No diremos que Juan de Castellanos sea un Virgilio, ni llegue siquiera en pasaje alguno á la alta é inspirada entonación de Ercilla; pero son asombrosos y simpáticos su facilidad, el candor de su estilo, la frase natural y castiza, y á veces la gracia y el primor con que lo va refiriendo todo en octavas reales ó de versos endecasílabos. Su obra es inmensa, pues no sólo compuso las Elegías de varones ilustres de Indias, que llenan un tomo de 565 páginas de la compacta edición de Autores Españoles de Rivadeneira, y contienen muy cerca de noventa mil versos, sino también una Historia del Nuevo Reino de Granada, que andaba inédita y como perdida, y que há poco publicó por vez primera D. Mariano Catalina en su Colección de Escritores castellanos. Todo esto lo hacía el historiador-poeta sin esperar remuneración alguna, sino la de su beneficio, y, como dice con cándida sencillez, «para no comer el pan de balde».

Y no se imagine que la lectura de las obras de Juan de Castellanos sea fatigosa é inútil. Contienen las obras un precioso tesoro de noticias, y no rara vez caen muy en gracia la inocente malicia, el desenfado y la soltura con que refieren algunas cosas cómicas ó les ponen comentarios. Así, al hablar de cierta fuente milagrosa que devolvía doncellez y vigor á mujeres y á hombres, pondera Castellanos la multitud de gente que iría en peregrinación allí, si el hecho fuera indudable, para recobrar sus antiguas gallardías, y añade:

Cierto, no se tomaran pena tanta
Por ir á visitar la Tierra Santa.

Parece, á la verdad, un cuento de Lafontaine aquel episodio del portugués, enamorado de la india, que no gustaba de él y quería abandonarle. El portugués, para gala y como principio de civilización y de púdico decoro, había revestido á la india de una camisa. Era de noche: la india estaba al lado de su amigo, y para alejarse pretextó cierto indispensable negocio. Como la india era ladina, pensó en que la camisa blanqueaba en la obscuridad, y quitándosela á escape, se quedó con el traje que fué de su crianza. Así se escapó de entre las manos del portugués, el cual, contemplando siempre la camisa, que había dejado ella tendida en unas matas, creía que allí estaba la señora de sus pensamientos. Impaciente ya de que tardase tanto, el portugués decía: Ven ya á os brazos do galan que te deseia.

Viendo no responder, tomó consejo
De levantarse con ardiente brío,
Diciendo: ¿Cuidas tú que non te vejo?
¡Vejot muyto ben pelo atavio...!
Echóle mano, mas halló el pellejo
De la querida carne ya vacío:
Tornóse, pues, con sólo la camisa,
Y más lleno de lloro que de risa.

A más de Juan de Castellanos habla Ud. en su Estudio preliminar de otros muchos escritores que hubo ahí durante el período colonial, descollando entre los poetas Hernando Domínguez Camargo, autor de un poema sobre San Ignacio de Loyola; D. Francisco Alvarez de Velasco y una inspirada y mística monja llamada la Madre Castillo.

Por lo demás, la historia literaria de ahí sigue un curso paralelo al de la nuestra: idéntico culteranismo ó gongorismo en el siglo XVII; idéntica decadencia prosaica hasta mediado el siglo XVIII, y hacia fin del siglo XVIII y en el primer tercio del siglo XIX, cierto renacimiento y gusto más puro y elevado, aunque debido al menoscabo de la originalidad castiza y á la imitación, si no de las composiciones, de los preceptos del pseudo-clasicismo francés.

El romanticismo penetró ahí, como en España, por medio de la literatura francesa. Y justo es confesar que si durante el imperio pseudo-clásico seguimos los preceptos franceses, y nuestra poesía estuvo impregnada, así como la política, de la ligera filosofía sensualista, liberalesca y filantrópica ó humanitaria de Francia, la poesía era, en la forma, menos imitadora que lo fué después de la francesa. El pseudo-clasicismo francés no había tenido un Víctor Hugo que darnos por modelo. De aquí que nuestros poetas peninsulares anteriores al romanticismo, aunque estén inspirados por Rousseau ó por Voltaire ó por otros autores de Francia, son castizos en la forma; y si á alguien imitan, es á los clásicos griegos y latinos, á los italianos y á nuestros mismos clásicos del siglo XVI. Lo propio puede decirse de los poetas hispano-americanos del citado período. Con el romanticismo perdimos, sobre todo en América, en la castiza originalidad de la forma. Y digo sobre todo en América, porque ahí, como en tierra de menos recuerdos y que mira más al porvenir, prevaleció el romanticismo de las ideas modernas sobre el romanticismo retrospectivo é histórico, que nos dió en España al duque de Rivas y á Zorrilla, y que prestó á Arolas, á Hartzenbusch, á García Gutiérrez y á muchos otros un fondo y un color castizos y populares, los cuales vinieron á extenderse hasta por las obras de los poetas más cosmopolitas, como Espronceda.

Pero pasó de moda el romanticismo, como el pseudo-clasicismo había pasado, y tanto en España cuanto en Colombia, realizada esta revolución literaria, indispensable y bienhechora, se sintieron sus saludables efectos, y apareció una filosofía del arte, y por lo tanto una crítica, más comprensiva y transcendente.

En este punto, y guiado Ud. por esta más alta crítica, habla y juzga á los autores, todos sus contemporáneos y compatricios, que el Parnaso Colombiano encierra.