Lejos de parecerme Bogotá un rincón, se me figura que Bogotá va á ser el centro del mundo en lo venidero, cuando el canal interoceánico acabe de abrirse, y sea en el seno de esa república donde se celebre el gran consorcio de la civilización, besándose y abrazándose, dentro de la zona,
Que el sol enamorado circunscribe,
las ondas del Atlántico y del Pacífico.
Y no crea Ud. que lo que más me encantaría ahí, aunque soy muy apasionado á la hermosura y sublimidad de la naturaleza, serían los fértiles y exuberantes valles y vegas por donde corren el Magdalena y el Cauca; ni la riqueza y variedad de frutos, plantas y flores que hay en la hermosa patria de Ud.; ni la misma catarata, vencedora del Niágara, y una de las maravillas que hay que ver en este planeta, catarata en que se derrumban las aguas del Bogotá desde una altura de 180 metros, y pasan por el aire, desde la tierra fría, desde un clima como el del centro de España, á la tierra caliente, poblada de naranjales y de palmas, y donde revolotean los loros y guacamayos. Todo esto, con un poco de imaginación, se ve en espíritu, leyendo las descripciones de los viajeros, casi como si se viese materialmente con los ojos del cuerpo y se tocase con las manos. Lo que á mí me encantaría más sería ver trasplantada, en esa meseta de los Andes, con hondas raíces, lozana y llena de savia y de vida, la antigua civilización de la metrópoli; sería ver en Bogotá como un foco de luz propia, como un primer móvil de inteligencia castiza, que sin desechar, sino conociendo y estimando todo el moderno saber de los demás pueblos de Europa, imprime en cuanto hace el sello y el carácter de la raza española, con algo además de singular y exclusivo que la determina y distingue como colombiana.
Es lástima que no lleguen por aquí ni leamos nosotros sino poquísimos de los libros en prosa que Uds. escriben. Yo, lo confieso, aun no he leído más que una novela de Bogotá: Tránsito, de Silvestre. Y aseguro á Ud. que han quedado vivamente impresas en mi mente las escenas que describe, en las fecundas márgenes del Magdalena; las fiestas populares, las alegres cabalgatas, los apasionados amoríos, y el poético baile y tonada y canto á la vez que llaman bambuco, y que se me figura que no ha de ser inferior á nuestros fandangos, boleros, jotas y seguidillas. Todo lo que leo de ahí me parece más que español. Tal vez nosotros vamos degenerando, ó por decirlo así destiñéndonos y como perdiéndonos modestamente en la cola de la cultura europea, mientras que Uds. conservan mejor el individualismo, la autonomía de raza. Ahí puede llamarse aún cachaco un dandy y cachaquería la high life. Ahí siguen los coliches ó asaltos, como los había en mi mocedad en nuestras ciudades de provincia cuando improvisábamos un baile en la casa de algún amigo, invadida de repente. Y ahí se canta, se baila y se toca el bambuco en coro, por galanes y damas, que comprenden, estiman y ejecutan, la música más sabia de Schubert, de Chopín y de Beethoven, y aun compiten con ella, escribiéndola, como nos cuenta el Sr. Cané de la señorita doña Teresa Tanco.
El mismo Sr. Cané, en su precioso libro de impresiones titulado En viaje, nos describe con tal entusiasmo la cultura, la hospitalidad y el trato afable y discreto de la sociedad elegante de Bogotá, que pone deseo de ir á gozar de ella y de ver en el riñón de América, en una planicie ó extensa nava en el centro de los Andes, á la altura de 2.700 metros sobre el nivel del mar, algo como un paraíso terrestre, de clima apacible, de perenne primavera, donde existen todos los refinamientos que la vida moderna puede dar al espíritu; y no pocos de los regalos, comodidades y conforts, como dicen ahora, de que pueden disfrutar nuestros cuerpos.
Todo lo que el Sr. Cané cuenta de este paraíso lo creo yo á pie juntillas; y no es exceso de fe, pues está confirmado por las relaciones de otros viajeros, como el Sr. García Mérou, el barón de Japurá y el mismo Humboldt, á quienes ya he citado, y sobre todo por los libros que Uds. escriben, que son la mejor y más irrefragable prueba de dicha cultura.
En lo que yo creo descubrir cierta exageración es en los graves peligros, dificultades enormes y rudas fatigas que hay que arrostrar, superar y sufrir para llegar á esa ciudad, capital de los Estados Unidos de Colombia, donde tan agradablemente se vive. Bien dijo el divino poeta Ludovico Ariosto:
Chi va lontan dalla sua patria, vede
Cose da quel, che già credea, lontane,
Che, narrandole poi, non se gli crede
E stimato bugiardo ne rimane,
Ch’il vulgo sciocco non gil vuol dar fede
Se non le vede e tocca chiare e piane.
Y así, si bien yo no quiero pasar por alguien del volgo sciocco, y menos aún por poner en duda la exactitud de las noticias del Sr. Cané, y no niego nada de lo que cuenta, todavía me atrevo á disminuir un poco en mi mente de los calores infernales que pasó desde Barranquilla hasta Honda; de la violencia de los chorros ó rápidos del Magdalena; de la multitud de caimanes que se ven en el río y por las orillas del río, por manadas á veces de sesenta, y cada uno con cinco ó seis metros de longitud; de las feroces picaduras de los mosquitos, de que es víctima quien sube en vapor contra la corriente del Magdalena, navegación que dura doce ó catorce días; y de la expedición á caballo ó en mulas desde Honda ó Bodegas, al borde del río, hasta la nava ó planicie de Bogotá, pasando por espantosos desfiladeros, capaces de poner de punta los cabellos del mismo Cid Campeador.