A la verdad que á tanta costa, y exponiéndome á tanto percance, tal vez ni aun cuando yo estuviese ahora en la flor de la juventud, me atrevería á ir á Bogotá. El Sr. Cané pinta la empresa casi como sobrehumana para un hombre civilizado. Hubo momentos en que dice que se apoderó de su espíritu una desesperación infinita y en que sintió deseos de arrojarse al río á pesar de los caimanes, ó de pegarse un tiro y acabar con aquel martirio sin gloria, sin excitación moral, sin propósito alentador.
Repito que todo esto me parece exagerado. Los argentinos deben de ser más vivos de imaginación y más dados á ponderar que los andaluces. Pero como quiera que sea, en vista de esos peligros, de ese abrasado país que rodea el paraíso de Bogotá, y que es menester atravesar para penetrar en él, me representaba yo á Bogotá, al leer el libro del Sr. Cané, como á la hermosa Walquiria Brunequilda, á quien el dios su padre, á fin de que nadie pudiese gozar de su gentil presencia, trato y afecto, sin mostrar antes el ánimo más esforzado, circundó de un espantoso círculo de voraces llamas, en cuyo centro ella quedó dormida durante siglos, como puede verse en la bella ópera de Ricardo Wagner.
Asimismo, representándome todo el cúmulo de obstáculos que para llegar á Bogotá deben allanarse, y después lo agradable y ameno de la vida en Bogotá, donde hay tanto músico y tanto poeta, recordaba yo la antiquísima fábula griega del país de los Hiperbóreos, para llegar al cual se necesita pasar más allá de las Montañas rifeas, donde Bóreas vive y donde hay tremendos peligros y todo es inhospitable. Pero, salvados la aspereza y el horror de las referidas montañas, hallábase el viajero en medio de un pueblo excelente, predilecto del dios Apolo, donde casi todos los habitantes cantaban y tocaban deliciosamente la lira, y donde las lindas mujeres eran también cantoras, y bailaban con rara gallardía, y cautivaban los corazones con su ingenio y con su gracia.
En resolución, yo acepto, sin rebajar un ápice y sin borrar un tilde, todo lo bueno que en alabanza de Bogotá dice el Sr. Cané en su divertido é interesante libro; pero si no borro, rebajo bastante de los trabajos y de los casos peligrosos de la peregrinación hasta allí desde Barranquilla. ¿Quién sabe si dentro de diez ó doce años, ó antes, ya desde Barranquilla, ya desde un punto cualquiera de la costa, se subirá por ferrocarril hasta Bogotá con la misma facilidad con que se va ahora desde París á Bruselas?
Por lo pronto, no podemos negar, aunque sí atenuar algo, las penalidades de la ascensión. Y, por cierto, que lo que apenas puede concebir la fantasía, y supone un valor sobrenatural, es la hazaña de llegar hasta allí, y de descubrir y conquistar aquello, como lo hicieron en 1556 un puñado de españoles, á las órdenes de D. Gonzalo Jiménez de Quesada. Cerca de un año duró la peregrinación, y en ella murió la mitad de los aventureros que mandaba D. Gonzalo, vencidos por el hambre, los animales ponzoñosos, las fiebres y las inclemencias del cielo; pero, como dice el Sr. Martín García Mérou en sus Impresiones, «al alcanzar la elevada planicie, hallaron la recompensa de sus fatigas. Aquel era el país de los chibchas, el más opulento y el más civilizado que habían encontrado hasta entonces, con sus verdes sementeras, sus poblaciones indígenas, los palacios de sus caciques, la fecundidad de sus campos y la abundancia de sus aguas».
La planicie de Bogotá fué, pues, desde antes que los españoles la descubrieran, centro y foco de civilización. Los chibchas ó muiscas de entonces no eran inferiores en cultura á los súbditos de Atahualpa y de Moctezuma, así como los bogotanos de ahora son el pueblo más aficionado á las letras, ciencias y artes de toda la América española.
Desde que el Nuevo Reino de Granada se cristianizó y se españolizó han abundado en él poetas é historiadores, que algo nos han descubierto de su antigua manera de ser, de su mitología, leyendas y vida anterior á la conquista.
De todo esto quisiera yo hablar extensamente, porque todo esto es muy curioso; pero si empiezo tan ab ovo, ¿qué infinidad de cartas no tendré que escribir si he de llegar á decir algo del Parnaso Colombiano que Ud. me ha remitido?
El Parnaso Colombiano consta de dos tomos de cerca de 400 páginas cada uno, impresos el tomo I en 1886 y el tomo II en 1887, y que contienen composiciones de más de cien poetas y de quince ó diez y seis poetisas, contemporáneos todos, ó sea posteriores á la independencia. Pero como Ud. amplifica é ilustra la colección hecha por Julio Añez con un extenso discurso preliminar, que puede considerarse como compendio de la historia literaria de Colombia, por fuerza, aunque no quiera, tendré que hablar de todo, si he de dar mi opinión á Ud.; y á los demás que leyeren estas cartas, cierta idea de lo que es ese pueblo y de lo que importa y vale su vida intelectual.
Y ya se entiende que lo que yo diga ha de ser muy somero, por dos razones: porque yo, de mío, soy muy poco profundo, y porque debo ser breve para no cansar.