Así es que deseamos conservar el buen concepto en que Uds. tan generosamente nos tienen, y defendernos de cualquiera inculpación que tire á menoscabarle.

Usted y el Sr. Rivas Groot me acusan de Zoilo; de que procuro rebajar el mérito de Víctor Hugo. Pero aunque fuera así, ¿es Víctor Hugo inexpugnable y está por cima de toda crítica? Los fallos que se han dado en su favor, ¿son tan sin apelación que le dejen más á salvo de todo ataque que á Calderón ó á Shakspeare, pongo por caso? Pues bien: el valor de estos dos insignes poetas ha sido de harto distinta manera ponderado y tasado. ¿Qué distancia no hay entre el mediano aprecio que concede Sismondi á Calderón y la idolatría con que le veneran Schack y ambos Schlegel? ¿Seguiremos á Voltaire y á Moratín, ó á Emerson y á Carlyle, para marcar los grados de entusiasmo que debe inspirarnos el autor de Hamlet?

La verdad es que si hay una inconcusa filosofía del arte, una estética perenne, no se funda en ella hasta ahora ningún inalterable código universal, ó sea ordenada recopilación de reglas con sujeción á las cuales se ejerza la crítica. Y aun dado que el código exista, yo creo que ha de ser difícil de interpretar y de aplicar, cuando tanta discrepancia se nota en los juicios, no ya sobre un singular autor, sino sobre siglos enteros de la literatura de todas las naciones.

Hasta hace pocos años la critica ilustrada afirmaba que casi toda literatura era bárbara é insufrible, salvo en los cuatro siglos de Pericles, Augusto, León X y Luis XIV, á los cuales correspondían las cuatro Poéticas de Aristóteles, Horacio, Vida y Boileau. Ahora hemos venido á dar en el extremo contrario. El Mahabarata, el Ramayana, los Edas y el Nibelungenlied, parecen á muchos mejor que la Eneida, y el Minnegesang mejor que las Odas de Píndaro y del Venusino.

Sin duda que se ha adelantado mucho en Estética. Sin duda que la erudición ha traído de remotos países ó ha desenterrado del polvo de las Bibliotecas ignorados tesoros literarios. Idiomas, civilizaciones enteras, himnos, dramas, epoyeyas, todo ha vuelto á la luz. Ha habido y hay renacimiento universal y cosmopolita. Pero ¿no recela Ud. que tanta novedad nos deslumbre y atolondre? ¿No podremos decir, citando lo del antiguo romance,

Con la grande polvareda
Perdimos á don Beltrane?

Y este don Beltrane, en el caso presente, ¿no será quizás el sentido común, ó, mejor dicho, el recto y reposado juicio?

La crítica antes no era tan profunda: no se fundaba en filosofías, que el crítico á menudo no entiende, sino que se fundaba en cualquiera de las cuatro ya citadas Poéticas, ó en todas ellas, á cuyos preceptos, convengo en que muy literalmente interpretados, solía ceñirse el que criticaba; pero hoy se va éste por los cerros de Úbeda, arma un caramillo de sutilezas, abre abismos rellenos de inefables sentimientos y pensamientos, y se empeña en convencernos de todo lo que se le antoja, haciéndonos tragar como sublimidades mil rarezas y como maravillas del genio mil extravagancias.

Contra estas extravagancias y rarezas, que yo no quiero tragar, y de cuya bondad no logra nadie convencerme, es contra lo que yo voy. A Víctor Hugo, aunque abunda en ellas como el conjunto de mil autores de los más extravagantes, yo le celebro, tal vez en demasía. Yo he llegado á decir que pongo á Víctor Hugo en el trono como rey de los poetas de nuestro siglo por su fecundidad, por su pujanza de imaginación y por otras prendas, si bien Goethe era más profundo y más sabio; y Leopardi, que también sabía más, era más elegante, y más sentido, y más limpio y hermoso en la forma; y Manzoni y Whittier y Quintana, más firmes, constantes, fieles y sinceramente convencidos en sus opiniones y doctrinas; y Zorrilla, más espontáneo, más rico de frescura y menos dado á rebuscar pomposidades enormes para llamar la atención.

Sin rayar en delirio no se puede hacer mayor elogio de Víctor Hugo, á pesar de las cortapisas. Ni Ud. ni el Sr. Rivas Groot debieran ponerme pleito, sino los aficionados de Espronceda, de Heine, de Shelley, de Byron, de Moore, de Tennyson, de Garrett, de Miskiewicz, de Lermontoff, de Puschkin y de tantos otros á quienes dejo tamañitos.