Aseguro á Ud. que si no fuese por esta invencible scribendi cacoethes que me aqueja, la tal cuestión de lo profundo y de lo somero me hubiera hecho arrojar la pluma lejos de mí desde hace años. Yo necesito un público mediano en lo tocante á sabidurías: que sepa algo para que no le parezca pesada mi corta erudición; que no sea muy desdeñoso é indiferente para el saber, á fin de que el mío le interese; y que no sepa mucho, á fin de que algo de lo que yo le diga le coja de nuevas, y no lo considere como sabido y resabido, y que ya no se debe ni recordar. Como aquí, ó el público es muy sabio, sobrado sabio, ó no se le da un comino de todas las sabidurías, yo estoy perdido, y con las cosas que he publicado me han ocurrido mil desengaños.
Pondré ejemplos.
Cuando traduje del alemán la obra de Schack titulada Poesía y arte de los árabes en España, imaginaron muchos que todas aquellas coplas y todos aquellos poetas eran creación mía, y como creación mía, los desdeñaron; pero en cambio los profundos orientalistas españoles despreciaron, no sólo la traducción, sino el original que yo había traducido. Los versos todos estaban tomados por Schack, que no sabe árabe, de no sé cuántas traducciones en lenguas modernas de Europa. En suma, mi trabajo era superficialísimo y no enseñaba nada.
Con mis cartas á D. Jesús Ceballos Dosamantes me ha pasado algo más gracioso aún, si no fuese tan lamentable. Para muchos, yo soy el inventor de D. Jesús Ceballos Dosamantes y de su Perfeccionismo absoluto, imaginado adrede por mí para decir algunas burlas, como si mil sistemas filosóficos europeos no se prestasen á más burlas, si está uno de humor para hacerlas; pero en cambio el público re-sabio nada halla nuevo ni peregrino en D. Jesús Ceballos Dosamantes, ni en su impugnador ó expositor tampoco: todo lo han leído y releído, y casi se lo tienen ya olvidado, por saberlo tan bien desde que tomaban papilla.
Así, escribir para mí es como navegar entre dos escollos; pero yo he de escribir sin remedio. No puedo curarme de mi afición á escribir. Lo que procuro inculcar siempre en el ánimo de mis lectores es que no pretendo enseñar, sino entretener un rato, si puedo, y además divulgar algunos conocimientos que los sabios están ya hartos y aun tifos de saber, pero que varias personas cándidas y de buena fe ignoran y no desdeñan que lleguen á su noticia.
En estas cartas, pues, nada trato yo de enseñar á los sabios; pero me daré por pagado de que á Ud. contenten y de que esas varias y pocas personas cándidas sepan por ellas que hay del otro lado del Atlántico, en el corazón de la América meridional, sobre esa elevada meseta ó nava de los Andes, cierta agrupación de españoles emancipados, nación nueva, hija de la nuestra, donde nuestro idioma se cultiva y se habla y se escribe con primor, elegancia y pureza, y donde brillan nuestras artes y antigua cultura, transfiguradas y modificadas por otro cielo, por la distancia y por diversas condiciones sociales.
Con tan buen propósito seguiré escribiendo estas cartas, sin arredrarme ni desanimarme, si bien procurando que no sean muy largas, ni muchas.
Y aquí termino la primera, asegurando á usted que soy su agradecido amigo.
*
* *
20 de Agosto de 1888.