Entre tanto, he recibido, sin saber quién me los envía, los números de La Nación, de Bogotá, fechas 18 y 25 del último Mayo, donde contesta usted muy discreta y amablemente á mi primera Carta americana, defendiendo con gran calor y habilidad á Víctor Hugo é impugnando mi crítica en lo que á Víctor Hugo es adversa.

En la impugnación se muestra Ud. tan cortés, tan benigno y tan amable conmigo, que la gratitud me desarma, y casi me siento capaz, á fin de ser á Ud. grato, de confesar que me he equivocado: que la musa de Víctor Hugo no tiene falta ni mácula, y que, si la tiene, la hermosea en vez de afearla, como velloso lunar á una linda moza, haciendo resaltar más con su negrura lo sonrosado de la mejilla ó la limpia candidez de la desnuda espalda, donde el lunar campea y descuella como matita de bambúes en prado de flores.

Los artículos de Ud. me llevan además á hacer escrupuloso examen de conciencia. ¿Señor—me digo,—habré yo pecado denigrando, ó rebajando al menos, el mérito del gran poeta por odio y envidia de español contra lo francés en particular, y en general contra todo lo extranjero? Raro es el español que sintió jamás tal odio ni tal envidia, y no soy yo ese español raro.

Hasta cuando estábamos muy soberbios y engreídos y no cesábamos de hablar de Pavía, Otumba, San Quintín y Lepanto, y de que el sol no se ponía en nuestros dominios, no nos dió jamás por denigrar á nadie.

Todo nos parecía mejor en tierra extranjera, ó porque era mejor, ó porque el atractivo de la novedad hacía que así nos pareciese. Hasta los poetas, que por lo común son arrogantes, eran humildes en España al compararse con los extranjeros. Lope de Vega, por ejemplo, que no me parece que era un poeta de tres al cuarto, decía, refiriéndose á los italianos, que no se atrevía á competir con ellos,

Que son solos y soles,
Él con sus rudos versos españoles.

Lo que es en el día andamos tan abatidos, que no hay objeto que no nos parezca mejor siendo extranjero que siendo español; y de cuanto admiramos, es lo francés lo que admiramos más, por ser lo que menos mal conocemos. Siguiendo esta regla y esta propensión nuestra, aseguro á usted que mientras más hondamente lo considero, más me persuado de que, lejos de escatimar á Víctor Hugo la alabanza, me he excedido en ella; y llamando á Víctor Hugo rey de los poetas de nuestro siglo, he agraviado á Byron, á Goethe y á no pocos otros, que tal vez tuvieran más derecho que él á esa corona.

¿Qué es, pues, lo que yo puedo y debo replicar á los artículos de Ud. insertos en La Nación? Lo mejor es dar el punto por suficientemente discutido. Dejemos á Víctor Hugo que descanse en paz sobre sus laureles, y hablemos de los poetas que escriben en mi propio idioma, y cuyas obras usted me envía, como me dice en su carta, desde un rincón de los Andes.

No puede Ud. imaginar cuánto me agrada y qué gran curiosidad me inspira ese rincón, como usted le llama.

Cuantas descripciones he leído de su tierra de usted, hechas por Alejandro Humboldt, por García Mérou, por el barón de Japurá, padre de una simpática marquesa, española por adopción, y mujer de un antiguo y excelente amigo mío, y por Miguel Cané, discreto escritor y viajero argentino, hoy ministro de su república en esta corte, todo me atrae y cautiva; y aseguro á usted que, si yo no fuese ya y no estuviese ya tan viejo, había aún de ir á Bogotá á hacer á Ud. una visita y á ver el estupendo salto del Tequendama, de tan superior elevación al del Niágara, que he visto.