En el fondo de sus ideas, como en el fondo de las nuestras, ¿quién negará que hay mucho elemento filosófico y científico, importado de Francia, de Inglaterra y de Alemania? Vamos detrás de estas naciones, y el abatimiento y la modestia nos inducen á creer que vamos aún más rezagados. Pero el sentimiento y la forma, y el medio ambiente y los recuerdos históricos salvan y dan realce á la propia originalidad, y producen una poesía que no carece de ser y de índole peculiares.

Aunque Uds., como nosotros, se dejan influir por poetas extranjeros, siendo los que más han influído últimamente, tanto ahí cuanto aquí, Byron, Víctor Hugo y Enrique Heine, yo noto con mucho gusto que, contra esta corriente de extranjerismo, luchan en Colombia, no sin éxito, la buena tradición española y el ejemplo y el modelo que ofrecen poetas peninsulares del día, conocidos todos en América, y tal vez más queridos, encomiados y estudiados que en España.

Nuestros poetas, de los que veo más huella y sabor en los novísimos colombianos, son Bécquer, Campoamor y Núñez de Arce.

Los que Ud. más celebra y los que antes han tenido ahí más influjo son Quintana, el duque de Rivas, Espronceda, García Gutiérrez, Tassara y Bermúdez de Castro. Y al que Ud. pone por las nubes, como contradiciéndonos, pero no á mí, que sigo casi su opinión, es á Zorrilla, á quien Ud. llama la primera figura poética de España en este siglo.

Con lo dicho se empieza á formar idea de la fisonomía general del Parnaso Colombiano. Hay que añadir ahora otros rasgos singulares. A pesar de la extraordinaria facilidad con que en Colombia se versifica, y aunque es Colombia una república democrática, su poesía es aristocrática, culta y atildada. Se ve que es producto de algo como una casta superior, dominadora aún, no por las leyes que á todos hacen iguales, sino por la inteligencia, el saber y la cultura, que importó en el país, sobre otra casta inferior, que no se ha extinguido ni ha desaparecido casi, como en las que fueron colonias inglesas, sino que vive en cierta subordinación patriarcal y suave.

Las ideas, los sentimientos, el habla, la religión, las costumbres y tradiciones importados de España por los que vinieron á fundar la colonia, persisten, pues, y son tenidos en gran veneración. Son como los dioses penates, que no ahuyentaron ni la revolución, ni la guerra de la independencia contra la metrópoli, ni las ulteriores guerras civiles.

De aquí que el hombre quizá más eminente en Colombia por el pensamiento, en el vigor de su edad aún (nació en 1843), sea un ultraconservador, un tradicionalista, lo que llamábamos pocos años há en España un neocatólico; pero un neocatólico, un retrógrado, que, como dice el liberal Sr. Cané, «ha leído cuanto es posible leer en treinta años de vida intelectual. Su alta inteligencia ha entrado á fondo en la literatura moderna, y pocos como él podrían hablar con tal autoridad de lo que en materia de ciencias y letras se ha hecho en el mundo en los últimos cien años.»

Este hombre, además, es un sabio filólogo y humanista, muy versado en los autores clásicos; griegos y latinos, como lo demuestra su hermosa traducción de Virgilio.

Ya se entiende que hablo de Miguel Antonio Caro, hijo de José Eusebio, poeta ilustre también, y de cuyas poesías ha hecho linda edición, agotada ya, el Sr. D. Mariano Catalina, en su Colección de Escritores castellanos.

Miguel Antonio ha escrito mucho en prosa, así de ciencias morales y políticas como de filología. En pocos escritos modernos resplandece más que en los de este autor lo que podemos llamar el españolismo.