II
Muy estimado señor mío: En mi sentir, y ya lo he dicho no pocas veces, sin que crea yo que mi aserto pueda ofender al colombiano más celoso de su nacional autonomía, la literatura de su país de Ud. es parte de la literatura española, y seguirá siéndolo, mientras Colombia sea lo que es y no otra cosa. No quita esto que se dé diferencia dentro del género, que en la unidad quepa la variedad con holgura; que sobre la condición general de españolismo se note en toda obra del ingenio de Colombia un sello especial y característico; y menos impide que, con el andar del tiempo, pueda llegar lo que Colombia intelectualmente produzca á igualar y aun á superar en mérito y en abundancia la producción literaria de esta Península.
Entendidas las cosas así, es doble falta por parte de España el desconocimiento general (y no niego que hay excepciones y personas que saben aquí cuanto de ahí hay que saber) del movimiento intelectual de esa República. Ustedes nos leen, nos conocen, nos estudian, pero en España se sabe poquísimo de los autores colombianos. A remediar esto ha venido la creación de la Academia colombiana de la lengua, correspondiente de nuestra Real Academia Española. Así la fraternidad se restablece, y así revive la comunicación entre España y su antigua colonia, hoy emancipada. De esperar es que este elevado comercio, digámoslo así, se extienda y divulgue algo más, para honra y provecho de los que escribimos, y que un libro de historia, una novela ó un poema de un ingenio de Colombia halle su público en Madrid, sea objeto de nuestra crítica, llame aquí la atención é interese, y se venda en nuestras librerías, con relación á su mérito, como cualquiera obra de un escritor peninsular.
Mi deseo es que todo libro colombiano, de algún valer, deje de ser una curiosidad bibliográfica en España, y naturalmente que también los libros españoles lleguen á tener en Colombia más público del que tienen hoy.
Aun distamos mucho de que se logre esta harto modesta aspiración. Y casi me atrevo á asegurar que en toda nuestra Península é islas adyacentes no hay, ni en poder de los libreros, ni en manos de aficionados á versos, más ejemplares del Parnaso Colombiano que los que Ud. y el Sr. Añez hayan enviado de presente, entre los cuales está el mío.
Al dar yo cuenta aquí del Parnaso Colombiano me parece, pues, que doy cuenta de una rareza literaria.
Toda literatura tiene sus precedentes, y la de ustedes, que puede decirse que empieza con esta centuria, los tiene nobilísimos desde que nació la Colonia.
Ya anuncia y augura la vocación literaria de esa nación que el descubridor, conquistador y fundador D. Gonzalo Jiménez de Quesada fuese letrado á par que guerrero, que tomase ora la espada, ora la pluma, y que dejase escritos un Compendio historial, y lo que peor parece que se aviene con su carácter y condición de batallador y aventurero, una obra devota: Colección de sermones con destino á ser predicados en las festividades de Nuestra Señora.
También fué aventurero y soldado el ilustre Juan de Castellanos, que igualmente fué por ahí desde España.
Después de larga vida militar, llena de azares y aventuras, se hizo sacerdote, y retirado en Tunja, empleó los ocios de su sana y robusta vejez en escribir todo cuanto sabía, ó por lectura, ó de oídas, ó por haberlo presenciado, y aun representado en ello su papel, «de la variedad y muchedumbre de cosas acontecidas en las islas y costas del mar del Norte de estas Indias Occidentales, donde, añade él en su dedicatoria á Felipe II, he gastado yo lo más y mejor del discurso de mi vida,» etc.