rodeados de personajes simbólicos y mitológicos, hay realidad y vida en ambos protagonistas.
La lucha que entre ellos estalla viene á parar en reconciliación interviniendo Minerva, ó la sabiduría misma, y Apolo, ó el padre de la luz, los cuales interceden con el sumo Jove, quien perdona antes de que Prometeo padezca el suplicio á que estaba condenado. Pandora no es causa de todos los males, como en Hesíodo, tan aborrecedor de las mujeres.
Para el galante Calderón, que rendía culto á la mujer, y para quien